Lamia en la mitología: origen y significado

Lamia sentada junto al agua, con sus propios ojos posados en la palma de la mano

Lamia es, en la mitología griega, una reina convertida en monstruo por el dolor y una categoría entera de espectros devoradores de niños y jóvenes. Detrás de la imagen tardía de mujer-serpiente que hoy se le atribuye casi automáticamente hay dos historias mucho más antiguas y mucho menos citadas de lo que merecen: la de una madre que pierde a sus hijos por venganza de una diosa celosa, y la de una novia de Corinto que resulta no ser en absoluto lo que parecía. Una tercera confusión, muy repetida, llama poeta a quien fue el historiador que más hizo por explicar el mito sin dioses.

Lamia de un vistazo
Origen Reina de Libia, hija de Belo (o, según Estesícoro, de Poseidón)
Amante de Zeus
Enemiga Hera, que le arrebata a sus hijos
Castigo o don Insomnio eterno; Zeus le concede poder quitarse los ojos para descansar
Fuentes principales Aristófanes, Diodoro de Sicilia, Filóstrato
Contraparte mesopotámica Lamashtu, hija de Anu, enemiga de las embarazadas y los recién nacidos
Pervivencia literaria Robert Burton (1621), John Keats, «Lamia» (1819)

Origen del nombre

El origen exacto de la palabra Lamia no está resuelto. Algunos filólogos la relacionan con laimós, «garganta» o «fauces», coherente con una criatura devoradora; otros la tratan simplemente como un nombre propio, el de una reina histórica o legendaria de Libia. Ya en el siglo V antes de Cristo, el comediógrafo Aristófanes menciona a Lamia dos veces, en Las avispas y en La paz, con un chiste que sus comentaristas antiguos explican como una referencia a los testículos del monstruo: un detalle que sugiere que, para el público ateniense de la época, Lamia era ya una figura ambigua en cuanto al género, no solo una mujer bella convertida en fiera.

El mito griego: la reina que perdió a sus hijos

Lamia era, según la tradición más extendida, reina de Libia, hija del rey Belo. Su belleza llegó a oídos de Zeus, que la convirtió en su amante, y de esa unión nacieron varios hijos. Hera —la misma diosa cuyos propios mitos matrimoniales se cuentan en detalle en otro artículo de este blog—, que rara vez dejaba pasar una infidelidad de su esposo sin castigar a la otra mujer, dirigió toda su furia contra Lamia: le arrebató a sus hijos, y según las versiones los mató ella misma o obligó a la propia Lamia, enloquecida por un hechizo, a hacerlo con sus propias manos.

La pérdida quebró a Lamia por completo. El dolor se le volvió envidia, y la envidia, apetito: empezó a arrancar a los hijos de otras madres de los brazos que los sostenían, y a devorarlos, como si en cada niño ajeno pudiera destruir de nuevo, y sin fin, lo que a ella le habían quitado. Su rostro y su cuerpo, antes hermosos, se fueron deformando con cada acto de crueldad, hasta volverse monstruosos, en una transformación por dolor y venganza que recuerda, en otro registro, a la de Medusa, otra mujer bella castigada hasta volverse fiera. Hera, no conforme con haberle quitado a sus hijos, la condenó además a no poder cerrar los ojos nunca, de modo que Lamia tuviera que presenciar sin descanso, noche tras noche, la imagen de su propia pérdida. Zeus, en lo que algunas fuentes presentan como un gesto de piedad tardía y a todas luces insuficiente, le concedió un único alivio: la capacidad de quitarse los ojos y guardarlos aparte para poder, al menos por un rato, dejar de ver.

Con el tiempo, el nombre propio de esta reina pasó a designar a toda una clase de criaturas: las lamias, espectros nocturnos con torso de mujer y, según los autores más tardíos, cuerpo de serpiente, que atraían a los viajeros con un silbido hermoso y los devoraban después del festín. Las madres atenienses usaban su nombre para asustar a los niños desobedientes, del mismo modo en que otras culturas usan a sus propios espantajos domésticos.

