De todas las deidades olímpicas, pocas ocupan una posición tan distinguida como las musas, las nueve hermosas hijas de Zeus y Mnemósine. Su nacimiento no fue un capricho divino, sino una necesidad profunda del cosmos: según la tradición recogida por Píndaro y analizada por, entre otros, por el destacado filósofo Walter F. Otto, tras la victoria de Zeus sobre los titanes, los dioses olímpicos manifestaron que, aunque el mundo ya había sido ordenado, faltaba algo esencial. Necesitaban seres capaces de celebrar con cantos su gloria imperecedera. Para los griegos, la esencia del ser no estaba "concluida" hasta que no existiera una lengua divina capaz de expresarla y alabarla. Las musas nacieron, por tanto, para dar plenitud al cosmos a través de la palabra y la música.
