Níobe: el mito, la roca que llora y su significado

Níobe fue reina de Tebas y madre de catorce hijos, y perdió a todos en una tarde por haber dicho en voz alta que tenía más que una diosa. Convertida después en piedra, siguió llorando. Es, en la literatura occidental, la imagen del dolor que no termina.

Su historia se cuenta habitualmente como un castigo ejemplar contra la soberbia. Pero la primera vez que aparece en la literatura griega no la cuenta un moralista: la cuenta Aquiles, en su tienda, a un anciano que acaba de recoger el cadáver de su hijo. Y la usa para convencerlo de que cene.

Níobe de un vistazo
Quién era Reina de Tebas, esposa de Anfión, hija de Tántalo
Su falta Compararse con la diosa Leto y considerarse superior
El castigo Apolo mató a sus hijos y Artemisa a sus hijas
Número de hijos Doce en Homero, catorce en Ovidio
Su final Convertida en roca en el monte Sípilo, llorando
Fuente más antigua Ilíada, canto XXIV, en boca de Aquiles
Versión más difundida Ovidio, Metamorfosis, libro VI
Qué simboliza El duelo inconsolable y la soberbia castigada

Quién era Níobe

Níobe era hija de Tántalo, rey de Frigia o de Lidia, y por parte de madre nieta de Atlas. Se casó con Anfión, rey de Tebas, el músico que había levantado las murallas de la ciudad tocando la lira, y con él tuvo una descendencia numerosa y hermosa.

La familia explica bastante de lo que vendrá después. Su padre, Tántalo, es el hombre que sirvió a los dioses un banquete atroz y que purga su falta en el inframundo con el agua que se retira cuando se agacha a beber y la fruta que se aparta cuando alza la mano. Su hermano fue Pélope, de quien desciende la casa de Atreo: Agamenón, Menelao, Orestes, Electra. Es la estirpe más maldita de la mitología griega, una familia entera que va heredando el castigo de generación en generación, como el collar que Hefesto forjó para arruinar a los descendientes de Harmonía.

Níobe no es, por tanto, un caso aislado de arrogancia castigada. Es un eslabón. Su padre ofendió a los dioses en la mesa y ella los ofendió con la lengua, y sus sobrinos seguirán matándose entre sí durante generaciones.

El desafío: la escena del sacrificio

La versión más completa y más leída es la de Ovidio, en el libro VI de las Metamorfosis, y merece contarse tal como está.

En Tebas vivía una profetisa, Manto, hija del adivino Tiresias. Movida por un impulso divino, salió a las calles convocando a las mujeres de la ciudad: que fueran todas a honrar a Leto y a sus dos hijos, Apolo y Artemisa, que se ciñeran el cabello con laurel y quemaran incienso. Las tebanas obedecieron y el humo empezó a subir de los altares.

Y entonces apareció Níobe.

Llegó rodeada de acompañantes, vestida con una túnica frigia bordada de oro, hermosa incluso en la ira, con el cabello suelto sobre los hombros. Se plantó en medio del sacrificio y preguntó a las mujeres qué locura era aquella: preferir a unos dioses de los que solo han oído hablar antes que a una diosa que tienen delante.

Después hizo el inventario de sí misma. Su padre era Tántalo, el único mortal que se sentó a la mesa de los dioses. Su madre era hermana de las Pléyades. Atlas sostenía el cielo sobre los hombros y era su abuelo, y Zeus, su otro abuelo y además su suegro. Los pueblos de Frigia la temían. Era señora del palacio de Cadmo, y las murallas de la ciudad se habían levantado al son de la lira de su marido. Y a todo eso, dijo, había que añadir siete hijos y siete hijas.

Y a Leto, ¿qué le quedaba? Una mujer a la que la tierra entera negó un sitio donde dar a luz, hasta que una isla errante se apiadó de ella. Madre de dos. La séptima parte de lo que Níobe había parido.

