Apolo: simbolismo y mitología del dios griego

Apolo es, en la mitología griega, el dios de la profecía, la música, la medicina y el arco certero: el hijo de Zeus y Leto que nace en Delos, mata a la serpiente Pitón y funda el oráculo de Delfos. No fue, en cambio, un dios del sol desde el principio —esa identificación llegó siglos después—, y su símbolo más constante no es un disco solar sino una rama de laurel, ganada a un precio muy concreto: el amor que no consiguió.


Los griegos no lo veneraban por brillante ni por hermoso, aunque los poetas insistieran en ambas cosas. Lo veneraban porque encarnaba algo más difícil de representar que la fuerza o el deseo: la medida. Apolo cura, pero también manda la peste; profetiza, pero solo a través de una mujer poseída por un vapor que no controla del todo; ama la música, pero desuella vivo a quien pretende igualarlo tocando la suya. Cada mito de Apolo es, en el fondo, una lección sobre dónde está el límite y qué pasa cuando alguien —a veces el propio dios— lo cruza.

Apolo de un vistazo
Qué representa La profecía, la música, la medicina, la medida y el arco que hiere de lejos; no fue originalmente un dios solar
Padres Zeus y la titánide Leto; hermano mellizo de Ártemis
Lugar de nacimiento La isla de Delos, en las Cícladas
Su santuario El oráculo de Delfos, fundado tras matar a la serpiente Pitón
Atributos Arco de plata, lira, corona de laurel, trípode, cuervo, cisne, lobo
Fuente principal Himno homérico a Apolo, siglo VII o VI a. C.
Máxima asociada a su oráculo «Conócete a ti mismo» y «nada en exceso», grabadas en el pronaos del templo de Delfos

Etimología del nombre

El origen de Apolo (Ἀπόλλων, Apóllōn) es, según los propios especialistas, incierto, y eso ya dice algo: pocos dioses griegos resisten tanto la explicación fácil. La forma doria más antigua, Apelón (Ἀπέλλων), se ha vinculado con apélla, la asamblea o el recinto donde se reunía la comunidad —de ahí también el nombre del mes doria Apellaios—, lo que lo emparentaría con la vida política y con los ritos de paso de los jóvenes. Una inscripción hitita de alrededor de 1280 a. C. registra además un dios protector de la ciudad de Wilusa —probablemente Troya— llamado Apaliunas, forma que muchos lingüistas consideran el antecedente real del nombre griego, con una posible raíz luvia que significaría «el que atrapa» o «el cazador».


Los propios griegos, que no tenían acceso a la lingüística comparada, propusieron sus propias etimologías, y esas también forman parte del significado del dios. Platón, en el Crátilo, enumera varias: apólysis, liberación; apólousis, purificación; haploûn, lo simple; y hasta aeibállōn, el que siempre dispara. Pero la asociación más repetida en la Antigüedad fue con el verbo apóllymi, destruir: Apolo como el destructor, el que hiere de lejos con su arco. La ambigüedad no es casual. Un dios que purifica y un dios que destruye resultan, para los griegos, la misma figura vista desde dos ángulos.


Su epíteto más frecuente, Febo (Φοῖβος, Phoîbos), significa simplemente «brillante» o «radiante», y durante siglos se aplicó a su cabello, a su juventud, a la claridad de sus oráculos —nunca, al principio, al Sol—.

El nacimiento en Delos

Leto, la titánide con la que Zeus lo engendró, pasó el embarazo huyendo. Ninguna tierra se atrevía a recibirla: temían la ira de Hera, la esposa legítima de Zeus, y ninguna quería cargar con las consecuencias de albergar el parto de un dios tan poderoso. Solo Delos, una isla pobre y flotante que ningún otro lugar envidiaba, aceptó y a cambio Leto le prometió que Apolo la haría rica en templos y que jamás la abandonaría.


