Afrodita: la diosa griega del amor y la belleza

Afrodita era la diosa griega del amor, el deseo y la belleza, aunque su competencia era mucho más ancha de lo que ese resumen sugiere: protegía a los navegantes, intervenía en la política de las ciudades y tenía advocaciones armadas. Su culto no nació en Grecia. Llegó de Oriente, y su santuario mayor estuvo siempre en Pafos, en la isla de Chipre.

De todos los olímpicos es la que más daño hace en los relatos, y casi nunca con sus manos. Afrodita no golpea: enciende un deseo en la persona adecuada y espera. Una guerra de diez años, una reina que se ahorca, un rey que se arranca los ojos y una ciudad entera reducida a cenizas empiezan todos con una decisión suya.

Afrodita de un vistazo
Dominio El amor, el deseo, la belleza y la navegación
Nacimiento De la espuma del mar, según Hesíodo; de Zeus y Dione, según Homero
Origen del culto Oriente próximo, vía Chipre; emparentado con Ishtar y Astarté
Esposo y amante Casada con Hefesto; amante de Ares
Atributo mayor El cinturón bordado que contiene toda seducción
Símbolos Paloma, mirto, rosa, manzana, concha y espejo
Culto principal Pafos y Amatunte en Chipre, Citera y Corinto
Equivalente romana Venus, madre de Eneas y antepasada de Roma

Origen del nombre

Los griegos explicaban el nombre por aphrós, «espuma», porque de la espuma del mar había nacido. La explicación es antigua, elegante y probablemente falsa. Hoy se la considera una etimología popular: Hesíodo no dedujo el mito del nombre, sino que construyó el nombre para que encajara en el mito que estaba contando.

La lingüística moderna no encuentra raíz griega convincente y considera que Aphrodítē entró en el griego desde fuera, muy probablemente a través del fenicio de Chipre, emparentado con la familia de nombres de Astarté e Ishtar. La diosa llegó de Oriente con su nombre puesto, y los griegos, que no entendían qué significaba, le fabricaron un origen con la palabra que más se le parecía.

Sus otros nombres son geográficos y confirman lo mismo. Se la llama Cipris, «la de Chipre», y Citerea, «la de Citera», por las dos islas que se disputaban su nacimiento. Homero la llama además philommeidḗs, «amante de la sonrisa». Hesíodo, que era aficionado a estos juegos, retuerce esa palabra para acercarla a mḗdea, «genitales», y hacerla aludir a la manera en que vino al mundo.

Los dos nacimientos

La versión que todos recuerdan es la de Hesíodo, y es mucho más violenta de lo que la pintura clásica dejó ver. Urano, el Cielo, cubría a la Tierra cada noche y encerraba a los hijos que le nacían en las entrañas de su madre. Gea, harta, fabricó una hoz de pedernal y buscó un hijo dispuesto a usarla. Solo se ofreció el más joven, Crono. Esa noche, cuando Urano se tendió sobre la Tierra, Crono lo mutiló de un tajo y arrojó al mar lo que había cortado.

Los restos flotaron mucho tiempo sobre las olas y a su alrededor se formó una espuma blanca. De aquella espuma salió una muchacha, ya adulta, ya perfecta. Pasó primero junto a Citera y después llegó a Chipre, y allí puso pie en tierra; bajo sus plantas, dice el poeta, brotaba la hierba. El lugar exacto sigue señalándose hoy en la costa de Pafos, en una roca a la que llaman Petra tou Romiou. Iban con ella Eros y el Deseo, que la acompañaron desde el momento en que nació.

La otra versión es la de Homero, y no tiene nada de extraordinario: Afrodita es hija de Zeus y de Dione, una diosa antigua venerada en el oráculo de Dodona. Cuando en la Ilíada resulta herida en el campo de batalla, corre llorando a los brazos de su madre Dione, que la consuela como cualquier madre.

Los griegos no eligieron. Guardaron las dos, y siglos más tarde los filósofos les encontraron una utilidad: una diosa nacida del mar y del cielo y otra nacida de padre y madre no podían inspirar la misma clase de amor.

La diosa que vino de Oriente

Los propios antiguos sabían que Afrodita no era originalmente suya. Heródoto escribe que el santuario más antiguo de la diosa no estaba en Grecia sino en Ascalón, en la costa siria. Pausanias detalla la ruta: la adoraron primero los asirios, después los pafios de Chipre, después los fenicios de Ascalón, y fueron estos los que enseñaron su culto a los habitantes de Citera.

