El Santo Grial: origen, historia y significado del símbolo

El Santo Grial es el objeto más buscado de la literatura occidental y el que menos se deja definir: en su primera aparición es una fuente de servir, un siglo después es el cáliz de la Última Cena, y en la versión más extraña es una piedra caída del cielo.

Su historia es la de una transformación más que la de un objeto, y empieza con un joven que se sienta a cenar en un castillo, ve pasar tres veces delante de sus ojos algo que no entiende, y no pregunta.

El Grial de un vistazo
Primera aparición Chrétien de Troyes, Perceval, h. 1190
Qué era entonces Una fuente o plato hondo de servicio
Quién lo hizo cáliz Robert de Boron, h. 1200
Versión más extraña Una piedra, en el Parzival de Wolfram, h. 1210
Antecedente celta Peredur y la bandeja con la cabeza cortada
Quién lo alcanza Galahad, el único caballero sin pecado
Guardián El Rey Pescador, herido y sin curación posible
Lo que lo cura Una pregunta, no una hazaña

Origen de la palabra: un plato, no una copa

El dato que casi todos los textos sobre el Grial omiten es el primero de todos: en su primera aparición literaria no era una copa.

La palabra francesa antigua graal o greal designaba una fuente, un plato hondo, una bandeja de las que se usaban en los banquetes medievales para llevar a la mesa las viandas principales. Era vocabulario de cocina. Chrétien de Troyes, cuando lo introduce, ni siquiera lo escribe con mayúscula ni le antepone el artículo definido: habla de un graal, una fuente entre otras, aunque hecha de oro y cubierta de piedras preciosas.

Eso significa que la conversión del Grial en cáliz sagrado fue una decisión literaria posterior, no el sentido original del símbolo. Entender esa transformación —de fuente de servir a reliquia de la Pasión— es entender la historia entera del mito.

La noche en el castillo: el relato de Chrétien

Chrétien de Troyes (h. 1130-1190) fue el poeta francés que introdujo el Grial en la literatura occidental, en un poema que dejó sin terminar al morir: Perceval o el cuento del Grial, escrito hacia 1190. De él derivan, directa o indirectamente, todas las versiones posteriores. Conviene contar la escena tal como está, porque casi siempre se resume mal.

Perceval es un muchacho criado en el bosque por una madre que lo apartó del mundo para que no fuera caballero como su padre y sus hermanos, muertos todos en combate. Ha aprendido a serlo de todos modos, torpemente y a golpes, y va camino de volver a ver a su madre cuando llega a un río.

En una barca hay dos hombres pescando. Uno de ellos le indica dónde alojarse esa noche, y resulta ser el señor del castillo al que envía. Cuando Perceval llega, encuentra a su anfitrión sentado, incapaz de levantarse: está tullido. Le hace un gran recibimiento y le regala una espada magnífica que le había llegado de una sobrina suya.

Y entonces, mientras conversan junto al fuego, empieza a pasar la procesión.

Primero sale de una habitación un escudero que lleva una lanza blanca sujeta por el medio. De la punta del hierro brota una gota de sangre que corre hasta la mano del muchacho. Detrás vienen dos escuderos más con sendos candelabros de oro. Después aparece una doncella que sostiene con las dos manos un graal, y en cuanto entra en la sala la luz de todas las velas queda apagada por el resplandor que despide. Cierra el desfile otra doncella con una bandeja de plata para trinchar. Todos cruzan la sala y desaparecen por otra puerta.

Perceval lo ve pasar y se muerde la lengua. Quiere preguntar por qué sangra la lanza y a quién se sirve con aquel graal, pero recuerda lo que le enseñó Gornemant, el caballero que lo instruyó: que un hombre bien nacido no habla demasiado. Decide que preguntará por la mañana a algún criado, cuando no sea descortés.

