Cigarra: significado espiritual, simbolismo y origen



Las cigarras simbolizan la resurrección, la inmortalidad, la vida después de la muerte, la eterna juventud y el alejamiento de los deseos carnales. Pasan la mayor parte de su vida bajo tierra, alimentándose de las raíces de los árboles, y emergen a la superficie durante apenas unas semanas para cantar y reproducirse antes de morir. Ese contraste entre el tiempo enterrado y el canto final ha hecho de ellas, desde Grecia hasta China y Japón, uno de los insectos más cargados de simbolismo del mundo antiguo.

La cigarra de un vistazo
Nombre y origen Del latín cicāda; chicharra llega por el mozárabe chicarro. Casi todos sus nombres imitan su canto
Significado central Resurrección, inmortalidad y transformación, por su ciclo bajo tierra
Significado inverso Imprevisión y derroche, lectura moderna fijada por la fábula de La Fontaine
Grecia Insecto de Apolo y de las musas; emblema de la autoctonía ateniense
China Amuleto de jade en la lengua de los muertos durante la dinastía Han
Japón Imagen del mono no aware, la conmoción ante lo que dura poco
Fuente más antigua Himno homérico a Afrodita, versos 218-238, sobre Titono y Eos
No confundir con El saltamontes y el grillo, que son ortópteros; la cigarra es hemíptero

Origen del nombre

La palabra española cigarra procede del latín cicāda, probablemente a través de una variante vulgar cicāra, y está documentada en castellano desde mediados del siglo XIII. Corominas advierte que la cantidad de la vocal latina no admite discusión —Virgilio, Lucrecio, Ovidio y Marcial la miden siempre igual en sus versos— y que la única dificultad real está en explicar la i del castellano y el portugués frente a la e de otras lenguas romances, como el catalán y el occitano cigala o el italiano cicada.

Esa dificultad tiene un sospechoso. Junto a cigarra existe chicharra, y el camino de esta segunda forma es distinto: viene del mozárabe chicarro, voz que Nebrija registra ya en 1495 definiéndola como la cigarra que canta, y que Francisco del Rosal confirmaba en 1601 diciendo que así llamaban los antiguos a la chicharra o cigarra. De chicarro salió chicarra y de ahí, por reduplicación expresiva, chicharra. Hay quien atribuye la forma directamente a una onomatopeya —el chich del canto—, pero Corominas y Pascual se inclinan por la vía mozárabe con el refuerzo expresivo de la repetición.

Lo notable es que casi todos los nombres del insecto, en lenguas sin relación entre sí, imitan su sonido. El griego antiguo lo llamaba téttix y el griego moderno lo llama tzitzikas: las dos son onomatopeyas. También lo son la chicharra castellana y las formas americanas chiquilichi y coyuyo. El nombre del animal es, en la práctica, una transcripción de su canto, que es exactamente aquello por lo que todas estas culturas repararon en él.


Significado espiritual de la cigarra

A diferencia de una mariposa, una polilla u otros insectos que atraviesan una metamorfosis completa, la cigarra no pasa por un estado de pupa. Se transforma de un estado a otro manteniéndose activa: la ninfa sube del suelo, se aferra a un tronco, y de su espalda se abre paso el adulto alado. No hay capullo ni encierro; el cambio ocurre a la intemperie y de una sola vez.

Esa manera de transformarse explica por qué tantas culturas la leyeron como una imagen del cambio personal antes que como un símbolo abstracto de la muerte y la vida después de ella. La cigarra conserva en su forma adulta la memoria de lo que fue —una ninfa ligada a la tierra— y exhibe a la vez la gloria de lo que se ha convertido: un cuerpo con alas y un canto. Por eso aparece en el arte, la poesía y el tatuaje como emblema de transformación, y también, por su canto persistente durante el verano, como símbolo de esa estación y precursora de la cosecha.

Grecia: el insecto de las musas

En Grecia la cigarra estuvo asociada a Apolo, dios de la poesía y de la profecía, y su canto se convirtió en una imagen recurrente para hablar del arte verbal. El poeta alejandrino Calímaco, en el siglo III antes de Cristo, la usó como emblema del arte poético depurado y breve, frente a la épica extensa que él rechazaba: la cigarra, no el ruidoso rebuzno, era su modelo de poeta.