En Pafos, su centro mayor, se venera desde comienzos de la Edad del Hierro a una diosa del deseo que allí se llamaba Ishtar y Astarté. Y hay un dato que zanja la discusión: en Chipre no se la llamó Afrodita hasta el siglo IV a. C. Las inscripciones anteriores la nombran Anassa, «la Soberana», o la Pafia, o la Golgia, o sencillamente «la Diosa». El nombre griego llegó tarde a la isla que presumía de haberla visto nacer.

Esa herencia oriental explica rasgos que en una simple diosa del amor resultan extraños: sus advocaciones armadas, su papel en la guerra y la política de las ciudades, y su vínculo con un joven amante que muere y es llorado cada año, que es exactamente la pareja que forman Ishtar y Tammuz en Mesopotamia, o Cibeles y Atis en Frigia.

El cinturón que nadie resiste

El arma de Afrodita no es un arma. Es una cinta bordada que lleva ceñida sobre el pecho, y dentro de ella están guardadas todas las formas de la seducción: el deseo, el enamoramiento, la conversación en voz baja y las palabras que roban el juicio a los prudentes.

La mejor escena del objeto está en el canto XIV de la Ilíada, y quien lo usa no es ella. Hera necesita distraer a Zeus para que los aqueos puedan avanzar mientras él mira hacia otro lado, así que baja a ver a Afrodita —que está en el bando contrario— y le miente descaradamente: le dice que necesita el cinturón para reconciliar a dos ancianos dioses que llevan mucho tiempo sin hablarse. Afrodita se lo entrega sin sospechar nada.

Hera sube al monte Ida con la cinta escondida en el pecho. Zeus la ve llegar y, en cuanto la mira, declara que jamás ha deseado así a diosa ni a mujer alguna, y procede a enumerarle una por una sus antiguas amantes para explicarle cuánto la supera. Bajo ellos la tierra hace brotar loto, azafrán y jacinto, y una nube dorada los cubre. Zeus se duerme. Los troyanos pierden la jornada.

La herida de Diomedes

Hay una escena que fija con exactitud dónde termina el poder de Afrodita, y ocurre en el peor sitio posible para ella: en mitad de una batalla.

En el canto V de la Ilíada, el griego Diomedes está arrasando el campo troyano con una furia que Atenea le ha concedido, y derriba a Eneas de una pedrada. Afrodita ve caer a su hijo, baja al llano, lo envuelve entre los pliegues de su túnica y echa a andar para sacarlo de allí. Diomedes la reconoce. Sabe que es una diosa sin fuerza para el combate, no de las que gobiernan las guerras, y la persigue entre la multitud hasta alcanzarla y clavarle la lanza en la muñeca.

La punta atraviesa el manto que le habían tejido las Gracias y le rasga la piel. Lo que brota no es sangre: es ícor, el humor que corre por las venas de los inmortales, que no comen pan ni beben vino y por eso no tienen sangre. Afrodita grita, suelta a su hijo y huye del campo. Ares le presta su carro. Sube al Olimpo llorando y se echa en el regazo de su madre Dione, que le limpia la herida y la consuela recordándole que otros dioses también han sido heridos por mortales.

Atenea aprovecha para burlarse en voz alta delante de todos: seguro que la Cipria se arañó con el broche de oro de alguna aquea a la que estaba convenciendo de fugarse con un troyano. Y Zeus, sin enfadarse, le dice a su hija la frase que resume el reparto de competencias del Olimpo: que las cosas de la guerra no son asunto suyo, que se ocupe de los matrimonios y deje el combate a Ares y a Atenea.

Ares, y la red de su marido

Zeus casó a Afrodita con Hefesto, el herrero cojo, el único olímpico que trabajaba con las manos y del que todos se reían. Ella prefirió a Ares, dios de la guerra, y el Olimpo entero lo sabía menos su marido, hasta que Helios se lo contó.

Lo que siguió es el episodio más famoso de ambos: la red de hilos de bronce invisibles tendida sobre el lecho, el viaje fingido a Lemnos, los amantes atrapados sin poder separarse y los dioses convocados a mirar. Las diosas se quedaron en casa por decoro; los varones se rieron largo rato. Solo Poseidón negoció la liberación.

