Zeus es el rey de los dioses griegos, señor del cielo y de la tormenta, y su nombre significa literalmente «cielo luminoso del día». Es el único dios del Olimpo cuyo nombre se remonta sin discusión a la lengua madre de media Europa y de la India: el mismo que produjo el Júpiter romano y el Dyaus védico. Sus atributos son el rayo, la égida, el cetro y el águila.
Los griegos lo llamaban padre de los dioses y de los hombres, y le confiaban las tres cosas que ninguna ciudad podía garantizar sola: el juramento, el hospedaje y la súplica. Y sin embargo, la Ilíada lo muestra incapaz de salvar a su propio hijo, y en Creta enseñaban su tumba.
| Nombre griego | Ζεύς (Zeús); genitivo Διός (Diós), de donde el prefijo dio- |
|---|---|
| Etimología | Protoindoeuropeo Dyeus, sobre la raíz dyeu, brillar: el cielo luminoso del día |
| Padres y hermanos | Hijo de los titanes Crono y Rea; hermano de Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón |
| Esposas según Hesíodo | Siete y en este orden: Metis, Temis, Eurínome, Deméter, Mnemósine, Leto y, la última, Hera |
| Atributos | Rayo (keraunós), égida, cetro rematado por un águila, corona de olivo |
| Animal y árbol | El águila; el roble, en particular el oráculo de Dodona |
| Testimonio más antiguo | Tablillas micénicas en lineal B de Pilos y Cnoso: di-we, di-wo |
| Santuarios principales | Olimpia, Dodona, el monte Liceo en Arcadia, el Dicteo en Creta |
- Qué significa el nombre Zeus
- El nacimiento y la piedra que Crono devoró
- La Titanomaquia y el reparto del mundo
- Las consortes de Zeus y sus hijos
- Cuáles son los atributos y símbolos de Zeus
- El Zeus del juramento y de la hospitalidad
- Hasta dónde llegaba el poder de Zeus
- La tumba de Zeus en Creta
- No confundir con
- Errores frecuentes
- Preguntas frecuentes
Qué significa el nombre Zeus
El nombre se declina de una manera que sorprende a quien lo ve por primera vez: nominativo Ζεύς, vocativo Ζεῦ, acusativo Δία, genitivo Διός, dativo Διί. Es decir, el nombre cambia de raíz por completo al salir del nominativo, y de esa segunda raíz —Di-— salen el adjetivo dîos, divino, y el prefijo de nombres como Diomedes o Dioniso.
Detrás de esa irregularidad hay una palabra muy antigua. Zeus continúa el protoindoeuropeo *Dyēus, formado sobre la raíz *dyeu-, brillar, que designaba el cielo claro y luminoso del día. La forma completa era *Dyēus ph₂tēr, «Padre Cielo», y sobrevive intacta en la invocación homérica Zeu páter, «padre Zeus», exactamente igual que en el védico Dyaus Pitar y en el latín Iuppiter, contracción de Diespiter.
Esa coincidencia fue el punto de partida de toda una disciplina. Cuando Sir William Jones señaló en 1786 el parentesco entre Zeus, Júpiter y Dyaus Pitar, nació la lingüística comparada indoeuropea. Hoy *Dyēus es la divinidad mejor reconstruida de ese panteón, según coinciden Martin L. West en Indo-European Poetry and Myth (Oxford, 2007, pp. 167-168) y James Mallory y Douglas Adams en The Oxford Introduction to Proto-Indo-European (2006, pp. 408-409 y 431): la misma raíz reaparece de forma independiente en el Týr germánico, el Dievas báltico, el Zojz albanés, el Zis mesapio, el Deipáturos ilirio que registró el gramático Hesiquio de Alejandría y el Tiwaz luvita de Anatolia. West anota además que en anatolio el reflejo de *dyeus —el hitita sius— ya no significa cielo sino dios en general, o el dios Sol. Los nombres de Atenea, Apolo, Afrodita o Hefesto se discuten y podrían ser prehelénicos o tomados del Cercano Oriente; el de Zeus, no: Robert Beekes lo despacha sin reservas en su Etymological Dictionary of Greek (Brill, 2010, p. 498), el diccionario etimológico de referencia para el griego antiguo.