¿Diodoro de Sicilia fue un poeta? La versión sin dioses

No todos los autores antiguos contaron esta historia como un castigo divino. El historiador griego Diodoro de Sicilia, que vivió en el siglo I antes de Cristo y escribió en prosa la Biblioteca histórica, ofreció una versión deliberadamente racionalizada del mito, despojada de Hera y de maldiciones. Según su relato, Lamia fue una reina libia real, cuya crueldad —el rapto y la muerte de niños ajenos por orden suya— bastaba por sí sola para explicar su fama de monstruo, sin necesidad de intervención divina alguna. Diodoro llegó incluso a explicar el rasgo más fantástico del mito, los ojos removibles, como una deformación popular de un hecho mucho más prosaico: la reina bebía en exceso, y su estado de embriaguez permanente —que le impedía «ver» lo que ocurría en su reino— habría dado pie, con el tiempo, a la leyenda de que literalmente se quitaba los ojos.

Esta doble tradición —la mitológica, con Hera y Zeus, y la racionalizada, con una reina simplemente cruel y beoda— convivió en la Antigüedad sin que ningún autor sintiera la necesidad de decidir entre una y otra. Confundirlas, o presentarlas como si fueran la misma narración contada por las mismas fuentes, es uno de los errores más comunes al resumir este mito.

Lamashtu: la Lamia de Mesopotamia

Siglos antes de que los griegos contaran la historia de Lamia, Mesopotamia ya temía a una figura que cumplía casi exactamente la misma función. Lamashtu, hija del dios celeste Anu, aparece en los textos de conjuro babilonios y asirios como una demonia con cabeza de leona, dientes y orejas de asno, dedos larguísimos y garras de ave, que se representaba a menudo de pie o arrodillada sobre un asno, amamantando a la vez a un cerdo y a un perro con serpientes en las manos. Su especialidad era muy concreta: tocaba siete veces el vientre de una mujer embarazada para matar al feto, o se colaba junto a la cuna de un recién nacido para arrancarlo del pecho de su madre y alimentarlo con su propia leche envenenada.

Frente a un peligro así, los mesopotámicos no confiaron en ningún dios benévolo, sino en otro demonio: Pazuzu, rey de los demonios del viento, terrorífico en su propio aspecto pero enemigo declarado de Lamashtu. Las familias colgaban amuletos con la cabeza de Pazuzu sobre el pecho de las embarazadas y junto a la cuna de los recién nacidos, y colocaban estatuillas del demonio alado en las puertas y ventanas de la casa, mirando hacia fuera, como un centinela. Uno de esos amuletos, tallado en obsidiana, se conserva hoy en el Metropolitan Museum de Nueva York: muestra a Pazuzu empujando físicamente a Lamashtu de vuelta hacia el inframundo, mientras un texto de conjuro la amenaza para que se aleje de la casa. No existe ninguna prueba de que el mito griego de Lamia derive directamente del mesopotámico de Lamashtu, pero la coincidencia funcional —dos demonios, con nombres que empiezan igual, dedicados exclusivamente a amenazar a las embarazadas y a los niños pequeños— es demasiado exacta como para no señalarla.

El vampiro de Corinto

El segundo gran relato sobre Lamia no ocurre en un pasado mítico sino, según su autor, casi en tiempo real: lo cuenta Filóstrato en su Vida de Apolonio de Tiana, biografía novelada de un filósofo del siglo I escrita en torno al año 220. El protagonista es Menipo, un joven licio de veinticinco años, discípulo del filósofo Demetrio en Corinto, de buen juicio y de una figura tan armoniosa que parecía la de un atleta.