La procesión vuelve a pasar por cada plato de la cena. Tres veces cruza la sala delante de él. Tres veces Perceval mira, se pregunta y calla. Chrétien interrumpe entonces su propio relato para comentar, con una ironía que se le entiende perfectamente ocho siglos después, que a veces un hombre puede hablar demasiado poco, igual que otras veces habla demasiado.

Acabada la cena, unos criados entran con una litera, levantan al señor y se lo llevan a su cuarto. A Perceval le preparan una cama en la sala.

Lo que costó el silencio

Cuando despierta, el sol ya está alto y no hay nadie. Llama y nadie responde. Encuentra su caballo ensillado y sus armas dispuestas, y no ve un alma en todo el castillo. Cruza el puente levadizo y, en cuanto lo pisa, el puente se alza solo a su espalda, por poco sin arrojarlo al foso. Grita preguntando quién lo ha levantado. No contesta nadie.

Cabalgando, encuentra bajo un roble a una muchacha que llora con un caballero muerto en el regazo. Es su prima. Le pregunta dónde ha pasado la noche y, al oír la respuesta, le pide que le cuente lo que vio. Perceval le describe la lanza y el Graal.

Y ella le dice lo que ha hecho: si hubiera preguntado, el rey herido habría sanado en el acto y sus tierras con él. Le dice también que su madre murió de dolor el mismo día en que él se marchó de casa, y que fue esa falta —abandonarla— la que le trabó la lengua en el castillo.

Perceval llega después a la corte del rey Arturo, donde lo reciben con honores. En mitad de la fiesta entra en la sala una doncella montada en una mula, espantosamente fea, y lo señala delante de todos. Le echa en cara su silencio, le enumera las desgracias que va a causar —damas que quedarán viudas, tierras que quedarán yermas, doncellas huérfanas, caballeros muertos— y todo, dice, por no haber abierto la boca.

Perceval se levanta y jura no dormir dos noches bajo el mismo techo hasta averiguar a quién se sirve con el Grial y por qué sangra la lanza.

Pasan cinco años. El poema lo deja fuera de escena y cuenta otras cosas, y cuando vuelve a él, Perceval ha perdido la memoria de Dios: cinco años sin entrar en una iglesia, sin rezar, buscando. Un Viernes Santo se cruza con unos penitentes descalzos que se escandalizan de verlo armado en semejante día, y lo mandan a un ermitaño del bosque.

El ermitaño resulta ser su tío. Y le explica por fin lo que vio. En aquel cáliz no se lleva ni lucio ni lamprea ni salmón, sino una sola hostia. Con esa hostia se sustenta el padre del Rey Pescador, un anciano que lleva quince años en una habitación de aquel castillo sin comer otra cosa. El Grial no llevaba comida: servía a un hombre que ya no comía.

Perceval se confiesa aquel Viernes Santo y comulga el Domingo de Pascua. Es lo último que Chrétien alcanza a contar de él: el poema se interrumpe a los nueve mil versos y cuatro poetas distintos intentaron después terminarlo, sin que ninguna continuación resulte del todo satisfactoria.

Robert de Boron: el Grial se hace cáliz

Apenas diez años después, otro poeta francés, Robert de Boron, escribió el José de Arimatea y cambió el objeto para siempre.

Su relato empieza donde termina el Evangelio. José de Arimatea, el hombre que pidió a Pilato el cuerpo de Cristo para enterrarlo, conserva la copa en que Jesús había cenado con sus discípulos, y con ella recoge al pie de la cruz la sangre que mana de las heridas. Los judíos lo encarcelan por haberse llevado el cuerpo, y en la prisión se le aparece Cristo resucitado, que le confía el vaso. Con él sobrevive, sin comer ni beber, todos los años que dura su encierro. Liberado al fin, viaja hacia occidente con los suyos y lleva el Grial a Bretaña, donde funda el linaje de sus guardianes.

Esa identificación —sin ningún respaldo en los evangelios ni en fuente histórica alguna— convirtió la fuente de servir de Chrétien en la reliquia mayor de la cristiandad medieval, y estableció la conexión con la Pasión que todas las versiones posteriores darían por supuesta.