De esa unión nacieron varios hijos —entre ellos Deimos y Fobos, el Terror y el Espanto, que acompañan a su padre en el campo de batalla— y también Harmonía, la Concordia, hija de la Guerra y del Amor. A Harmonía le regaló Hefesto, el día de su boda, un collar de oro que arrastró desgracias durante seis generaciones. Fue su manera de cobrarse la humillación.

Adonis: el árbol, el jabalí y la flor

La historia de Adonis empieza mucho antes de que Adonis exista, y empieza con un castigo de la propia Afrodita. La reina de Chipre se jactó de que su hija Mirra era más hermosa que la diosa. Afrodita, que no perdonaba esas comparaciones, hizo que la muchacha se enamorara de su propio padre, el rey Cíniras.

Mirra se acostó con él durante varias noches sin que él supiera quién era. Cuando el rey descubrió con quién había estado, tomó la espada y la persiguió para matarla. Ella huyó suplicando a los dioses que la borraran del mundo, y los dioses la convirtieron en un árbol: el árbol de la mirra, cuya resina, dicen, son las lágrimas que sigue derramando. Estaba embarazada. Meses después la corteza se abrió y del tronco salió un niño de una belleza que no parecía humana.

Afrodita lo vio y lo quiso para sí. Lo escondió en un cofre y confió el cofre a Perséfone, reina de los muertos, sin decirle qué contenía. Perséfone lo abrió, vio al niño y decidió quedárselo. Cuando Afrodita fue a reclamarlo, la otra se negó, y hubo que llevar el pleito ante Zeus. La sentencia repartió el año: una parte con Perséfone bajo tierra, otra parte con Afrodita, y la tercera donde el propio Adonis quisiera. Él eligió pasarla con la diosa del amor.

Ese reparto no es un detalle sentimental: es un calendario. Adonis baja bajo tierra y vuelve a subir cada año, igual que la semilla, y por eso las mujeres griegas lo lloraban en las Adonias sembrando plantas de crecimiento rápido en macetas que dejaban morir al sol.

Adonis era cazador, y a Afrodita eso la aterraba. Le rogó una y otra vez que persiguiera liebres y ciervos y dejara en paz a los jabalíes y los leones. Él la escuchó mientras ella estuvo delante. Un día, estando ella lejos, sus perros levantaron un jabalí. Adonis lo hirió y el animal se revolvió y le clavó los colmillos en la ingle. Afrodita oyó los gemidos desde el aire, hizo volver el carro y lo encontró desangrándose. En la carrera hacia él se clavó las espinas de un rosal blanco, y las gotas de su sangre tiñeron para siempre las rosas de rojo. De la sangre de Adonis brotó la anémona, la flor que el viento abre y el viento deshoja en pocos días.

Muchas versiones añaden que el jabalí no era un jabalí. Que lo envió Ares, celoso, o Ártemis en venganza por otro agravio. La diosa que hacía enamorarse a los demás perdió así a la única persona a la que amó.

Anquises: cuando el castigo le tocó a ella

Afrodita tenía la costumbre de emparejar dioses con mortales para reírse de ellos después. Zeus se cansó, y decidió aplicarle su propia medicina: le infundió un deseo irresistible por un hombre. El elegido fue Anquises, un joven pastor de estirpe troyana que apacentaba bueyes en el monte Ida.

La diosa pasó primero por Pafos, donde las Gracias la bañaron y la ungieron con el aceite perfumado que usan los inmortales, y se presentó ante él disfrazada de doncella mortal, hija de un rey frigio. Le contó que Hermes la había raptado para entregársela como esposa. Anquises, deslumbrado, se acostó con ella entre las pieles de oso y de león que tenía en la cabaña.

Después ella lo despertó, y aquí el himno cambia de tono por completo. Afrodita se puso de pie y recuperó su verdadera estatura: la cabeza tocaba el techo de la cabaña y de su rostro salía una belleza que no se podía mirar. Anquises escondió la cara bajo la manta y le suplicó que no lo dejara sin fuerzas entre los hombres, porque sabía lo que les ocurría a los mortales que yacían con diosas.

