La integridad divina, encarnada en la figura del andrógino o hermafrodita simbólico, constituye uno de los arquetipos más extendidos y persistentes de la historia religiosa y filosófica de la humanidad. Su raíz se hunde en el culto temprano a divinidades que reunían en sí mismas tanto el principio masculino como el femenino, trascendiendo así la dualidad para expresar una totalidad anterior al mundo ya diferenciado por sexos. Lejos de ser una curiosidad marginal, el símbolo del andrógino atraviesa tradiciones tan diversas como la filosofía griega, el misticismo islámico, la alquimia medieval, las cosmologías del Extremo Oriente y las mitologías de los pueblos originarios de Australia y América.