Y está documentado antes que Homero. Las tablillas micénicas escritas en lineal B, halladas en Pilos y Cnoso y fechadas hacia los siglos XIV y XIII a. C., traen las formas di-we, «a Zeus», y di-wo, «de Zeus», en listas de ofrendas. Junto a él aparecen Poseidón, Hera, Hermes y Dioniso: el núcleo del panteón olímpico ya estaba en su sitio en plena Edad del Bronce.
El nacimiento y la piedra que Crono devoró
La historia arranca con una profecía y un padre asustado. Crono, el más joven de los titanes, había destronado a su propio padre Urano, y una advertencia le anunció que un hijo suyo le haría lo mismo. Su solución fue metódica: cada vez que su esposa Rea daba a luz, tomaba a la criatura y se la tragaba entera. Así desaparecieron Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón, uno tras otro, sin que ninguno llegara a abrir los ojos.
Con el sexto, Rea cambió de método. Se marchó a parir lejos y escondió al recién nacido en una cueva de Creta, en el monte Ida según unas versiones o en el Dicte según otras. A Crono le entregó, envuelta en pañales, una piedra del tamaño de un bebé. El titán la devoró sin mirarla.
La crianza del niño escondido es la parte del mito que más variantes acumuló. La cabra Amaltea lo amamantó —y de uno de sus cuernos rotos salió, según una de las tradiciones, la cornucopia—. Unas ninfas lo cuidaron. Y alrededor de la cueva danzaban los Curetes, guerreros jóvenes que golpeaban sus escudos con las lanzas para que el estruendo tapara el llanto del bebé y su padre no lo oyera desde lejos. De ese culto queda un testimonio material: en 1904, en Roussolakkos, junto a Palekastro, en la costa oriental de Creta, aparecieron cuatro fragmentos de una estela de caliza con el llamado Himno a Zeus Dicteo, que invoca al dios como «el más grande kouros», el mayor de los muchachos. Es un Zeus joven, no el patriarca barbado de las estatuas.
Cuando creció, Zeus obligó a Crono a devolver lo tragado. Sus hermanos salieron vivos y en orden inverso al que habían entrado, de modo que el último nacido resultó ser, en la práctica, el mayor de todos. La piedra salió también, y no se perdió: los griegos la conservaban en Delfos y la mostraban a los visitantes.
La Titanomaquia y el reparto del mundo
La guerra contra los titanes duró diez años sin que ninguno de los dos bandos cediera. La decidió una alianza: Zeus bajó al Tártaro y liberó a los Cíclopes y a los Hecatónquiros, los gigantes de cien manos que Urano había encerrado allí. Los Cíclopes le fabricaron, en agradecimiento, el arma que definiría su figura para siempre: el rayo. A sus hermanos les tocaron los otros dos regalos del taller, el tridente para Poseidón y el yelmo de invisibilidad para Hades.
Vencidos los titanes y encerrados en el Tártaro, los tres hermanos se repartieron el mundo por sorteo. A Zeus le tocó el cielo, a Poseidón el mar, a Hades el reino subterráneo; la tierra y el Olimpo quedaron como territorio común. Ese detalle importa más de lo que parece, porque explica la clase de autoridad que ejerce Zeus en los relatos posteriores: no es el dueño del universo, sino el mayor de tres socios que sacaron distinta parte de la misma bolsa. Poseidón se lo recuerda en la Ilíada cuando recibe una orden que no le gusta.
Las consortes de Zeus y sus hijos
La lista de amantes de Zeus es el rasgo que más se repite sobre él, y casi siempre se cuenta como una colección de anécdotas. En la fuente más antigua no lo es. Hesíodo dedica a estas uniones el tramo final de la Teogonía (versos 886 a 929) y las ordena en una secuencia que funciona como el programa de gobierno del nuevo rey: cada esposa aporta al mundo una pieza que hasta entonces le faltaba.