El parto, sin embargo, se hizo esperar. Ilitía, la diosa que asiste en los alumbramientos, no llegaba —Hera la retenía en el Olimpo—, y Leto pasó nueve días y nueve noches de dolor abrazada a una palmera, arrodillada sobre el prado blando de la isla. Cuando por fin Ilitía puso un pie en Delos, el niño saltó a la luz. La tierra entera sonrió. Las diosas presentes lo lavaron con agua pura, lo envolvieron en una tela blanca recién tejida y le ciñeron una banda de oro. Leto no le dio el pecho: fue Temis quien, con sus propias manos, le ofreció néctar y ambrosía. Y apenas probó ese alimento, el recién nacido rompió las bandas de oro que lo sujetaban, como si fueran hilos, y habló. Sus primeras palabras, según el himno homérico que narra la escena, fueron una declaración de lo que sería para siempre: «Mía será la lira curva y el arco, y revelaré a los hombres la voluntad infalible de Zeus».


Delos, desde entonces, quedó consagrada a él: nadie podía nacer ni morir en la isla, para no mancillar el suelo que lo había recibido.

La muerte de Pitón y el oráculo de Delfos

Antes de instalarse en Delfos, Apolo recorrió Grecia buscando el lugar para su santuario. Llegó primero a Telfusa, cerca de Haliarto, y la ninfa del sitio, celosa de que un templo ajeno le robara protagonismo, lo convenció con engaños de seguir camino hacia Pito, al pie del monte Parnaso. Allí, junto a una fuente de agua dulce, vivía una serpiente monstruosa que sembraba el terror entre hombres y rebaños: el propio Himno la describe como una plaga sangrienta, y cuenta que había sido la nodriza de Tifón, el monstruo que Hera crió para enfrentar a Zeus.


Apolo, que hasta entonces solo había disparado a ciervos, tensó el arco contra ella. La serpiente cayó herida de muerte, retorciéndose y jadeando sobre la tierra, y ahí quedó, pudriéndose bajo el sol, hasta que su carne se disolvió del todo. De ese verbo —pýthesthai, pudrirse— tomó el lugar su nombre antiguo, Pito, y de ahí el epíteto que llevaría Apolo desde entonces: Pitio. Descubierto el engaño de Telfusa, la castigó sepultando su fuente bajo un peñasco, y para conseguir sacerdotes tomó forma de delfín y guió hasta la costa un barco de mercaderes cretenses, a quienes ordenó servirlo en el templo recién fundado.


Ovidio cuenta el mismo episodio con un detalle que después se volvió central para la simbología del dios: para conmemorar la victoria, Apolo instituyó unos juegos —los futuros Juegos Píticos— y coronó al primer vencedor con hojas de roble, porque el laurel, dice explícitamente el poeta, «aún no había sido creado». La corona de laurel llegaría poco después, y por un motivo bien distinto, como se cuenta más abajo.


Matar a Pitón, sin embargo, no quedó sin consecuencias para el propio Apolo. Aunque la serpiente fuera un monstruo, derramar su sangre lo dejó impuro, y tuvo que exiliarse durante un tiempo —ocho años, según la tradición más extendida— en el valle de Tempe, para purificarse antes de poder ejercer como dios oracular. Los delfios conmemoraban ese episodio cada ocho años con una fiesta llamada Estepterión: un muchacho con ambos padres vivos prendía fuego a una choza que representaba la guarida de la serpiente y después, imitando la huida de Apolo, marchaba también él hacia Tempe a purificarse. El dios que perdonaba la sangre derramada había derramado sangre él mismo, y también él había necesitado ser perdonado.

La Pitia y el dios de la profecía

Fue, sobre todo, como dios profético que Apolo alcanzó su mayor peso entre los griegos. Sus oráculos —el de Claros, el de Dídima, el del Ismeno en Tebas— quedaron todos eclipsados por el de Delfos, cuya influencia se extendió durante siglos sobre la vida política y social de toda Grecia, y con particular fuerza entre las tribus dorias.


Quien hablaba en nombre del dios era una mujer, la Pitia, sentada sobre un trípode encima de una grieta del suelo. Las fuentes antiguas describen su estado como un trance provocado en parte por masticar hojas de laurel y en parte por los vapores que ascendían de la hendidura bajo el templo; hablaba entonces con la boca espumante, sacudida por convulsiones, y solo los sacerdotes iniciados sabían traducir sus palabras en verso. La riqueza acumulada en ofrendas al santuario llegó a calcularse en unos diez mil talentos —más de dos millones de libras esterlinas de la época en que se hizo la estimación—, y frente al templo, en el pronaos, estaban grabadas dos de las máximas más citadas de toda la Antigüedad griega: gnóthi seautón, conócete a ti mismo, y medèn ágan, nada en exceso. Ninguna de las dos habla de dioses ni de destino. Hablan de límites, y ese es, en el fondo, el asunto de todos los mitos de Apolo.