Ordenó a las tebanas que apagaran el incienso y se quitaran el laurel del pelo, y añadió la frase que la condena: que era tan feliz que nada podía dañarla; que aunque la desgracia le arrebatara a alguno de sus hijos, seguirían siendo demasiados como para quedarse en la pobreza de dos.

Las mujeres obedecieron por miedo. Pero siguieron rezando en voz baja.

La matanza de los hijos

Leto lo escuchó desde la cima del monte Cinto, en Delos, y llamó a sus dos hijos, la pareja de arqueros divinos que la generación anterior de dioses había puesto en el mundo. No les pidió venganza con muchas palabras: les dijo que a ella, madre suya, se la estaba comparando con una mortal y se la estaba poniendo por debajo. Apolo la interrumpió antes de que terminara: bastaba de queja, dijo, la queja retrasa el castigo.

Los dos bajaron envueltos en una nube y se posaron sobre las murallas de Tebas.

Fuera de la ciudad había una explanada donde los siete hijos de Níobe entrenaban a caballo. El primero, Ismeno, iba tirando de las riendas cuando gritó y se soltó, con una flecha en el pecho, y resbaló lentamente del caballo. El segundo oyó el silbido en el aire, comprendió y soltó las riendas para huir: lo alcanzó igual. Dos que luchaban abrazados cayeron juntos con una sola flecha, atravesados los dos. Otro corrió a socorrerlos y murió corriendo.

Quedaba el más joven. Se llamaba Ilioneo y, viendo lo que ocurría, hizo lo único que se le ocurrió: levantó las manos y rezó en voz alta a todos los dioses a la vez, pidiendo compasión. Ovidio anota entonces un detalle que no hacía falta y que lo cambia todo: Apolo se conmovió. Quiso detener el tiro. Pero la flecha ya había salido, y la herida fue leve, aunque bastó.

La noticia llegó a la ciudad. Anfión, el rey, el que había levantado las murallas con música, se atravesó el pecho con una espada en cuanto lo supo.

La segunda jactancia y las hijas

Níobe salió a la explanada. Ya no era la mujer que había interrumpido el sacrificio: se echó sobre los cuerpos, los besó uno por uno, y sus propias acompañantes no la reconocían.

Y entonces, en lugar de callarse, alzó la cara al cielo y volvió a hablar. Le dijo a Leto que se hartara, que se alimentara de su dolor, que se saciara con su duelo. Y añadió lo que no debía: que la habían llevado al féretro siete veces, pero que aun así había ganado, porque después de tantas muertes todavía le quedaban más hijos que a ella.

Apenas terminó la frase, se oyó el sonido de la cuerda de un arco.

Las siete hijas estaban de pie junto a los ataúdes de sus hermanos, vestidas de luto y con el pelo suelto. Cayeron una tras otra. Una se llevó la mano a la flecha clavada y se desplomó sobre el cuerpo de su hermano. Otra intentó consolar a su madre y se calló de golpe. Otra corrió y cayó corriendo, otra murió escondida, otra temblando.

Quedó una sola. Níobe la cubrió con su cuerpo y con toda su ropa, y suplicó por primera vez: que le dejaran la más pequeña, una sola, la menor de todas. Y mientras rogaba, la niña murió debajo de ella.

La roca que llora

Se quedó sentada entre los catorce cuerpos y el de su marido, sin nadie alrededor. Y empezó a endurecerse.

Óvidio lo describe por partes, de dentro afuera. El pelo dejó de moverse con el viento. La sangre se detuvo. Los ojos quedaron fijos en el vacío. La lengua se pegó al paladar, las venas se endurecieron, el cuello dejó de poder girar, los brazos de poder levantarse, los pies de poder andar. Por dentro también era ya piedra. Y lloraba.

Un viento la levantó y se la llevó hasta su tierra, y allí quedó, encajada en la cumbre de un monte, deshaciéndose en agua. Todavía hoy, dice el poeta, aquel mármol derrama lágrimas.