Las siete esposas de la Teogonía
La primera es Metis, la Astucia, hija de Océano, de quien Hesíodo dice que era «wisest among gods and mortal men», «la más sabia entre los dioses y los hombres mortales». Estaba a punto de dar a luz cuando Gea y Urano advirtieron a Zeus que de ella nacería primero una hija igual a su padre en fuerza y en juicio, y después un hijo destinado a reinar en su lugar. Zeus la engañó con palabras astutas y se la tragó. El gesto es horrible y es también la clave de todo el reinado: los tres reyes anteriores —Urano, Crono, y el propio Zeus si no hacía nada— caían por obra de un hijo. Zeus rompe la cadena tragándose el problema y quedándose con el consejo dentro del cuerpo. De ahí saldría después Atenea, por la cabeza.
La segunda es Temis, la Ley divina, y sus hijas son la maquinaria jurídica del cosmos: las Horas —Eunomía, el Buen Orden; Diké, la Justicia; Eirene, la Paz— y las Moiras, Cloto, Láquesis y Átropo, a las que, precisa Hesíodo, Zeus concedió el mayor honor de todos. Son las mismas Moiras ante las que él cede en la Ilíada cuando muere Sarpedón: se las dio como hijas y luego tuvo que obedecerlas.
Siguen Eurínome, otra oceánide, madre de las tres Gracias —Aglaya, Eufrósine y Talía—; Deméter, su propia hermana, madre de Perséfone, a la que Zeus entregó después a Hades; Mnemósine, la Memoria, de la que nacieron las nueve musas; y Leto, madre de Apolo y Ártemis. En el orden hesiódico, Apolo y Ártemis nacen antes del matrimonio con Hera, de modo que no son hijos ilegítimos.
La séptima y última es Hera, y su lugar al final de la lista no es casual: el rey se casa con el matrimonio cuando ya ha engendrado la sabiduría, la ley, la justicia, la belleza, la memoria y el canto. De ella nacen Hebe, Ares e Ilitía. Hesíodo añade que Hera, furiosa por la disputa con su marido, engendró a Hefesto sin unirse a él: la respuesta simétrica al parto de Atenea por la cabeza.
Después de Hera
Solo entonces enumera Hesíodo las uniones extramatrimoniales, y son tres, encadenadas: Maya, hija de Atlante, madre de Hermes; Sémele, hija de Cadmo, madre de Dioniso; y Alcmena, madre de Heracles. Las tres producen figuras que cruzan la frontera entre lo divino y lo humano —el heraldo, el dios que llega de fuera, el héroe que termina en el Olimpo—, y ese es el papel que cumplen en el poema.
El repertorio posterior es mucho más extenso y en él Zeus cambia de forma para acercarse a mujeres mortales: toro blanco para llevarse a Europa desde la playa de Sidón hasta Creta, cisne con Leda, lluvia de oro para entrar en la cámara donde Acrisio había encerrado a Dánae, águila para arrebatar al joven Ganimedes. A Ío la convirtió en novilla para ocultarla, y Hera puso a vigilarla al gigante Argos de cien ojos, cuyos ojos terminarían en la cola del pavo real. Conviene nombrar estos episodios por lo que las fuentes describen: engaños y raptos, no cortejos. La costumbre moderna de llamarlos «amores de Zeus» suaviza lo que los textos griegos cuentan sin suavizar, y las consecuencias recaen siempre sobre la mujer y nunca sobre el dios: Ío huye enloquecida hasta Egipto, Sémele muere fulminada, Calisto termina convertida en osa.
La consorte que Homero pone en Dodona
Hay una pareja de Zeus que casi nunca aparece en las listas. En el santuario de Dodona su consorte no era Hera sino Dione, cuyo nombre es sencillamente el femenino de Zeus, formado sobre la misma raíz Di-. Y en la Ilíada, cuando Afrodita es herida en el campo de batalla y sube llorando al Olimpo, quien la consuela es Dione, su madre. Para Homero, Afrodita es hija de Zeus y de Dione, no la diosa nacida de la espuma del mar que cuenta Hesíodo. Las dos versiones convivieron sin que a nadie le pareciera necesario elegir.