Dafne: el mito del laurel

Ovidio cuenta que el primer amor de Apolo no nació del deseo, sino de una burla. Recién vencedor de Pitón, orgulloso de su arco, se cruzó con Eros —Cupido— tensando el suyo, mucho más pequeño, y se rió de él: qué necesidad tenía un niño de jugar con las armas de un adulto. Eros, ofendido, le devolvió el golpe con dos flechas distintas: una de oro, que enciende el amor, se la clavó a Apolo; otra de plomo, que lo repele, se la clavó a Dafne, hija del dios río Peneo.


Apolo la persiguió por los bosques del valle de Tempe rogándole que se detuviera, que no era un enemigo sino un amante, que no huyera de él como la oveja huye del lobo. Dafne no se detuvo. Cuando sintió que las fuerzas la abandonaban y que el aliento del dios le rozaba ya el cuello, pidió ayuda a su padre: que destruyera esa forma que la hacía deseable, o que la tragara la misma tierra que le había dado la vida. Apenas terminó de hablar, un peso denso le recorrió los miembros; la corteza fina le cubrió el pecho; el cabello se le volvió follaje y los brazos, ramas; los pies, tan veloces un instante antes, se hundieron en la tierra como raíces. Solo le quedó, dice Ovidio, su brillo antiguo.


Apolo la siguió amando así. Puso la mano sobre el tronco y sintió el corazón todavía latiendo bajo la corteza nueva; abrazó las ramas como si fueran los miembros de ella; besó la madera, y la madera se apartó del beso. Entonces habló: ya que no podía ser su esposa, sería su árbol; coronaría con sus hojas su cabellera, su lira y su aljaba; adornaría las sienes de los generales romanos en sus desfiles triunfales, y así como él mismo conservaba la juventud eterna, también ella conservaría el follaje verde para siempre. El laurel, dice el poeta, inclinó su copa como quien asiente. De ahí viene la corona de los vencedores de los Juegos Píticos, y de ahí, mucho después —de un modo parecido a como ocurre con la Cruz de Jerusalén y sus cuatro cruces menores— la costumbre de llamar «laureado» a quien recibe un honor: la palabra conserva, sin que casi nadie lo sepa, la persecución de una ninfa que prefirió dejar de tener cuerpo antes que tener el de Apolo.

Jacinto: la flor de un error

Jacinto era un joven espartano, tan hermoso que también Céfiro, el viento del oeste, lo pretendía; pero Jacinto eligió a Apolo. Un mediodía, los dos se desnudaron y untaron de aceite para lanzar el disco, como solían hacer antes de cualquier ejercicio. Apolo lo arrojó con toda su fuerza divina; el disco, sin embargo, rebotó contra el suelo duro y golpeó de lleno el rostro del muchacho.


El dios palideció tanto como el propio Jacinto. Corrió a sostener el cuerpo desmadejado, intentó calentarlo, probó hierbas curativas sobre la herida —él, que curaba a los demás—, y comprobó que ninguna ciencia alcanzaba para esa herida. Ovidio compara la cabeza que se le derrumba sobre el hombro con una violeta o una amapola cuando alguien las corta en un jardín: el cuello, antes erguido, cede como un peso que ya no puede sostenerse a sí mismo. «Caes en tu primavera, Jacinto, despojado de tu juventud», se lamentó Apolo, «y veo en tu herida mi propia culpa». Otras versiones posteriores atribuyen el desvío del disco a los celos de Céfiro, que habría torcido su curso con el viento; Ovidio no lo dice así, y conviene no atribuirle a él ese detalle.


De la sangre derramada sobre la hierba, Apolo hizo brotar una flor más hermosa que la púrpura de Tiro, parecida a un lirio salvo por el color. Y no conforme con eso, inscribió sobre sus pétalos las mismas letras de su lamento, AI, AI —¡ay, ay!—, que la tradición identifica con el jacinto de la Antigüedad, una flor distinta de la que hoy lleva ese nombre. Esparta celebró en su honor una fiesta anual, las Jacintias, que se prolongó durante siglos.