Ella lo tranquilizó y le anunció que tendría un hijo llamado Eneas, criado por las ninfas del monte. Y le puso una condición terminante: que no dijera jamás quién era la madre. Si alguna vez se jactaba de ello, Zeus lo fulminaría con el rayo. Después habló de su propia vergüenza: ella, que se burlaba de todos los dioses por sus amoríos con mortales, ya no podría abrir la boca nunca más. Anquises no supo callarse, y las versiones posteriores lo dejan cojo o ciego por un rayo. Su hijo Eneas salió de Troya en llamas cargándolo a hombros.

La manzana de la discordia

A la boda de Peleo y Tetis fueron invitados todos los dioses excepto Eris, la Discordia, por razones evidentes. Eris se presentó igual, no dijo nada, y se limitó a dejar caer entre los invitados una manzana de oro con tres palabras grabadas: para la más hermosa.

Tres diosas la reclamaron a la vez: Hera, Atenea y Afrodita. Zeus, que no era tonto, se negó a arbitrar y mandó que decidiera un mortal: Paris, hijo del rey de Troya, que en ese momento estaba criado como pastor en el monte Ida. Hermes lo llevó a las tres ante él.

Ninguna esperó a que las mirara. Las tres lo sobornaron. Hera le ofreció el poder sobre Asia entera; Atenea, la victoria en todas las batallas y la sabiduría; Afrodita se limitó a ofrecerle el amor de la mujer más hermosa del mundo. Paris le dio la manzana.

La mujer más hermosa del mundo era Helena, y estaba casada con Menelao, rey de Esparta. Paris fue a buscarla y se la llevó, y detrás fueron mil naves. Diez años de guerra, la ciudad de Troya arrasada y quemada, y prácticamente todos los héroes de ambos bandos muertos: eso costó la manzana. Durante la guerra, Hera y Atenea combatieron sistemáticamente del lado griego. Nunca perdonaron.

Los castigos de Afrodita

El patrón se repite con una regularidad que define al personaje: quien la desprecia o se compara con ella no recibe un golpe, recibe un deseo mal dirigido, y se destruye solo.

Hipólito, hijo de Teseo, era casto y devoto de Ártemis, y decía en voz alta que Afrodita no le interesaba. La diosa no lo tocó: hizo que su madrastra Fedra se enamorara de él. Fedra, rechazada, se ahorcó dejando una carta que lo acusaba falsamente, y Teseo pidió a Poseidón la muerte de su propio hijo. Eurípides pone a Afrodita a explicar el plan en el prólogo de la tragedia, con toda tranquilidad, antes de que empiece.

Las mujeres de Lemnos descuidaron su culto. Afrodita les infligió un olor que sus maridos no podían soportar; los hombres las abandonaron por cautivas tracias, y ellas respondieron matando en una sola noche a todos los varones de la isla.

Atalanta corría más que cualquier pretendiente y mataba a los que perdían. Afrodita le dio a Hipómenes tres manzanas de oro para que las fuera dejando caer durante la carrera; ella se detuvo a recogerlas y perdió. Después la pareja olvidó dar las gracias a la diosa, y ella los empujó a profanar un santuario, por lo que ambos fueron convertidos en leones.

Y también castigó a la madre de Mirra por jactarse, con las consecuencias ya contadas. La lista es larga y siempre funciona igual.

Psique: la nuera que no quería

El castigo más largo que impuso Afrodita ocupa un libro entero. Lo cuenta Apuleyo en El asno de oro, y de él desciende media literatura occidental sobre el amor puesto a prueba.

Un rey tenía tres hijas, y la menor, Psique, era tan hermosa que la gente empezó a acudir a mirarla y a dejarle ofrendas. Los templos de Afrodita quedaron vacíos. La diosa, que ya había destruido a otras por menos, llamó a su hijo Eros y le ordenó que hiciera enamorarse a la muchacha del ser más vil que encontrara. Eros fue a cumplir el encargo, la vio dormida y se hirió con su propia flecha.

Se la llevó a un palacio invisible y la visitó cada noche a oscuras, prohibiéndole mirarle la cara. Las hermanas de Psique, envidiosas, la convencieron de que su marido era un monstruo. Ella esperó a que se durmiera, encendió una lámpara y vio al dios más hermoso del mundo; una gota de aceite ardiendo le cayó en el hombro y Eros despertó y se fue sin decir palabra.