Cuáles son los atributos y símbolos de Zeus
El principal es el rayo, en griego keraunós. En el arte no se representa como una descarga eléctrica sino como un objeto que se puede sostener: un haz de dos puntas cónicas o dentadas, a veces con alas, que el dios lleva en la mano o arroja con el brazo hacia atrás. Es un arma manufacturada, con historia y con fabricantes conocidos, y esa condición de utensilio la conserva en toda la iconografía griega.
La égida es el segundo. Zeus recibe el epíteto aigíochos, «portador de la égida», y aunque suele imaginarse como un escudo, las fuentes la describen más bien como una piel que se lleva sobre el pecho o el brazo, orlada de flecos y capaz de sembrar el pánico cuando se agita. Zeus la presta a Atenea, que termina llevándola con más frecuencia que él.
En el monte Liceo de Arcadia, Pausanias encontró un altar de Zeus Liceo con dos columnas delante que antiguamente habían llevado águilas doradas encima, y allí se sacrificaba en secreto. El propio Pausanias, que no solía callarse nada, escribió que prefirió no indagar en los detalles de aquel sacrificio y dejarlos como estaban desde el principio.
El cetro señala la realeza, y suele ir rematado por un águila, que es además el ave propia del dios y su mensajera en los presagios. Entre las plantas le corresponde el roble: en Dodona, el santuario más antiguo de Grecia, los sacerdotes interpretaban la voluntad de Zeus escuchando el ruido de las hojas de una encina sagrada. La corona de olivo aparece en Olimpia, donde era también la del vencedor de los juegos.
Todo ese repertorio quedó fijado en una sola obra. Hacia el año 435 a. C., el escultor Fidias —que ya había hecho la Atenea del Partenón— levantó en el templo de Olimpia una estatua sedente de casi doce metros, crisoelefantina: placas de marfil para la carne y láminas de oro para el manto, montadas sobre un armazón de madera. El dios estaba sentado en un trono de cedro con incrustaciones de ébano, oro, marfil y piedras preciosas; en la mano derecha sostenía una figura de Nike, la Victoria, y en la izquierda un cetro con el águila encima. El geógrafo Estrabón resumió el efecto diciendo que, si aquel Zeus se ponía de pie, se llevaría por delante el techo. Pausanias, que la vio en pie seis siglos después de hecha, copió la inscripción grabada bajo los pies del dios: la firma de Fidias, hijo de Cármides, ateniense. Fue contada entre las siete maravillas del mundo antiguo y fijó la manera de representar a Zeus durante los novecientos años siguientes.
El Zeus del juramento y de la hospitalidad
Un griego no rezaba a «Zeus» a secas, sino a un Zeus concreto, especificado por un epíteto que indicaba en qué asunto se lo invocaba. Y el conjunto de esos epítetos revela algo que el retrato del dios mujeriego y colérico esconde: el reparto de competencias de Zeus era, ante todo, jurídico.
Zeus Xénios protegía al huésped y al extranjero, la institución que permitía viajar en un mundo sin embajadas: quien maltrataba a quien había acogido bajo su techo tenía a Zeus en contra. Zeus Herkeios guardaba el patio de la casa, Zeus Ktesios la despensa, Zeus Polieús la ciudad. Zeus Meilíchios, «el benigno», tenía en Argos una imagen sedente de mármol blanco esculpida por Policleto, según vio Pausanias.
De todos ellos, el mejor documentado es Zeus Hórkios, el del juramento. Pausanias, que recorrió Olimpia en el siglo II y describió sus estatuas una por una, se detiene en la que estaba en la sala del Consejo y la señala como la más capaz, entre todas las imágenes de Zeus, «the one most likely to strike terror into the hearts of sinners» —«la que con más probabilidad infunde terror en el corazón de quienes obran mal»—. Aquel Zeus sostenía un rayo en cada mano. Ante él juraban los atletas, y también sus padres, sus hermanos y sus entrenadores, sobre trozos de carne de jabalí: que no cometerían falta contra los juegos y que habían cumplido los diez meses de entrenamiento reglamentario. Juraban igual los jueces que examinaban a los muchachos y a los potros, prometiendo decidir sin aceptar sobornos. A los pies de la estatua había una placa de bronce con versos elegíacos grabados, cuyo único objeto era asustar al perjuro.