Platón recoge, en el Fedro, un origen mítico para esa asociación. Según el relato que pone en boca de Sócrates, las cigarras fueron hombres en un tiempo anterior al nacimiento de las musas. Cuando las diosas nacieron y trajeron consigo el canto, esos hombres quedaron tan arrebatados por la música que se olvidaron de comer y de beber, y murieron sin darse cuenta. De ellos nacieron las cigarras, a las que las musas concedieron un privilegio: no necesitar alimento —cantan, según la creencia griega, desde que nacen hasta que mueren sin comer ni beber— y, a cambio, ir informando a cada musa sobre quiénes, entre los mortales, le rinden homenaje. Los griegos suponían, de hecho, que las cigarras no comían ni bebían nada más que rocío, lo que las convertía en un emblema de pureza casi divina —una creencia zoológicamente errónea, ya que en realidad se alimentan de la savia de las plantas—.

Los atenienses que llevaban cigarras de oro en el pelo

Hay un detalle de la Atenas antigua que conecta el insecto con la política de la ciudad, y está registrado por Tucídides en el primer libro de su historia. Al describir cómo los atenienses fueron los primeros en abandonar la costumbre de andar armados y adoptar un modo de vida más cómodo, menciona de pasada que hasta hacía poco los ancianos ricos llevaban túnicas de lino y se recogían el moño del pelo con un broche de cigarras de oro, una moda que se extendió a sus parientes jonios.

Tucídides lo cuenta como una nota sobre el lujo pasado de moda, pero la enciclopedia bizantina conocida como la Suda conserva la explicación que se le daba al gesto. En su entrada tettigophoroi —«los que llevan cigarras»— define así a los atenienses, y precisa que usaban cigarras de oro como símbolo de ser nacidos de la tierra. La misma entrada ofrece la segunda lectura posible, que las llevaban por ser gente de música, ya que la cigarra es músico; pero se decide por la primera, y la justifica recordando que Erecteo, el fundador de Atenas, había nacido del suelo mismo.

Esa es la clave del asunto. La autoctonía —la afirmación de que los atenienses no habían venido de ningún otro sitio, sino que brotaron del Ática— era el fundamento de su reclamo sobre la tierra que ocupaban, y no había mejor emblema para eso que un animal al que se veía literalmente salir del suelo cada verano. El adorno del pelo no era un capricho decorativo: era una declaración de origen.

Titono, Eos y la cigarra que quiso morir

El mito más citado sobre el origen de la cigarra es el de Titono. Eos, la diosa de la aurora, se enamoró de este joven troyano, hijo del rey Laomedonte, y lo llevó consigo. Queriendo tenerlo para siempre, le pidió a Zeus que lo hiciera inmortal, pero olvidó pedir también la eterna juventud. Zeus concedió exactamente lo que se le pidió: Titono no podía morir, pero siguió envejeciendo. El Himno homérico a Afrodita, la fuente más antigua que cuenta la historia, termina en ese punto amargo: Titono, incapaz ya de mover los miembros, balbucea sin cesar, y Eos, incapaz de seguir cuidándolo, lo encierra en una habitación tras puertas relucientes y lo aleja de su vista.

La transformación en cigarra que hoy se cuenta como parte inseparable del mito es, en realidad, un añadido posterior: aparece en fuentes tardías, como la enciclopedia bizantina conocida como la Suda, y no en el Himno homérico. En esa versión más reciente, los dioses se apiadan de Titono y le permiten convertirse en cigarra —o, según otras variantes, en grillo—, de manera que su vejez eterna se resuelve en un canto eterno.

La Sibila de Cumas, un mito hermano

Existe otro relato griego con la misma estructura que el de Titono —inmortalidad concedida por un dios sin la juventud que la hiciera soportable— y conviene distinguirlo con cuidado, porque ambos mitos suelen mezclarse en los resúmenes: es el de la Sibila de Cumas. Apolo, enamorado de ella, le ofreció cualquier deseo, y la Sibila pidió vivir tantos años como granos de arena cabían en su puño. Volvió a olvidarse, como Eos, de pedir la juventud eterna. El resultado, contado siglos después por Petronio en el Satyricon, es una de las imágenes más extrañas de la literatura latina: la Sibila, reducida a un cuerpo diminuto, cuelga guardada en una ampolla o jaula, y cuando unos niños le preguntan qué desea, responde en griego —«apothanein thelo»—: quiero morir. No hay cigarra en este mito, y su protagonista no es un enamorado troyano sino una profetisa itálica, pero el paralelismo con Titono es tan cercano que ha llevado a confundirlos más de una vez.