Wolfram: la piedra caída del cielo

El poeta alemán Wolfram von Eschenbach (h. 1165-1220) escribió hacia 1210 su Parzival partiendo del poema de Chrétien, y produjo la versión más extraña de todas.

En Wolfram el Grial no es un plato ni una copa: es una piedra, y se llama lapsit exillis, expresión de latín dudoso que se ha querido leer como «piedra caída del cielo» o como «piedra del exilio». Proporciona todo el alimento y la bebida que se le pidan, cura las enfermedades, y quien la contempla no puede morir durante la semana siguiente ni envejece a partir del día en que la vio.

Su poder se renueva por un procedimiento muy concreto: cada Viernes Santo desciende del cielo una paloma y deposita sobre la piedra una hostia. Ese es el mecanismo. Wolfram conserva así el núcleo eucarístico de Chrétien pero lo traslada a un objeto que no tiene nada de vajilla.

El poeta afirma haber tomado la historia de un tal Kyot de Provenza, que a su vez la habría encontrado en Toledo escrita por un astrónomo. Los especialistas consideran que Kyot es una invención destinada a dar autoridad a su versión frente a la de Chrétien.

Lo más importante que aporta Wolfram, sin embargo, es la pregunta. En Chrétien, lo que debía preguntarse era a quién se sirve con el Grial: una pregunta sobre el secreto. En Wolfram, Parzival tiene que preguntarle al rey herido qué le duele. Lo que sana es que alguien repare en el sufrimiento del otro, y no que se desvele el misterio. Esa sustitución convierte el poema en una novela de formación, en la que el héroe tarda años en aprender que la pregunta correcta es la más compasiva, y no la más aguda.

Peredur: la cabeza en la bandeja

Antes de que el Grial existiera en francés, había en Gales una historia muy parecida y sin una sola gota de cristianismo. Se llama Peredur, hijo de Efrawg, y está recogida en el Mabinogion, la colección de relatos galeses compilada entre los siglos XI y XIII.

Peredur, igual que Perceval, llega a un castillo donde lo recibe un pariente y presencia una procesión durante la cena. Entran dos jóvenes con una lanza enorme de cuyo hierro corren tres regueros de sangre hasta el suelo, y todos los presentes rompen a llorar y a gritar. Peredur, que ha recibido el mismo consejo que Perceval —no preguntar por nada de lo que vea—, calla.

Y entonces entran dos doncellas llevando una gran bandeja, y en ella una cabeza humana cortada, nadando en sangre. El llanto y los alaridos se redoblan hasta hacerse insoportables. Peredur sigue callado, y a la mañana siguiente se marcha sin haber preguntado nada.

No hay cáliz. No hay hostia. No hay redención. Hay una lanza que sangra y una cabeza en una fuente, imagen que enlaza con el culto celta a la cabeza cortada, del que hay abundante testimonio arqueológico. Muchos investigadores consideran que de aquí, o de algo muy parecido, tomó Chrétien la estructura de su escena, sustituyendo la cabeza por el objeto luminoso.

Esa sustitución es la historia entera del mito en miniatura: lo que en Gales era una cabeza en una bandeja, en Francia es una hostia en una fuente de oro, y sigue siendo, en los dos casos, aquello que sostiene a un rey herido.

El Rey Pescador y la Tierra Baldía

El guardián del Grial es en casi todas las versiones el Rey Pescador —Anfortas en Wolfram—, un rey con una herida que no cierra. La llaga está en el muslo o en los genitales, según la versión, y no es un detalle anatómico: es la zona de la fertilidad.

Porque lo que ocurre con esa herida es que se contagia al territorio. Mientras el rey no sana, sus tierras no dan fruto: los campos se agostan, los animales no crían, los ríos no llevan peces. El rey y la tierra son una sola cosa, y la enfermedad de uno es la esterilidad de la otra. De ahí el nombre con que se conoce el motivo, la Tierra Baldía.