Ese era el Zeus con el que un griego trataba a diario: no el seductor de los relatos, sino una estatua con un rayo en cada mano ante la cual se prometía no hacer trampa.
Esa dimensión normativa es la que subraya Walter Burkert en Greek Religion (Harvard University Press, 1985), el manual de referencia sobre religión griega: el poder de Zeus no es solo meteorológico sino social, y su figura marca el punto donde una fuerza natural se convierte en principio de conducta. El cielo que truena y el tribunal que castiga el perjurio son, para un griego, la misma potencia.
Hasta dónde llegaba el poder de Zeus
La Ilíada, que es la fuente más antigua y extensa sobre él, dedica una cantidad notable de versos a mostrar dónde termina su autoridad. Son cuatro escenas, y ninguna es un descuido del poeta.
En el canto XVI, Sarpedón, hijo mortal de Zeus, va a morir a manos de Patroclo. Zeus duda en voz alta si arrebatarlo del campo y devolverlo vivo a Licia. Hera le contesta con un argumento de administrador: si él salva a su hijo del destino asignado, cualquier otro dios reclamará hacer lo mismo por el suyo, y el orden entero se desarma. Zeus cede. Sarpedón muere, y el padre de los dioses hace llover sangre sobre el campo, que es todo lo que puede hacer por él.
En los cantos VIII y XXII aparece la balanza de oro. Antes de que se decidan la retirada aquea y el duelo entre Aquiles y Héctor, Zeus coloca dos destinos de muerte en los platillos, levanta el fiel por el centro y mira cuál baja. No decide: consulta. La escena lo muestra averiguando un resultado, no dictándolo.
El canto XIV contiene los dos episodios más incómodos. En el primero, que los editores antiguos titularon Diós apáte, «el engaño de Zeus», Hera se acicala, consigue de Afrodita un ceñidor que carga con toda la seducción del mundo, sube al monte Ida y hace dormir a su marido en una nube dorada mientras los aqueos recuperan terreno abajo. El rey de los dioses es neutralizado durante media batalla por su propia esposa. En el segundo, Hipnos le recuerda a Hera una ocasión anterior en que ya lo había dormido: Zeus despertó furioso, revolvió el Olimpo buscándolo y lo habría arrojado al mar, pero Hipnos se refugió junto a su madre Nix, la Noche, y Zeus se detuvo en el umbral. No entró. Renunció al castigo antes que arriesgarse a disgustar a una potencia anterior a él.
La tumba de Zeus en Creta
Los cretenses no solo decían que Zeus había nacido en su isla. Decían también que había muerto allí, y enseñaban el sepulcro. La ubicación variaba según quien lo contara —la cueva del Ida según Porfirio, un lugar cercano a Cnoso según Lactancio—, y en la versión local Zeus había sido un príncipe al que mató un jabalí.
Aquello indignó a Epiménides de Cnoso, sacerdote y poeta cretense del siglo VI a. C., el mismo del que se contaba que se había dormido en una cueva y había despertado décadas después. En un poema hoy perdido, la Cretica, arremetió contra sus propios paisanos por afirmar semejante cosa de un dios inmortal, y les dedicó un verso que iba a tener una carrera larguísima. Calímaco lo recogería después en la forma que tradujo Alexander W. Mair para la Loeb en 1921: «Cretans are ever liars», «los cretenses son siempre mentirosos».
Tres siglos después, Calímaco de Cirene abrió con ese mismo verso su Himno I. El poema empieza confesando una duda —unos dicen que Zeus nació en el Ida, otros en Arcadia, ¿quiénes mintieron?— y resuelve citando a Epiménides y añadiendo el reproche: los cretenses le construyeron una tumba, pero él no murió, porque existe para siempre. Calímaco se decide por Arcadia. El chiste circuló por toda la Antigüedad: Luciano de Samósata escribió que no hay que asombrarse de que pueblos enteros mientan, cuando los cretenses muestran la tumba de Zeus sin ruborizarse, y Lactancio preguntó cómo puede un dios estar vivo en un sitio y muerto en otro, tener aquí un templo y allá un sepulcro.