China y Japón: el jade y la naturaleza pasajera

En la China de la dinastía Han se colocaban amuletos de jade con forma de cigarra en la lengua de los muertos, como parte de un conjunto de piezas de jade destinadas a cubrir los orificios del cuerpo y preservar el espíritu vital. El ciclo de vida del insecto —años bajo tierra seguidos de una emergencia hacia la luz y una muda final que revela la forma adulta— se leyó como una analogía directa del alma que asciende hacia una existencia trascendente, y museos como el Asian Art Museum de San Francisco datan esa etapa subterránea entre trece y diecisiete años, aunque conviene tomar la cifra como parte de la lectura simbólica tradicional más que como un dato cerrado sobre la biología de cada especie. Las cigarras macho se guardaban además como mascotas en pequeñas cajas por su canto, con el que atraían a las hembras.

En Japón la cigarra conserva un significado igual de profundo, ligado a la reencarnación y a los ciclos de la naturaleza. Junto con la flor de cerezo, es una de las imágenes centrales del mono no aware, ese concepto japonés que nombra la conmoción ante lo que dura poco: unos días de vida a toda velocidad en la superficie, después de años de espera bajo tierra, y luego el silencio.

Ese contraste entre una espera larga y un final breve y sonoro es lo que sigue haciendo de la cigarra un motivo habitual en el arte, la poesía y el tatuaje contemporáneos, del mismo modo en que la luciérnaga —otro insecto de vida adulta breve y luminosa— se ha convertido en emblema de lo efímero. A diferencia de la luciérnaga, sin embargo, la cigarra no ilumina: anuncia, con un canto que no se puede ignorar, que el tiempo bajo tierra ha terminado.

La cigarra y la hormiga

En español, la historia más conocida sobre este insecto no es ninguna de las anteriores sino una fábula, y conviene aclarar de entrada un punto que se discute mucho: el original griego atribuido a Esopo se titula Téttix kai myrmekes, la cigarra y las hormigas. La protagonista es una cigarra, no un saltamontes. El saltamontes es la criatura de la tradición inglesa, que titula la fábula The Ant and the Grasshopper, y de ahí pasó a numerosas ilustraciones y adaptaciones que llegaron después al mundo hispanohablante.

La versión que casi todos conocen no es la de Esopo sino la de Jean de La Fontaine, La Cigale et la Fourmi, publicada en el siglo XVII, y en español la recreación en verso de Félix María Samaniego. La diferencia de fondo entre las versiones está en el final: en varias transmisiones de la fábula esópica la hormiga socorre a la cigarra, y en La Fontaine se lo niega y la despide con una burla —que cante ahora, y que baile—. La moraleja de la previsión frente al derroche es una lectura que se estabiliza con La Fontaine y con sus traductores, no algo que estuviera fijado desde el principio.

El reproche más divertido a esa fábula no vino de un filólogo sino de un entomólogo. Jean-Henri Fabre, en sus Recuerdos entomológicos, sostuvo que La Fontaine nunca había visto ni oído una cigarra, y desmontó la escena punto por punto: en invierno no hay cigarras adultas a las que pueda darles hambre, porque mueren en otoño; el trigo que la cigarra pide es incompatible con su boca chupadora; y las moscas y gusanillos que menciona el texto francés no forman parte de su dieta. Fabre extendió la crítica al ilustrador Grandville, que dibujó a la mendiga con la figura inequívoca de un saltamontes y, en sus palabras, tradujo magníficamente el error general.

No confundir con

El saltamontes y el grillo

La cigarra es un hemíptero, pariente de los pulgones y las chinches, con boca chupadora para extraer savia. El saltamontes y el grillo son ortópteros, con mandíbulas masticadoras. La confusión es antigua y tiene además una causa acústica: en muchas regiones donde las cigarras escasean, la gente aplicó su nombre al ortóptero que sí oía cantar en verano.