Y de ahí también que el remedio no sea militar. Ningún caballero puede curar al Rey Pescador matando a nadie. Lo único que rompe el encantamiento es una pregunta hecha en el momento justo por alguien que se compadezca. Es uno de los pocos mitos heroicos europeos donde el instrumento del poder es la empatía, muy lejos de la lógica del emblema imperial o de la hazaña militar, y probablemente el elemento más claramente precristiano de todo el conjunto: enlaza con la idea celta de que el rey está desposado con su territorio y que su vigor es el vigor del suelo.


Galahad y el final de la búsqueda

La versión que Occidente considera canónica no viene de Chrétien. La fija el Ciclo Vulgar o Lancelot-Graal, conjunto de prosas francesas compuestas entre 1215 y 1235 por autores desconocidos, y que Sir Thomas Malory recogió en su Le Morte d'Arthur, impreso por Caxton en 1485.

Ahí aparece por primera vez Galahad, hijo de Lancelot, concebido mediante un engaño: la hija del rey del castillo del Grial se hace pasar por Ginebra para acostarse con él. Galahad es, desde su nacimiento, el caballero destinado a terminar la búsqueda, y lo es por una razón que cambia el sentido del mito: no porque sea el más valiente, sino porque es el único que no ha pecado.

Eso convierte la búsqueda en un examen. Los caballeros de la Mesa Redonda salen todos de Camelot a buscar el Grial y van fracasando uno tras otro, no por falta de coraje: por lo que cada uno arrastra. El caso más doloroso es el de Lancelot, el mejor caballero del mundo, que llega al castillo de Corbenic y encuentra la cámara del Grial con la puerta abierta. Ve el resplandor desde el umbral. Y cuando intenta entrar para ayudar en el oficio que allí se celebra, un soplo de fuego lo derriba y lo deja veinticuatro días como muerto. Su adulterio con la reina le permite verlo y le prohíbe alcanzarlo.

Galahad, Perceval y Bors llegan hasta el final y embarcan con el Grial hasta la ciudad de Sarrás. Allí Galahad mira dentro del vaso y ve lo que ningún hombre puede describir. Y entonces pide morir.

Malory cuenta el desenlace sin adornos: Galahad se despide de sus dos compañeros, se arrodilla, y exhala el espíritu. Sus compañeros ven cómo una multitud de ángeles se lleva su alma al cielo. Y en ese mismo momento baja una mano desde arriba, toma el vaso sagrado y la lanza, y se los lleva consigo. Desde entonces no ha habido nadie tan osado como para decir que ha visto el Grial.

Es un final poco frecuente para una búsqueda: quien encuentra el objeto no lo trae de vuelta. Se lo llevan a él, y el objeto desaparece del mundo.

El Grial y la Eucaristía

El fundamento evangélico de todo esto está en la Última Cena, cuando Cristo toma el cáliz y dice que es la Nueva Alianza sellada con su sangre. El pasaje aparece en Lucas, Mateo, Marcos y en la Primera Carta a los Corintios.

Ese texto, sin embargo, guarda silencio sobre lo esencial: no atribuye al recipiente ningún poder, ni pide que se conserve, ni sugiere que deba buscarse. La sacralidad está en el gesto de bendecir y compartir, no en el objeto. Fue Robert de Boron quien, mil doscientos años después, trasladó esa sacralidad del acto a la pieza de vajilla.

Y ahí la teología católica introduce una observación que desactiva la búsqueda entera. El Catecismo afirma que la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana, y en la doctrina de la presencia real el cáliz de cada misa no conmemora la Última Cena: la renueva. De modo que aquello que los caballeros buscan por medio mundo está, cada domingo, al alcance de cualquiera, sin caballos ni encantamientos.