Psique la buscó por todas partes hasta que no le quedó más remedio que presentarse ante la propia Afrodita, que la recibió como suegra y como enemiga. Le impuso cuatro trabajos imposibles. Separar en una noche un montón enorme de granos mezclados: lo hicieron las hormigas. Traer la lana de oro de unos carneros que mataban a quien se acercaba: una caña que crecía en el río le explicó cómo recogerla del zarzal al atardecer. Llenar una redoma con el agua de la laguna Estigia, custodiada por dragones: el águila de Zeus se la trajo. Y la cuarta, la peor: bajar al mundo de los muertos y pedirle a Perséfone un poco de su belleza guardada en una caja.

Psique bajó y volvió con la caja. Y entonces, después de haber sobrevivido a todo, hizo lo mismo que había hecho con la lámpara: la abrió. Dentro no había belleza sino un sueño de muerte, que se le echó encima y la dejó tendida en el camino. Eros, ya curado, escapó por la ventana, la despertó con la punta de una flecha y subió a pedirle a Zeus que arreglara aquello. Zeus reunió a los dioses, le dio a Psique una copa de ambrosía para hacerla inmortal y casó a los dos formalmente. Afrodita, sin más remedio, bailó en la boda. De esa unión nació una hija a la que llamaron Placer.

Pigmalión: la única vez que dio sin cobrar

El retrato quedaría incompleto sin el mito que lo contradice, porque existe uno y es célebre.

Pigmalión era un escultor de Chipre que, asqueado de las mujeres de su tiempo, había decidido vivir solo. Talló en marfil la figura de una mujer y le salió tan perfecta que se enamoró de ella. La vestía, le llevaba conchas y flores, le hablaba, le ponía collares al cuello y la acostaba en su lecho sobre almohadas de pluma, sabiendo perfectamente que era marfil.

Llegó la fiesta de Afrodita, que en Chipre se celebraba con todo el esplendor, y Pigmalión hizo su ofrenda y rezó ante el altar. No se atrevió a pedir lo que quería. Pidió por esposa «una mujer semejante a la de marfil». La diosa entendió perfectamente lo que no se había dicho, y como señal de que aceptaba hizo que la llama del altar se levantara tres veces en el aire.

Cuando el escultor volvió a casa y besó a la estatua, la notó tibia. Le tocó el brazo y el marfil cedió bajo los dedos como cede la cera al sol. Ovidio anota el detalle que lo vuelve creíble: Pigmalión, que no acababa de fiarse, volvía a tocarla una y otra vez para comprobarlo. La muchacha abrió los ojos y vio al mismo tiempo el cielo y a su amante. Afrodita asistió a la boda. No pidió nada a cambio, no puso una trampa y no cobró después: es el único mito en que la diosa concede algo limpiamente, y por eso conviene tenerlo presente junto a los otros.

Símbolos y atributos

Su ave es la paloma, que tira de su carro y que los fieles ofrecían en sus templos; también el gorrión, célebre por su ardor reproductivo, y el cisne. La paloma llegó con ella desde Oriente, donde ya acompañaba a Ishtar y Astarté.

Entre las plantas, el mirto, arbusto siempre verde de flor blanca que se usaba en las coronas nupciales, y la rosa, ligada a ella por la sangre de Adonis. La manzana es suya por el juicio de Paris y por Atalanta. La concha marina recuerda su nacimiento del mar, y es el atributo que la pintura del Renacimiento convirtió en su emblema definitivo.

Lleva además espejo y, sobre todo, el cinturón bordado. El signo con que hoy se representa a Venus —un círculo sobre una cruz— designó primero al planeta y al cobre, metal que se extraía justamente en Chipre; de ahí pasó a la botánica y la zoología para marcar lo femenino, y de ahí al uso común.

Urania y Pandemos

A finales del siglo V a. C. los filósofos aprovecharon la doble genealogía para hacer una distinción que la religión griega nunca había hecho. En el Banquete de Platón, uno de los comensales sostiene que no hay una Afrodita sino dos.

La nacida del mar, sin madre, hija solo del cielo, es Afrodita Urania, la celeste: inspira el amor que busca el alma y la inteligencia. La nacida de Zeus y Dione es Afrodita Pandemos, «de todo el pueblo»: inspira el deseo común, el del cuerpo, el que cualquiera puede sentir.