Cigarra y chicharra

No son dos animales sino dos nombres del mismo, llegados al castellano por vías distintas. La confusión aquí no es zoológica sino geográfica: en algunas zonas de España y de América se reserva chicharra para especies concretas o para el ortóptero, pero en el uso general del idioma son sinónimos.

Errores frecuentes

Que la fábula de Esopo trata de un saltamontes

El título griego dice cigarra. El saltamontes procede de la tradición inglesa, que sustituyó al animal por otro más familiar en su clima, y desde ahí volvió a las ediciones ilustradas en español. Es un caso claro de un error que viaja de vuelta a la lengua original.

Que la cigarra pasa hambre en invierno

La escena central de la fábula es biológicamente imposible, como señaló Fabre: la cigarra adulta muere al final del verano o en otoño, y no llega al invierno para pedir nada. Tampoco podría comer el grano que pide, porque su aparato bucal solo sirve para chupar savia. La fábula funciona como alegoría moral, no como descripción del animal.

Que el Himno homérico cuenta la transformación de Titono

No la cuenta. El Himno homérico a Afrodita deja a Titono encerrado y balbuceante, sin metamorfosis alguna. La conversión en cigarra aparece en fuentes tardías, y se popularizó después porque ofrecía un desenlace más soportable que el original.

Que todas las cigarras pasan diecisiete años bajo tierra

La cifra corresponde a las cigarras periódicas del género Magicicada, propias de Norteamérica, cuyas camadas emergen en ciclos de trece o diecisiete años. La mayoría de las especies del resto del mundo, incluidas las mediterráneas, tienen ciclos mucho más cortos, de dos a cinco años según la especie. El dato se ha generalizado en la divulgación simbólica hasta aplicarse indistintamente a cualquier cigarra, y conviene no arrastrarlo así.

Preguntas frecuentes

¿Qué simboliza la cigarra?

La resurrección, la inmortalidad y la renovación, por su ciclo de vida: pasa años bajo tierra y emerge para cantar durante unas pocas semanas antes de morir. En Grecia se la vinculó con la poesía pura y con Apolo; en China y Japón, con el renacimiento del alma y la naturaleza pasajera de todas las cosas.

¿Es cierto que Zeus convirtió a Titono en cigarra?

La versión más antigua, el Himno homérico a Afrodita, termina la historia con Titono encerrado, envejecido y balbuceante, sin ninguna metamorfosis. La transformación en cigarra aparece en fuentes posteriores, como la Suda, y fue la que la tradición literaria terminó prefiriendo.

¿Por qué se decía que las cigarras no comían ni bebían?

Los griegos las creían alimentadas solo de rocío, lo que las convertía en un símbolo de pureza e inmortalidad. La creencia es errónea —las cigarras se alimentan de la savia de las plantas—, pero sostuvo durante siglos la idea de que eran seres a medio camino entre lo humano y lo divino.

¿La fábula de Esopo habla de una cigarra o de un saltamontes?

De una cigarra. El título griego es Téttix kai myrmekes, la cigarra y las hormigas. El saltamontes procede de la tradición inglesa, que titula la fábula The Ant and the Grasshopper, y desde ahí volvió a las ediciones ilustradas en español.

Fuentes

  • Himno homérico a Afrodita, versos 218-238, sobre Titono y Eos.
  • Platón, Fedro, 259b-d, sobre el origen mítico de las cigarras.
  • Petronio, Satyricon, 48, sobre la Sibila de Cumas. Texto y traducción anotada
  • Calímaco, prólogo de los Aitia, sobre la cigarra como emblema poético.
  • Asian Art Museum de San Francisco, ficha del amuleto de jade de la dinastía Han. Educación del museo
  • Suda, entrada sobre Titono, para la versión tardía de la metamorfosis en cigarra.
  • Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, I.6, sobre las cigarras de oro en el pelo de los atenienses. Texto en ToposText
  • Suda, entrada tettigophoroi (tau,377), sobre el sentido del adorno ateniense. Suda On Line
  • Esopo, Téttix kai myrmekes; Jean de La Fontaine, La Cigale et la Fourmi; Félix María Samaniego, versión castellana en verso.
  • Jean-Henri Fabre, Recuerdos entomológicos, capítulo sobre la fábula de la cigarra y la hormiga.
  • Joan Corominas y José Antonio Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, entradas cigarra y chicharra. Texto de la entrada cigarra

Mira también