La paradoja no se les escapó a los autores medievales. En la Queste del Saint Graal, el Grial aparece en Corbenic cubierto por un velo, y solo puede ver lo que hay debajo quien está preparado para verlo. El velo no describe una barrera física, sino la condición moral del que mira. Galahad lo ve porque puede; Lancelot no, porque tiene el alma partida entre dos amores.

Weston, Eliot y la lectura ritual

En 1920, la estudiosa inglesa Jessie Laidlay Weston (1850-1928) publicó From Ritual to Romance, el libro que más ha influido en la percepción moderna del Grial. Weston era una investigadora independiente, sin cátedra ni institución, que se había formado en Hildesheim y en París con Gaston Paris y que había traducido al inglés el Parzival de Wolfram y Sir Gawain y el Caballero Verde.

Su tesis era que el Grial no es una invención literaria sino el rastro, deformado por el tiempo y recubierto de cristianismo, de un antiguo culto de fertilidad. Los objetos del castillo —la copa, la lanza, la espada, el plato— serían instrumentos rituales; la herida del rey y la esterilidad de la tierra, el núcleo de un rito agrario de muerte y renacimiento; y la fuente última de todo, un texto gnóstico. Señaló, con razón, que los calderos que alimentan sin agotarse abundan en la tradición celta antes de la literatura artúrica: el caldero del Dagda irlandés, el caldero del renacimiento de Bran en el Mabinogion. Ese sustrato es real, aunque rastrearlo bajo las capas posteriores resulta tan difícil como en el caso del trisquel.

Conviene decir dónde está hoy esa tesis. La erudición actual la considera desacreditada. Weston construyó su argumento sobre La rama dorada de Frazer, cuyo esquema universal de cultos de vegetación la antropología abandonó hace décadas, y su hipótesis gnóstica no cuenta con respaldo. Sus traducciones y su trabajo textual siguen valorándose; su gran síntesis, no.

Eso no le resta un ápice de importancia cultural, porque su influencia fue enorme por otra vía. T. S. Eliot citó su libro en las notas de La tierra baldía (1922) como una de sus fuentes principales, y el título del poema alude directamente al páramo del Rey Pescador. Eliot fue explícito sobre lo que le interesaba de ella: le importaban las imágenes como trampolín, y no la validez de la tesis. La Europa de posguerra se vio a sí misma en aquel rey herido cuya tierra no da fruto y en aquella pregunta que nadie acierta a formular.

Algo parecido cabe decir de Joseph Campbell, que en El héroe de las mil caras (1949) leyó la búsqueda del Grial según su esquema de separación, iniciación y retorno. Su modelo del viaje del héroe es también discutido por aplanar las diferencias entre tradiciones, pero su observación sobre este mito concreto es certera: la especificidad del Grial frente a otros relatos heroicos es que el héroe cura a un enfermo preguntándole cómo está, en lugar de vencer a un monstruo.

Las reliquias: Glastonbury y Valencia

Varios lugares han reclamado poseer el objeto. Dos destacan sobre los demás.

Glastonbury, en Somerset, es el enclave grialístico por excelencia de la tradición inglesa. La leyenda sostiene que José de Arimatea llevó allí el cáliz y lo enterró en la colina del Tor, y que del lugar brotó el manantial del Pozo del Cáliz, cuya agua tiene un color rojizo que la piedad atribuye a la sangre de Cristo y la geología al hierro disuelto. El pozo sigue existiendo y sigue recibiendo peregrinos. En 1191, los monjes de la abadía anunciaron haber hallado la tumba del rey Arturo y de Ginebra, hallazgo que la historiografía moderna mira con considerable escepticismo: ocurrió pocos años después de un incendio que había arruinado el monasterio y que exigía atraer donativos.

Valencia conserva la reclamación más seria. En su catedral se guarda el llamado Santo Cáliz, una copa de ágata roja montada sobre un pie posterior de orfebrería medieval. Los estudios que han datado la copa de ágata la sitúan en época antigua, compatible con el siglo I, aunque conviene precisar que buena parte de esa investigación procede de autores partidarios de la autenticidad y que la Iglesia no ha declarado nunca que sea el cáliz de la Última Cena.