Coronis y el cuervo que dejó de ser blanco

Este mito ya se cuenta en detalle en el artículo dedicado al cuervo, así que aquí basta el resumen que le corresponde a Apolo: la princesa Coronis, amante del dios, le fue infiel mientras esperaba un hijo suyo. Un cuervo —blanco entonces, según Ovidio, no negro como hoy se lo conoce— vigilaba a la joven por encargo de Apolo, y fue quien le llevó la noticia de la traición. La furia del dios fue doble: mató a Coronis con una de sus flechas, y castigó al ave que le había dicho la verdad ennegreciéndole para siempre las plumas. Solo en el último momento, ya sobre la pira funeraria, rescató del vientre de Coronis al hijo que llevaba dentro: Asclepio, el futuro dios de la medicina, criado después por el centauro Quirón.

Marsias: el castigo a quien desafía la medida

Atenea había inventado el aulós, una flauta doble, pero al probarla frente a un espejo descubrió que hinchaba las mejillas de un modo que la afeaba, y la arrojó lejos de sí con una maldición para quien la recogiera. El sátiro Marsias la encontró, aprendió a dominarla con una destreza que enloquecía a los pastores frigios, y terminó por creer que su música rivalizaba con la lira de Apolo. Lo desafió a un concurso, con las Musas como jueces y una condición brutal aceptada de antemano: el vencedor haría con el perdedor lo que quisiera.


Según cuenta Higinio, Apolo ganó gracias a una trampa: dio la vuelta a su lira y siguió tocando y cantando a la vez, algo que el aulós, al necesitar todo el aliento del músico, no permite hacer. Ovidio no incluye ese detalle —narra el desenlace sin explicar cómo se decidió el concurso—, pero ambas versiones coinciden en el castigo. Apolo colgó a Marsias de un árbol y lo desolló vivo. «¿Por qué me arrancas de mí mismo?», grita el sátiro en los versos de Ovidio; «¡Ay, me arrepiento! ¡Una flauta no vale tanto!». La piel se separa de sus miembros mientras grita; no queda de él más que una herida entera, con la sangre corriendo por todas partes, los nervios expuestos y las venas temblando sin nada que las cubra. Faunos, sátiros, ninfas y pastores lloraron por él, y sus lágrimas empaparon tanto la tierra que de ellas nació un río, que los frigios llamaron desde entonces río Marsias.


Es el mito más violento de todo el ciclo de Apolo, y también el más elocuente sobre lo que el dios representaba: no toleraba el desafío a la medida que él mismo encarnaba, aunque para restablecerla tuviera que cometer un exceso todavía mayor que el del desafiante.

Asclepio y la servidumbre en Feras

Asclepio, el hijo que Apolo había salvado del vientre de Coronis, llegó a ser tan hábil curando que empezó a resucitar muertos: a Capaneo, a Hipólito, a Glauco. Zeus, temiendo que los hombres aprendieran de él a burlar a la muerte por completo, lo fulminó con un rayo. Apolo, que no podía vengarse del propio Zeus, descargó su furia sobre quienes habían forjado ese rayo: los Cíclopes. Los mató a todos.


Zeus estuvo a punto de arrojarlo al Tártaro por ese crimen, y solo la intercesión de Leto —la misma madre que lo había protegido al nacer— consiguió que la pena se conmutara: Apolo debía servir como esclavo a un mortal durante un año. Fue a parar a Feras, a las órdenes del rey Admeto, y trabajó allí como pastor, cuidando su ganado con tal fortuna que todas las vacas parían mellizas. Eurípides, en su tragedia Alcestis, hace que el propio Apolo cuente esta historia en el prólogo de la obra, y añade un detalle que las versiones puramente mitográficas no siempre recogen: durante ese año, Apolo llegó a apreciar tanto a Admeto que, cuando le llegó la hora fijada de morir, negoció con las Moiras un trato para salvarlo, a condición de que otra persona muriera en su lugar. Quien aceptó fue su esposa, Alcestis.