El sitio existe. En el monte Sípilo, cerca de la actual Manisa, en Turquía, hay una formación rocosa que la tradición identifica desde la Antigüedad con Níobe. Pausanias subió a verla y dejó escrito lo que le pareció: de cerca no se ve nada, ni mujer ni llanto, pero desde lejos parece una mujer con la cabeza inclinada, llorando. El agua que se filtra por la piedra caliza mantiene la roca húmeda todo el año.

Aquiles y Príamo: para qué sirve el mito

La versión más antigua es cuatro siglos anterior a Ovidio y mucho más corta, y está en el sitio menos esperado.

En el canto XXIV de la Ilíada, el último del poema, el rey Príamo ha atravesado de noche el campamento griego, solo, para arrodillarse ante el hombre que mató a su hijo Héctor y arrastró su cuerpo con el carro. Le besa las manos. Le pide el cadáver. Aquiles llora con él, se lo entrega, y manda lavarlo y ungirlo.

Y entonces, en lugar de despedirlo, vuelve a sentarse frente al anciano y le dice que ahora conviene acordarse de la cena. Para convencerlo, le cuenta un caso.

Le dice que también Níobe, la de hermosos cabellos, se acordó de comer, y a ella se le habían muerto doce hijos en la casa, seis muchachas y seis muchachos en la flor de la edad. Que Apolo mató a los varones con su arco de plata y Artemisa a las hijas, porque su madre se había comparado con Leto diciendo que la diosa solo había parido dos. Que los cuerpos estuvieron nueve días tirados en su sangre sin que nadie los enterrara, porque Zeus había convertido en piedra a toda la gente. Que al décimo día los enterraron los propios dioses. Y entonces Níobe, agotada de tanto llorar, se acordó de comer.

Después Aquiles se levanta, degüella una oveja, la prepara, y los dos hombres cenan juntos: el que mató al hijo y el padre del muerto. Cuando terminan, se quedan un rato en silencio, mirándose el uno al otro con admiración.

Ahí está lo que el mito significa en su forma más antigua, y no es una advertencia contra la soberbia. Es un argumento sobre el duelo. Aquiles no le está diciendo a Príamo que su hijo mereciera morir, ni que él deba consolarse: le está diciendo que el dolor más grande que existe no exime a nadie de seguir comiendo, y que hubo una mujer a la que le mataron doce hijos y que, aun así, al décimo día tuvo hambre. Es la escena más humana del poema, y el mito de Níobe existe en Homero para hacerla posible.

La hija que se salvó

En Homero y en Ovidio no queda nadie. Pero Apolodoro recoge una tradición distinta en la que una de las hijas sobrevivió: se llamaba Cloris, y algunos dicen que se salvó porque, al ver lo que ocurría, palideció de terror hasta volverse blanca, y de ahí su nombre.

Cloris se casó con Neleo, rey de Pilos, y fue madre de Néstor. Y Néstor es uno de los personajes principales de la Ilíada: el anciano que aconseja a los reyes griegos, el que ha vivido tres generaciones de hombres y no para de contar historias del pasado.

De modo que el viejo que se pasa el poema entero recordando a los muertos era, según esa tradición, nieto de Níobe y el único descendiente de aquella tarde.

Qué simboliza Níobe

El mito funciona en dos planos, y conviene no reducirlo a uno solo.

El primero es el de la soberbia castigada. Níobe comete el error que los griegos consideraban más peligroso: creerse a la altura de un dios y decirlo delante de testigos. No es solo vanidad; es hybris, la desmesura que rompe el límite entre lo humano y lo divino, y a la que responde inevitablemente la némesis. Y el mito insiste en que la advertencia estaba puesta: Manto se lo dijo, las mujeres le rezaron, y ella habló igual. Peor todavía, cuando ya le habían matado a los siete hijos, volvió a jactarse, y eso es lo que mata a las hijas.

El segundo plano, y el que la ha mantenido viva en la cultura occidental, es el duelo que no puede terminar. Níobe no muere: se petrifica llorando. Su castigo no es la muerte sino la imposibilidad de dejar de llorar, convertida en un objeto que no puede moverse, ni hablar, ni apartar la vista, y que sin embargo sigue derramando agua siglos después de que todo haya pasado. La petrificación como pena aparece también en el mito de las Gorgonas, aunque allí es el castigo lo que se inflige y aquí lo que se padece.