El verso terminó donde nadie lo habría previsto. La Epístola a Tito, en el Nuevo Testamento, lo cita como autoridad: uno de sus propios profetas dijo que los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos (Tito 1, 12). La frase bíblica sobre los cretenses mentirosos nació, siglos antes, de una discusión sobre si Zeus estaba enterrado o no.
No confundir con
Júpiter, el equivalente romano
Júpiter no es la traducción latina de Zeus, y la diferencia no es un tecnicismo. Los dos nombres descienden por separado de la misma forma indoeuropea *Dyēus ph₂tēr: Iuppiter procede del vocativo, a través de Diespiter, y conserva el «padre» pegado al nombre, que el griego dejó suelto en Zeu páter. Son primos, no copias.
Lo que sí es importación griega es la mitología. El Júpiter romano arcaico era ante todo Optimus Maximus, garante de los tratados y del Estado, con un culto centrado en el Capitolio y un sacerdote propio, el flamen Dialis, sometido a una lista extraordinaria de prohibiciones rituales. Los relatos de amores, metamorfosis y castigos que hoy se cuentan de Júpiter llegaron después, con la literatura helenizante, y los fijó Ovidio. El dios es hermano del griego; las historias son prestadas.
Errores frecuentes
«Zeus significa el que vive»
Esta etimología circula todavía en libros de divulgación y tiene un origen preciso. Platón la propone en el Crátilo, jugando con el acusativo Día y el verbo zên, vivir, para concluir que el nombre del dios anuncia que por él viven todas las cosas; el apologista cristiano Lactancio la repitió en el siglo IV. Es una etimología popular, del tipo que la filosofía antigua practicaba con entusiasmo y sin método comparativo. La derivación establecida es otra, y está sostenida por cognados atestiguados de forma independiente en sánscrito, latín, germánico, báltico, albanés, mesapio, ilirio y anatolio.
«Zeus era el dios más antiguo de los griegos»
La afirmación mezcla dos cosas distintas. El nombre de Zeus sí es el más antiguo del panteón: es el único con etimología indoeuropea indiscutida y aparece en tablillas del siglo XIV a. C. El personaje, en cambio, es de tercera generación dentro de su propia mitología: nieto de Urano y Gea, hijo de Crono y Rea, y el último de seis hermanos en nacer. Por delante de él, la Teogonía de Hesíodo coloca a Caos, Gea, Tártaro y Eros, y toda la estirpe de Nix. Confundir la edad de la palabra con la del dios es el mismo error que atribuirle a un dibujo la antigüedad de la idea que representa.
«La estatua de Fidias se destruyó cuando cerraron el templo de Olimpia»
El final de la estatua no está resuelto, y presentarlo como un hecho cerrado es adelantarse a las fuentes. Una tradición, recogida por el cronista bizantino Jorge Cedreno, sostiene que la obra fue trasladada a Constantinopla e instalada en el palacio de Lauso, un funcionario de Teodosio II, junto a otras piezas antiguas reunidas allí como colección; según esa versión, ardió en el incendio que consumió el palacio en el año 475. Otra corriente sostiene que pereció en Olimpia con el propio templo, dañado por un incendio hacia el 425. Y ya en el siglo II Luciano de Samósata hablaba de manos echadas sobre la persona del dios en Olimpia, lo que sugiere robos o daños muy anteriores. No queda ninguna copia fiel: lo que se sabe de su aspecto viene de la descripción de Pausanias y de monedas de Élide.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa el nombre Zeus?
Zeus continúa el nombre protoindoeuropeo Dyeus, formado sobre la raíz dyeu, brillar. Designaba el cielo luminoso del día. La forma completa era Dyeus ph2ter, Padre Cielo, que sobrevive en el vocativo homérico Zeu pater y en el latín Iuppiter.