Lo que sí es un hecho comprobable es su uso litúrgico: Juan Pablo II celebró misa con él en Valencia en 1982 y Benedicto XVI hizo lo mismo en 2006. Ningún otro candidato ha recibido ese trato.

No confundir con

El graal de Chrétien y el Santo Grial. El primero es una fuente de servir que contiene una hostia; el segundo, el cáliz de la Última Cena. Median diez años y un poeta distinto entre uno y otro.

Perceval y Galahad. Perceval es el héroe de Chrétien y de Wolfram, un ingenuo que aprende a fuerza de equivocarse. Galahad es una creación muy posterior del Ciclo Vulgar, perfecto desde el principio y sin arco de aprendizaje. Son dos concepciones opuestas del protagonista.

La Lanza que Sangra y la Lanza de Longinos. En Chrétien la lanza sangrante no se explica; la tradición posterior la identificó con la que atravesó el costado de Cristo. Son dos objetos distintos que la leyenda fundió.

El Grial y la Piedra Filosofal. Se los ha comparado desde el ocultismo del siglo XIX, pero pertenecen a tradiciones separadas. La piedra filosofal es un objetivo de la práctica alquímica; el Grial, un objeto de una narración caballeresca cristiana.

Errores frecuentes

¿El Grial fue siempre una copa?

No. En Chrétien de Troyes, que es quien lo introduce hacia 1190, graal significa fuente o plato hondo de servicio, y así se usaba la palabra en el francés de la época. Robert de Boron lo identificó con el cáliz de la Última Cena hacia 1200, y esa identificación se impuso. Wolfram von Eschenbach, todavía después, lo convirtió en una piedra. La copa es una de las tres versiones, no el punto de partida.

¿Sangreal significa «sangre real» y alude al linaje de Cristo?

No en ningún texto medieval. Sangreal o Sank Ryal es sencillamente una forma antigua de «Santo Grial», y así lo emplea Malory. La división en sang real y la teoría del linaje son construcciones del siglo XX, difundidas por El enigma sagrado (1982) y llevadas al gran público por El código Da Vinci (2003). Ninguna fuente medieval usa el término con ese sentido.

¿Demostró Jessie Weston que el Grial procede de un culto de fertilidad?

Lo argumentó, pero no está demostrado y hoy su tesis se considera desacreditada. Weston dependía del marco de La rama dorada de Frazer, abandonado por la antropología posterior, y su hipótesis sobre un origen gnóstico no tiene respaldo. Su libro conserva un enorme valor histórico y literario —sin él no existiría La tierra baldía tal como la conocemos—, pero no como explicación del origen del Grial.

¿Se encontró la tumba del rey Arturo en Glastonbury?

Los monjes lo anunciaron en 1191, y la historiografía actual lo trata con mucha reserva. El hallazgo se produjo poco después de que un incendio destruyera la abadía y en un momento en que el monasterio necesitaba peregrinos y donativos, coincidencia que ha llevado a la mayoría de los historiadores a considerarlo una operación de promoción más que un descubrimiento arqueológico.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el Santo Grial?

Un objeto sagrado de la literatura medieval cuya identidad cambia según la fuente: una fuente o plato hondo en Chrétien de Troyes hacia 1190, el cáliz de la Última Cena en Robert de Boron hacia 1200, y una piedra caída del cielo en Wolfram von Eschenbach hacia 1210.

¿El Grial era una copa?

No en su primera aparición. La palabra francesa antigua graal designaba una fuente o plato hondo de servicio, de los que se usaban en los banquetes para llevar los platos principales. La conversión en cáliz fue una decisión literaria posterior, obra de Robert de Boron.

¿Por qué Perceval no hizo la pregunta?