Yendo de camino a Corinto, Menipo se cruzó con una mujer de una belleza fuera de lo común, que lo tomó de la mano y le confesó que llevaba tiempo enamorada de él. Le dijo que era una fenicia rica, y lo invitó a instalarse con ella en su casa. Menipo, deslumbrado, aceptó sin hacer demasiadas preguntas, y durante un tiempo vivió allí colmado de lujos, comida, vino y afecto. El filósofo Apolonio, que había examinado al joven con la misma atención con la que un escultor estudia un bloque de mármol antes de tallarlo, adivinó que algo no encajaba, y se lo advirtió sin rodeos: estás cuidando a una serpiente, y una serpiente te cuida a ti.

Menipo, enamorado, no le hizo caso, y siguió adelante con los planes de boda. Apolonio se presentó igualmente en el banquete nupcial, para disgusto de la novia, y allí, delante de todos los invitados, la obligó a confesar lo que realmente era: una de esas criaturas que la gente llama lamias, seres que se enamoran de verdad y disfrutan de los placeres del cuerpo, pero que sobre todo se alimentan de carne humana, y que atraen con esos mismos placeres a quienes finalmente piensan devorar. En el instante de la confesión, la vajilla de plata, el banquete entero y la casa donde habían vivido juntos se desvanecieron de golpe, como si nunca hubieran existido. No queda más rastro de fantasía romántica que el filósofo desnudando, literalmente, el hambre debajo de la belleza.

Un detalle se suele perder en los resúmenes de esta historia: en el texto original de Filóstrato, la criatura no se llama a sí misma «Lamia» como si fuera su nombre propio. Se define como una de las que la gente llama, en plural, lamias y trasgos —una categoría de espectros, no un personaje único—, la misma categoría que el propio Aristófanes ya mencionaba siglos antes, dentro de una tradición griega de fantasmas nocturnos asociados a Hécate, diosa de los cruces de caminos y de los espectros errantes. La costumbre de hablar de «la Lamia» como si fuera siempre la misma figura individual es, en gran medida, una simplificación posterior.

De Burton a Keats: la Lamia romántica

La historia de Menipo y la falsa novia de Corinto llegó al público moderno gracias a Robert Burton, que la incluyó en su tratado Anatomía de la melancolía (1621) como ejemplo de los delirios amorosos. Dos siglos después, el poeta inglés John Keats leyó el pasaje de Burton y lo convirtió en el poema narrativo Lamia (1819), donde la criatura deja de ser un espectro anónimo para volverse un personaje con nombre propio y voluntad: una mujer-serpiente que negocia con el dios Hermes para recuperar forma humana, seduce al joven Licio y vive con él en un palacio ilusorio hasta que la insistencia de Licio en celebrar una boda pública —con Apolonio entre los invitados— la expone y la hace desaparecer, mientras Licio muere de la impresión. Buena parte de la imaginería que hoy se asocia de forma automática con Lamia —la cola de serpiente descrita con detalle, el romance trágico, la crueldad final del filósofo racionalista que destruye la belleza— pertenece a Keats mucho más que a ninguna fuente griega antigua.

De Lamia al Coco: un espantajo que cruzó el Atlántico

Durante siglos, en la Grecia antigua y también en la moderna, el nombre de Lamia se usó exactamente con la función que hoy cumple el Coco en España, Portugal y América Latina: una amenaza sin forma fija con la que se advertía a los niños desobedientes o a los que se resistían a dormir, más eficaz cuanto menos se explicaba. La creencia popular en Lamia como espíritu nocturno nunca desapareció del todo en Grecia, y sigue documentada en el folclore rural hasta bien entrado el siglo XX. Esa función —el espantajo doméstico, transmitido de generación en generación casi sin necesidad de mitología detrás— es probablemente el uso más duradero de todos los que ha tenido esta figura, más que cualquier poema o cualquier tratado.

