El ciervo simboliza la renovación, la pureza y la mediación entre el mundo humano y lo divino. Su cornamenta, que cae y vuelve a crecer cada año, lo convirtió en emblema del renacimiento en casi todas las tradiciones que lo conocieron: animal consagrado a Artemisa en Grecia, imagen de Cristo en los bestiarios cristianos y mensajero de los dioses en Japón.
Pocos animales atraviesan tantas culturas sin perder ese núcleo. Y pocos arrastran también tanta confusión: la más extendida atribuye a los celtas manadas sagradas de renos, un animal que nunca habitó sus territorios.