Esa imagen —la persona reducida a su propio llanto, endurecida por fuera y todavía sufriendo por dentro— es lo que ha hecho del nombre un sustantivo común. Llamar a alguien una Níobe es decir que llora sin consuelo posible. Y hay un tercer elemento, más incómodo, que la escena de la última hija formula sin comentarios: la primera vez que Níobe suplica en lugar de exigir ya es demasiado tarde.

Las interpretaciones y sus límites

El mito ha atraído lecturas de todo tipo, y conviene situarlas.

En el siglo XIX, la escuela de mitología comparada solar, cuyo representante más conocido fue Max Müller, propuso que Níobe era una diosa del invierno y de la nieve, y sus hijos, el hielo derretido por los primeros rayos del sol —es decir, por las flechas de Apolo—. Otros la interpretaron como personificación de las nubes atravesadas por la luz.

Esas lecturas se recogen aquí como dato de historia de las ideas, no como explicación válida. La mitología solar de Müller fue abandonada por la disciplina y hoy se considera desacreditada: su método permitía convertir casi cualquier relato en una alegoría del amanecer, y esa flexibilidad ilimitada fue precisamente lo que acabó desacreditándolo. Que el mito pueda leerse como el deshielo no significa que haya nacido de ahí.

Más sólida es la observación de que existe una roca real en el monte Sípilo que rezuma agua, en la región de donde procedía la familia de Tántalo. Los mitos etiológicos —los que explican por qué algo del paisaje es como es— son un género bien documentado, y no hace falta ninguna teoría solar para entender que un peñasco con forma vagamente humana y humedad permanente reclamara una historia que lo explicara.

No confundir con

Níobe y Leto. Leto es la diosa ofendida, madre de Apolo y Artemisa; Níobe, la mortal que la ofende. Los nombres se confunden por su parecido sonoro.

Níobe y Aracne. Ovidio cuenta las dos historias seguidas en el libro VI de las Metamorfosis, y ambas tratan de mortales que desafían a una diosa. Aracne compite con Atenea tejiendo y acaba convertida en araña. Son casos paralelos, no la misma historia.

Los Nióbidas y las Danaides. Los Nióbidas son los hijos muertos de Níobe. Las Danaides, un grupo distinto de mujeres castigadas a llenar eternamente un recipiente agujereado.

Níobe y la mujer de Lot. Las dos quedan convertidas en un mineral por desobedecer a la divinidad, y se las ha comparado con frecuencia, pero pertenecen a tradiciones independientes: una es piedra que llora, la otra estatua de sal.

Errores frecuentes

¿Cuántos hijos tenía Níobe: doce o catorce?

Ambas cifras son correctas según la fuente. Homero, que es el testimonio más antiguo, dice doce: seis hijos y seis hijas. Óvidio, que es el más leído, dice catorce: siete y siete. Otros autores antiguos dan cifras que van de cuatro a veinte. Esa variabilidad es normal en la mitología griega, donde no existía una versión oficial, y el número no cambia el sentido del relato.

¿Níobe fue castigada solo por presumir de sus hijos?

La ofensa fue más concreta: interrumpió un sacrificio en curso, ordenó a las mujeres de Tebas que apagaran el incienso dedicado a Leto y exigió que la honraran a ella en su lugar. No se trata de una jactancia privada sino de un acto público de impiedad. Y el mito subraya además que, tras la muerte de sus siete hijos, volvió a desafiar a la diosa: esa segunda jactancia es la que cuesta la vida a las hijas.

¿Es Níobe una diosa del invierno y la nieve?

Es la lectura de Max Müller y de la mitología comparada solar del siglo XIX, escuela hoy desacreditada. Su método reducía prácticamente cualquier mito a una alegoría de fenómenos celestes, y esa capacidad de explicarlo todo fue lo que terminó invalidándolo como método. No hay nada en las fuentes antiguas que presente a Níobe como divinidad de estación alguna: es una mortal.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Níobe en la mitología griega?