No confundir con

La empusa

En el propio relato de Filóstrato, la criatura que engaña a Menipo pertenece técnicamente a la categoría de las empusas, espectros hijos de Hécate capaces de cambiar de forma, más que a las lamias en sentido estricto. Ambas categorías se solapan y se confunden ya en las fuentes antiguas, así que el error tiene siglos de antigüedad, pero conviene saber que no son términos intercambiables sin más.

Mormo y las mormólices

Mormo era otra figura griega usada para asustar a los niños, a veces identificada directamente con Lamia y a veces tratada como una criatura aparte. La frontera entre ambas figuras es, en las fuentes antiguas, bastante porosa.

La Sybaris del monte Cirfis

Existe una segunda criatura griega, sin relación de origen con la reina libia, a la que también se llamaba Lamia: una bestia devoradora de ganado y de personas que habitaba una cueva del monte Cirfis, cerca de Delfos, y a la que el héroe Euríbato dio muerte arrojándola por un precipicio. Comparte solo el nombre con la reina libia amante de Zeus.

La ciudad griega de Lamia

Lamia es también, hoy, una ciudad real de Grecia central, capital de la unidad regional de Ftiótida, con más de sesenta mil habitantes. Según una de las tradiciones sobre su nombre, la ciudad lo tomó de otra figura mitológica distinta: una hija de Poseidón que fue reina de los traquinios, no la reina libia amante de Zeus.

Errores frecuentes

Llamar «poeta» a Diodoro de Sicilia

Diodoro escribió en prosa, no en verso, y su oficio era la historia, no la poesía. El error no es solo de etiqueta: al llamarlo poeta se pierde de vista que su versión de Lamia es, a propósito, una versión sin dioses ni maldiciones, escrita para racionalizar el mito, no para narrarlo con maravilla.

Suponer que los griegos ya imaginaban a Lamia con cuerpo de serpiente

La imagen de mujer con torso humano y cola de serpiente, hoy la más repetida, se consolida sobre todo con Keats en 1819. Las fuentes griegas antiguas hablan de un monstruo de aspecto cambiante y horrible, sin fijar ese diseño concreto como canónico.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Lamia en la mitología griega?

Una reina de Libia, amante de Zeus, que perdió a sus hijos por la venganza de Hera y enloqueció de dolor hasta convertirse en un monstruo devorador de niños ajenos. Con el tiempo, su nombre pasó a designar a toda una categoría de espectros femeninos que seducían y devoraban a jóvenes.

¿Diodoro de Sicilia fue un poeta?

No, fue un historiador griego del siglo I antes de Cristo, autor de la Biblioteca histórica, escrita en prosa. Sobre Lamia ofreció además una versión racionalizada del mito, presentándola como una reina real cuya crueldad, no ninguna maldición divina, explicaba su fama de monstruo.

¿Lamia y Lamashtu son la misma figura?

No, son figuras de tradiciones distintas —la griega y la mesopotámica— sin relación de origen demostrada, aunque cumplen una función casi idéntica: ambas son demonios que amenazan a los niños pequeños, y esa coincidencia funcional ha llevado a compararlas desde hace más de un siglo.

Fuentes

  • Aristófanes, La paz, v. 757, y Las avispas, v. 1035, primeras menciones conocidas de Lamia.
  • Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica, libro XX, sobre la versión racionalizada del mito.
  • Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, IV, 25, sobre Menipo y la falsa novia de Corinto. Texto en inglés, Livius.org
  • Robert Burton, Anatomía de la melancolía, 1621; John Keats, Lamia, 1819.
  • Sobre Lamashtu y los amuletos de Pazuzu: Metropolitan Museum of Art.
  • Estesícoro, fragmento 220, sobre Lamia como hija de Poseidón y madre de Escila, recogido en Theoi Greek Mythology.
  • Sobre la Sybaris o Lamia del monte Cirfis, cerca de Delfos: artículo de referencia con fuentes.
  • Sobre la pervivencia de la creencia popular en Lamia como espíritu nocturno en Grecia: Mythopedia.

Mira también