Afrodita era la diosa griega del amor, el deseo y la belleza, aunque su competencia era mucho más ancha de lo que ese resumen sugiere: protegía a los navegantes, intervenía en la política de las ciudades y tenía advocaciones armadas. Su culto no nació en Grecia. Llegó de Oriente, y su santuario mayor estuvo siempre en Pafos, en la isla de Chipre.
De todos los olímpicos es la que más daño hace en los relatos, y casi nunca con sus manos. Afrodita no golpea: enciende un deseo en la persona adecuada y espera. Una guerra de diez años, una reina que se ahorca, un rey que se arranca los ojos y una ciudad entera reducida a cenizas empiezan todos con una decisión suya.