Se trata de una construcción filosófica, no de dos cultos distintos: en los templos era una sola diosa. Los neoplatónicos y después sus lectores cristianos heredaron la división y la endurecieron, hasta convertirla en la oposición entre amor espiritual y amor carnal que atravesará toda la cultura occidental. De ella desciende, en línea directa, la misma dualidad que reaparece siglos después en la historia de Eros y Psique.

Pausanias menciona de pasada una estatua de Afrodita Urania hecha por Fidias en oro y marfil para Elis, en la que la diosa apoyaba un pie sobre una tortuga. La obra se perdió y esa mención es todo lo que queda de ella. Mucho después se interpretó la tortuga como emblema de la discreción de la esposa, que debe permanecer en casa y callar; pero eso es lectura posterior, y Pausanias no explica nada.

Venus, la Afrodita romana

Venus era en origen una divinidad itálica menor, ligada a los huertos y a la fertilidad vegetal, sin apenas mitología propia. Al identificarla con Afrodita recibió entera la biografía griega, pero en Roma le ocurrió algo que en Grecia no: se volvió un asunto de Estado.

La razón es Eneas. Si Eneas era hijo de Venus y Eneas fundó la estirpe de la que salió Roma, entonces la diosa era la madre del pueblo romano. La familia Julia, a la que pertenecía Julio César, se declaraba descendiente suya por vía de Eneas y su hijo Julo. César le levantó un templo como Venus Genetrix, «la Engendradora», en el foro que lleva su nombre, y usó ese parentesco como argumento político. La diosa del deseo terminó siendo la abuela oficial del imperio.

De los dos nombres quedan hoy dos palabras que siguen usándose a diario, y forman entre ellas un comentario involuntario. Del griego viene afrodisíaco, lo que despierta el deseo. Del latín viene venéreo, que durante siglos designó a las enfermedades que se contraen ejerciéndolo. La misma diosa dio a las lenguas europeas la palabra del apetito y la palabra de su castigo.

No confundir con

Eros o Cupido. Es su hijo en la tradición más común, y su acompañante desde el nacimiento en Hesíodo, pero no es la misma figura: ella provoca el deseo por su presencia, él lo dispara desde fuera con el arco.

Hera. Es la diosa del matrimonio y del vínculo legítimo, y con frecuencia lo que Afrodita desencadena es exactamente lo que Hera castiga. Fueron rivales en el juicio de Paris y en toda la guerra de Troya.

Ishtar y Astarté. Están en el origen de su culto y comparten con ella la paloma, la estrella y el amante que muere cada año, pero conservan una dimensión guerrera y astral mucho más marcada.

Helena de Troya. Se las confunde en la cultura popular como «la mujer más hermosa». Helena es mortal, y es el premio que Afrodita entrega, no la diosa.

Errores frecuentes

¿El nombre de Afrodita significa «nacida de la espuma»?

Es lo que creían los griegos, y hoy se considera una etimología popular. No hay raíz griega convincente para el nombre, y la lingüística lo sitúa en el ámbito oriental, probablemente entrado a través del fenicio de Chipre. El relato de la espuma se construyó para justificar un nombre que ya nadie entendía, no al revés.

¿Afrodita era hija de Zeus?

Depende de la fuente, y las dos son antiguas y canónicas. En Homero lo es, junto con Dione. En Hesíodo no puede serlo, porque nace de los genitales de Urano arrojados al mar, lo que la hace de una generación anterior a la de Zeus: sería su tía abuela. Ninguna versión desplazó a la otra.

¿Venus era simplemente el nombre romano de Afrodita?

Existía antes del contacto con Grecia como divinidad itálica de los huertos y la fertilidad vegetal, con muy poca mitología propia. Absorbió después la biografía de Afrodita, pero desarrolló una función que la griega nunca tuvo: la de antepasada del pueblo romano y de la familia de Julio César.

Preguntas frecuentes

¿Quién era Afrodita en la mitología griega?

Afrodita era la diosa griega del amor, el deseo y la belleza, y también protectora de los navegantes y presente en la vida cívica de muchas ciudades. Su culto llegó a Grecia desde Oriente y su centro mayor estuvo en Pafos, en Chipre. Su equivalente romana fue Venus.

¿Cómo nació Afrodita?

