Apolo es, en la mitología griega, el dios de la profecía, la música, la medicina y el arco certero: el hijo de Zeus y Leto que nace en Delos, mata a la serpiente Pitón y funda el oráculo de Delfos. No fue, en cambio, un dios del sol desde el principio —esa identificación llegó siglos después—, y su símbolo más constante no es un disco solar sino una rama de laurel, ganada a un precio muy concreto: el amor que no consiguió.
Los griegos no lo veneraban por brillante ni por hermoso, aunque los poetas insistieran en ambas cosas. Lo veneraban porque encarnaba algo más difícil de representar que la fuerza o el deseo: la medida. Apolo cura, pero también manda la peste; profetiza, pero solo a través de una mujer poseída por un vapor que no controla del todo; ama la música, pero desuella vivo a quien pretende igualarlo tocando la suya. Cada mito de Apolo es, en el fondo, una lección sobre dónde está el límite y qué pasa cuando alguien —a veces el propio dios— lo cruza.