¿Cuáles son los símbolos y atributos de Zeus?
El rayo o keraunós es el principal. Le siguen la égida, el cetro rematado por un águila, y el águila como ave propia. Entre las plantas, el roble de Dodona. En la estatua de Fidias sostenía además una figura de Nike, la Victoria, en la mano derecha.
¿Dónde nació Zeus según el mito?
La versión más difundida lo hace nacer en Creta, en una cueva del monte Ida o del monte Dicte. Pero ya en la Antigüedad se discutía: Calímaco, en el siglo III a. C., defendía que había nacido en Arcadia y acusaba de mentirosos a los cretenses.
¿Era Zeus todopoderoso?
No según la Ilíada. Zeus no puede salvar a su hijo Sarpedón sin desarmar el orden entero, pesa los destinos en una balanza en lugar de decidirlos, es engañado y dormido por Hera, y renuncia a castigar a Hipnos por temor a disgustar a Nix, la Noche.
¿Cuántas esposas tuvo Zeus?
Hesíodo enumera siete esposas en la Teogonía, en este orden: Metis, Temis, Eurínome, Deméter, Mnemósine, Leto y, la última, Hera. Solo después cita las uniones extramatrimoniales, que en el poema son tres: Maya, madre de Hermes; Sémele, madre de Dioniso; y Alcmena, madre de Heracles.
Fuentes
Fuentes antiguas
- Homero, Ilíada, cantos VIII, XIV, XVI y XXII: la balanza de oro, el engaño de Zeus, el episodio de Nix y la muerte de Sarpedón.
- Hesíodo, Teogonía, trad. Hugh G. Evelyn-White, Loeb Classical Library, 1914 (dominio público): el nacimiento y la Titanomaquia, la estirpe de Nix, y sobre todo el catálogo de las siete esposas y sus hijos, versos 886-929. perseus.tufts.edu
- Pausanias, Descripción de Grecia, libros V y VIII, trad. W. H. S. Jones, Loeb Classical Library, 1918 (dominio público): el templo y la estatua de Olimpia (V, 10-11), el Zeus Hórkios de la sala del Consejo y el juramento sobre carne de jabalí (V, 24, 9-10), el altar del monte Liceo (VIII, 38, 7). theoi.com
- Calímaco, Himno I. A Zeus, trad. Alexander W. Mair, Loeb Classical Library, 1921: la disputa entre Creta y Arcadia y la tumba del dios. loebclassics.com
- Epiménides de Cnoso, Cretica (fragmento), y su cita en la Epístola a Tito 1, 12. intertextual.bible
Estudios modernos
- Martin L. West, Indo-European Poetry and Myth, Oxford University Press, 2007, pp. 167-168, 170 y 182: la reconstrucción de *Dyēus y sus reflejos anatolios.
- J. P. Mallory y D. Q. Adams, The Oxford Introduction to Proto-Indo-European and the Proto-Indo-European World, Oxford University Press, 2006, pp. 408-409 y 431.
- Robert S. P. Beekes, Etymological Dictionary of Greek, Brill, Leiden, 2010, p. 498, entrada Ζεύς; y p. 338, entrada δῖος.
- Benjamin W. Fortson, Indo-European Language and Culture, 2.ª ed., 2009, p. 470; y Calvert Watkins, The American Heritage Dictionary of Indo-European Roots, 2000, para la raíz *dyeu-.
- Walter Burkert, Greek Religion, Harvard University Press, 1985: los epítetos jurídicos de Zeus —Hórkios, Xénios, Díkaios— y su función normativa.
- J. Rendel Harris, sobre Luciano y Lactancio a propósito de la tumba de Zeus, en The Expositor, serie 7. biblicalstudies.org.uk
- Wikipedia, «Hymn to Dictaean Zeus», sobre la estela hallada en Palekastro en 1904 y hoy en el Museo Arqueológico de Heraclión. en.wikipedia.org
- World History Encyclopedia y Encyclopaedia Britannica, sobre la estatua de Fidias y las versiones de su destrucción. worldhistory.org