Porque su maestro Gornemant le había advertido que un caballero no debe hablar demasiado, y él aplicó el consejo al pie de la letra. Pensó preguntar a la mañana siguiente a algún criado, pero al despertar el castillo estaba vacío. El propio narrador comenta que a veces se habla demasiado poco.

¿Cuál era la pregunta que curaba al Rey Pescador?

En Chrétien de Troyes, a quién se sirve con el Grial. En el Parzival de Wolfram von Eschenbach la pregunta es otra y más humana: qué te aqueja. Lo que sana al rey es que alguien se interese por su dolor, y no que se descubra el secreto.

¿Qué es el Grial en el Parzival de Wolfram?

Una piedra llamada lapsit exillis, no un plato ni una copa. Proporciona alimento y bebida en abundancia, impide morir a quien la contempla y renueva su poder cada Viernes Santo, cuando una paloma desciende del cielo y deposita sobre ella una hostia.

¿Qué relación tiene el Grial con la mitología celta?

El relato galés de Peredur, del Mabinogion, contiene una escena casi idéntica a la del castillo del Grial pero sin ningún elemento cristiano: una lanza que gotea sangre y una bandeja con una cabeza humana cortada. La tradición celta conoce además varios calderos que alimentan sin agotarse.

¿Quién alcanza el Grial?

En la tradición del Ciclo Vulgar y de Malory, Galahad, hijo de Lancelot, el único caballero enteramente puro. Perceval y Bors llegan hasta él pero no permanecen, y Lancelot, el mejor caballero del mundo, solo alcanza a verlo desde el umbral de una puerta.

¿Qué significa Sangreal?

Es una forma medieval de decir Santo Grial. La división en Sang Real, sangre real, y la teoría del linaje de Cristo son construcciones del siglo XX: ningún texto medieval emplea el término con ese sentido.

Mira también

La piedra filosofal: el otro gran objeto inalcanzable de la imaginación europea, con el que se ha comparado al Grial desde el siglo XIX.

El crismón: otro símbolo cristiano cuya historia real difiere bastante de la leyenda que lo rodea.

El trisquel: el sustrato celta y las dificultades de rastrearlo bajo capas posteriores.

Bibliografía

Fuentes primarias

Chrétien de Troyes, Perceval o el cuento del Grial (h. 1190), inacabado, con sus Cuatro Continuaciones; traducción inglesa de W. W. Comfort en Four Arthurian Romances, Project Gutenberg n.º 831, y traducción completa de Nigel Bryant (DS Brewer, 2015). Robert de Boron, José de Arimatea (h. 1200). Wolfram von Eschenbach, Parzival (h. 1210). Peredur, hijo de Efrawg, en el Mabinogion, traducción de Lady Charlotte Guest, Project Gutenberg n.º 5160. Lancelot-Graal o Ciclo Vulgar (1215-1235), incluida la Queste del Saint Graal. Sir Thomas Malory, Le Morte d'Arthur (1485), libro XVII, Project Gutenberg n.º 1251. The High History of the Holy Graal, traducción de Sebastian Evans, Project Gutenberg n.º 750. Evangelios de Lucas 22, Mateo 26 y Marcos 14, y Primera Carta a los Corintios 11. Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1323.

Estudios y recepción

Alfred Nutt, Studies on the Legend of the Holy Grail (Londres, 1888), Project Gutenberg n.º 42205. Jessie Laidlay Weston, From Ritual to Romance (Cambridge University Press, 1920), Project Gutenberg n.º 4090, con las reservas indicadas en el cuerpo del artículo. Joseph Campbell, El héroe de las mil caras (1949). T. S. Eliot, La tierra baldía (1922) y sus notas. Richard Wagner, Parsifal (1882). Joshua J. Mark, «Grail Legend», World History Encyclopedia (2019). Entradas biográficas sobre Jessie Weston en Wikipedia y en la enciclopedia de Springer Nature, para su nacionalidad y para el estado actual de su tesis.