Reina de Tebas, esposa de Anfión e hija de Tántalo. Se jactó de tener muchos más hijos que la diosa Leto, que solo tenía dos, y por esa soberbia Apolo y Artemisa mataron a todos los suyos. Convertida en roca, siguió llorando eternamente.

¿Qué simboliza Níobe?

El dolor que no termina y la soberbia castigada. En la literatura occidental se ha convertido en la imagen del duelo materno llevado al extremo, hasta el punto de que llamar a alguien una Níobe equivale a decir que llora sin consuelo posible.

¿Por qué Aquiles le cuenta el mito de Níobe a Príamo?

Para convencerlo de que coma. En el canto XXIV de la Ilíada, Príamo acaba de recuperar el cadáver de Héctor, y Aquiles le recuerda que incluso Níobe, a la que mataron doce hijos, terminó acordándose de comer. Es un argumento sobre la necesidad de seguir viviendo.

¿Cuántos hijos tenía Níobe?

Depende de la fuente y las cifras van de cuatro a veinte. Las dos que importan son doce en Homero, seis hijos y seis hijas, y catorce en Ovidio, siete y siete, que es la versión más difundida.

¿Sobrevivió alguno de los hijos de Níobe?

En Homero mueren todos. Apolodoro registra, sin embargo, que una hija se salvó, Cloris, que se casó con Neleo y fue madre de Néstor, el anciano rey de Pilos que aconseja a los griegos en la propia Ilíada.

¿Existe la roca de Níobe?

Existe una formación rocosa en el monte Sípilo, cerca de Manisa, en Turquía, que la tradición identifica con Níobe. Pausanias afirma haberla visto y dice que de cerca no parece nada, pero que a distancia se asemeja a una mujer con la cabeza inclinada y llorando.

¿Qué relación tiene Níobe con Tántalo?

Era su hija. Tántalo es el hombre castigado eternamente con hambre y sed en el inframundo por haber ofendido a los dioses, y hermano de Níobe fue Pélope. La familia entera arrastra un castigo hereditario que llega hasta Atreo, Agamenón y Orestes.

¿Qué es una Níobe en sentido figurado?

Una mujer sumida en un dolor inconsolable, sobre todo por la pérdida de los hijos. El uso viene de la literatura occidental, que convirtió el personaje en la personificación del duelo, y también de la arrogancia que lo provocó.

Mira también

Hefesto: el dios que forjó a Pandora, otro castigo divino enviado a los hombres por una ofensa.

Las Gorgonas: la otra gran historia griega sobre la petrificación como castigo.

Los doce Titanes: la generación a la que pertenece Leto, madre de Apolo y Artemisa.

Bibliografía

Fuentes primarias

Homero, Ilíada, canto XXIV, versos 596-620 (el relato de Aquiles a Príamo, los nueve días sin sepultura y la comida final), texto disponible en la Theoi Classical Texts Library. Ovidio, Metamorfosis, libro VI (la versión completa: Manto, el sacrificio interrumpido, el discurso de Níobe, la muerte de los hijos y de las hijas, el suicidio de Anfión y la petrificación), traducción de Henry T. Riley disponible en Project Gutenberg, ebook n.º 21765. Pseudo-Apolodoro, Biblioteca, libro III (la supervivencia de Cloris y su descendencia). Pausanias, Descripción de Grecia (la visita a la roca del monte Sípilo). Sófocles, Antígona, donde la protagonista se compara con Níobe camino de su encierro.

Fuentes de verificación consultadas

Dickinson College Commentaries, comentario al pasaje de la Ilíada XXIV, 596-642, sobre la función del relato en la escena entre Aquiles y Príamo. Britannica, entrada Niobe, para las cifras de hijos y la mención de Cloris en Apolodoro. Theoi Greek Mythology, entradas sobre Níobe y los Nióbidas. Bibliografía sobre la escuela de mitología comparada solar de Max Müller y su abandono posterior por la disciplina.