Hay dos versiones incompatibles. Según Hesíodo, Crono cortó los genitales de su padre Urano y los arrojó al mar; de la espuma que se formó alrededor nació la diosa, ya adulta, y salió a tierra en Chipre. Según Homero, en cambio, era simplemente hija de Zeus y de la diosa Dione.

¿Qué significa el nombre de Afrodita?

Los griegos lo explicaban por aphrós, espuma, para que encajara con el relato de su nacimiento. La lingüística moderna considera esa derivación una etimología popular y sitúa el origen del nombre en Oriente, probablemente a través del fenicio de Chipre.

¿Qué era el cinturón de Afrodita?

Una cinta bordada que llevaba sobre el pecho y en la que estaban contenidos el deseo, la seducción y las palabras que engañan hasta al más prudente. En la Ilíada, Hera se lo pide prestado con una excusa para seducir a Zeus y dormirlo mientras los griegos avanzan.

¿Quién fue Adonis y por qué murió?

Fue un joven de belleza extraordinaria amado por Afrodita. Murió desangrado tras ser corneado por un jabalí durante una cacería, pese a que ella le había pedido que no persiguiera fieras peligrosas. De su sangre nació la anémona, y en muchas versiones el jabalí lo envió Ares por celos.

¿Qué fue la manzana de la discordia?

Una manzana de oro con la inscripción para la más hermosa que Eris arrojó en una boda a la que no fue invitada. Hera, Atenea y Afrodita se la disputaron, y el pastor Paris arbitró. Afrodita ganó ofreciéndole a Helena de Esparta, y de ahí salió la guerra de Troya.

¿Cuáles son los símbolos de Afrodita?

La paloma sobre todo, además del gorrión y el cisne; el mirto y la rosa entre las plantas; la manzana, la concha marina y el espejo. El planeta Venus lleva su nombre romano, y el signo que lo representa se usa también para el cobre y como símbolo de lo femenino.

¿Qué diferencia hay entre Afrodita Urania y Afrodita Pandemos?

Es una distinción filosófica, no de culto. En el Banquete de Platón, un personaje separa a la Afrodita nacida del mar, llamada Urania o celeste, que inspira el amor elevado, de la nacida de Zeus y Dione, llamada Pandemos o de todo el pueblo, que inspira el deseo común.

Mira también

Eros o Cupido: su hijo y compañero, el que dispara desde fuera lo que ella provoca por su sola presencia.

Hefesto: el marido al que engañó, y que se cobró la afrenta con una red invisible y un collar maldito.

La estrella de Ishtar: la diosa mesopotámica de la que desciende su culto, con su mismo planeta y su mismo amante que muere.

La paloma: el ave que la acompaña desde Oriente y que tira de su carro.

Bibliografía

Fuentes primarias

Hesíodo, Teogonía, 176-206 (la mutilación de Urano y el nacimiento de la espuma). Homero, Ilíada, V, 311-430 (la herida de Afrodita y el consuelo de Dione); XIV, 153-353 (el préstamo del cinturón y el engaño a Zeus). Homero, Odisea, VIII, 266-369 (la red de Hefesto). Himno homérico V, A Afrodita (el episodio de Anquises). Platón, Banquete, discurso de Pausanias (Urania y Pandemos). Eurípides, Hipólito, prólogo. Ovidio, Metamorfosis, X (Mirra, Adonis, Atalanta e Hipómenes). Pseudo-Apolodoro, Biblioteca (el arbitraje de Zeus sobre Adonis). Pausanias, Descripción de Grecia (la Afrodita Urania de Fidias y la ruta del culto). Heródoto, Historias (el santuario de Ascalón). Textos disponibles en Project Gutenberg, ebook n.º 348 (Hesíodo e himnos homéricos) y n.º 21765 (Ovidio, traducción de Riley).

Fuentes de verificación consultadas

World History Encyclopedia, entrada Aphrodite, para el origen oriental del culto y su función cívica. Britannica, entrada Aphrodite, para las variantes del nacimiento y el origen de Adonis. Etymonline, con la posición de Robert Beekes sobre el origen no griego del nombre. Documentación sobre el culto chipriota de Pafos, para el dato de que la diosa no recibió el nombre de Afrodita en Chipre hasta el siglo IV a. C. y era llamada Anassa, la Pafia o la Golgia. New World Encyclopedia y Theoi Greek Mythology, para los epítetos y la distinción Urania y Pandemos.