Es, otra vez, la misma estructura: un exceso de Apolo —matar a los Cíclopes— corregido con una pena que lo iguala, por un tiempo, a los mortales que él mismo protege desde el Olimpo.

Apolo Musageta y las Musas

La lira, atributo inseparable de Apolo, no fue invención suya. Según el himno homérico dedicado a Hermes, el dios mensajero, recién nacido, encontró una tortuga a la puerta de la cueva donde había venido al mundo, tensó cuerdas sobre su caparazón vaciado y construyó así el primer instrumento de cuerda, con el que cantaba los amores de sus propios padres. Cuando Apolo descubrió que Hermes, el mismo día de su nacimiento, le había robado además cincuenta cabezas de ganado, lo llevó ante Zeus para que juzgara la disputa. La resolución fue una permuta: Apolo se quedó con el ganado y, a cambio de la lira recién inventada, le entregó a Hermes el caduceo. Desde entonces la lira quedó ligada a Apolo, aunque no la hubiera inventado él.


Con ella preside el coro de las nueve Musas, hijas de Zeus y Mnemósine —la Memoria—, que cantan el pasado, el presente y el porvenir mientras el resto de los dioses olvida sus disputas y escucha. Por eso a Apolo se lo llamó Musageta, «el que guía a las Musas»: no porque hubiera creado el arte, sino porque supo ponerlo en orden. Es la misma idea que atraviesa el resto de sus mitos, llevada esta vez a un terreno amable: la música, como la profecía o la curación, es una fuerza poderosa y algo peligrosa —basta recordar a Marsias— que solo rinde su mejor forma cuando alguien le impone una medida.

Lo que Apolo representaba: la medida frente al exceso

Si hay un hilo que atraviesa todos estos mitos, es ese: Apolo no es el dios de una sola cosa, sino el dios de la proporción correcta en varias cosas a la vez. Cura, pero también envía la peste con sus flechas: los mismos versos del Himno homérico que lo describen matando a Pitón lo llaman, unas líneas antes, «el que hiere de lejos», epíteto que en la Ilíada usa Homero para describirlo enviando una plaga sobre el campamento griego. Profetiza, pero a través de una mujer poseída, no de un discurso propio y sereno. Ama la música, pero desuella a quien pretende igualarlo. Incluso su propio nacimiento estuvo marcado por la medida: no pudo nacer en cualquier parte, sino solo en el único lugar dispuesto a aceptar las condiciones exactas de Hera.


Las dos máximas grabadas en su templo de Delfos —conócete a ti mismo, nada en exceso— no son un añadido moral posterior a la mitología, sino su resumen más exacto. Los griegos no fueron a Delfos a preguntarle a Apolo por el futuro como quien consulta un oráculo cualquiera: fueron, sobre todo, a preguntar cuál era la medida correcta de sus propios actos, y el dios que respondía era el mismo que, en sus mitos, no siempre había sabido guardarla él.

Lo apolíneo y lo dionisíaco, una lectura moderna

Vale la pena aclarar, porque se cita con frecuencia como si fuera un concepto griego antiguo, que la oposición entre «lo apolíneo» y «lo dionisíaco» no es de la Antigüedad: la formuló el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en 1872, en El nacimiento de la tragedia. Para Nietzsche, lo apolíneo representa el orden, la forma clara, la individuación y el sueño lúcido, frente a lo dionisíaco, que representa la embriaguez, la disolución del yo y el éxtasis colectivo; la gran tragedia griega, sostenía, había nacido de la tensión entre ambos impulsos. Es una interpretación filosófica del siglo XIX, no una doctrina religiosa griega, y conviene no presentarla como si Esquilo o Sófocles la hubieran tenido en mente. Dicho esto, no es casual que Nietzsche eligiera precisamente a Apolo para nombrar el polo del orden: la elección resume, casi mil quinientos años después de que el oráculo diera su última respuesta —hacia el siglo IV, bajo el emperador Juliano—, exactamente lo que los mitos antiguos ya venían contando.

Los símbolos de Apolo

Cada atributo de Apolo repite, en objeto, la misma idea que sus mitos cuentan en la historia.

El arco de plata. Es su arma desde el primer instante de vida, la que reclama con sus primeras palabras. Hiere de lejos, sin contacto: la distancia misma es parte de su carácter, el de un dios que actúa por medio de la puntería y la precisión, no de la fuerza bruta cuerpo a cuerpo.


La lira. Instrumento heredado de Hermes, símbolo de una armonía que hay que aprender a afinar; de ahí que, en el mito de Marsias, la lira gane precisamente por su versatilidad —puede sonar y cantar a la vez— frente a la flauta, que solo permite una cosa por vez.


El laurel. Nacido de la persecución de Dafne, es la corona de los Juegos Píticos y, mucho después, la raíz de la palabra «laureado». A diferencia del olivo de los Juegos Olímpicos, vinculado a Heracles, el laurel lleva grabada una historia de deseo frustrado.


El trípode y el ónfalo. El trípode es el asiento de la Pitia sobre la grieta profética; el ónfalo, la piedra en forma de huevo que marcaba en Delfos el centro exacto del mundo, según la leyenda de las dos águilas que Zeus soltó desde extremos opuestos de la tierra y que se encontraron precisamente allí.


El cuervo, el cisne, el lobo y el delfín. El cuervo recuerda la historia de Coronis; el cisne, ave que según los antiguos cantaba con más belleza justo antes de morir, se asoció a Apolo como patrón de los poetas; el lobo aparece en su culto délfico, quizá por su nombre —Apolo Licio— más que por relación demostrada con la palabra griega para «lobo»; y el delfín recuerda la forma que tomó para guiar a sus primeros sacerdotes hasta Delfos, cuyo propio nombre en griego comparte raíz con el animal, tal como se explica en el artículo dedicado al delfín.

No confundir con

Apolo y Helios

Helios es, en la mitología más antigua, un dios completamente distinto de Apolo: hijo de los titanes Hiperión y Tea, conduce cada día el carro del sol por el cielo, algo que ningún poeta arcaico atribuye jamás a Apolo. La identificación entre ambos aparece por primera vez en un fragmento de la tragedia perdida Fetonte, de Eurípides, en el siglo V a. C., y solo se generaliza en época helenística y romana. Confundirlos como si hubieran sido siempre el mismo dios es aplicar una fusión tardía a los siglos en que ambos tenían culto, mito y genealogía separados.

Apolo y Asclepio

Asclepio es hijo de Apolo, no una faceta o un desdoblamiento suyo. Apolo cura de manera general, casi siempre asociada a la prevención de la peste; Asclepio, en cambio, es un sanador especializado, con su propio culto, sus propios templos —los asclepeios— y su propia muerte, fulminado por Zeus precisamente por llevar la medicina de su padre un paso más allá de lo permitido.

Febo como epíteto, no como nombre distinto

Febo (Phoîbos) no nombra a un dios aparte, sino que es el epíteto más frecuente de Apolo, «el brillante». Tratarlo como si fuera un sinónimo intercambiable con «dios del sol» arrastra otra vez el error anterior: durante siglos, «brillante» describió su juventud y la claridad de sus oráculos, no un vínculo con el astro solar.

Errores frecuentes

Apolo no nació dios del sol

Es, probablemente, la idea más repetida y menos exacta sobre Apolo: que fue, desde siempre, la personificación griega del sol. En Homero y en el himno homérico que narra su nacimiento no hay un solo rasgo solar en su figura; es un dios que hiere de lejos con arco de plata, asociado a la peste y a la curación, no al astro. La primera identificación documentada con Helios aparece en un fragmento de la obra perdida Fetonte, de Eurípides, en el siglo V a. C., y el vínculo no se vuelve habitual hasta la época helenística, cuando su epíteto Febo —«brillante»— empezó a aplicarse también al sol. Presentarlo como dios solar desde el origen borra varios siglos de culto en los que Apolo y Helios fueron figuras separadas, con templos, genealogías y mitos propios.

Apolo no inventó la lira

Se lo suele nombrar como si la lira hubiera sido creación suya, y el error es fácil de rastrear: la lira es, sin duda, su atributo más reconocible, y esa asociación tan estrecha invita a suponer que también la inventó. Pero el propio corpus de los Himnos homéricos —la misma colección que narra el nacimiento de Apolo— cuenta con detalle que fue Hermes quien, el día de su nacimiento, tensó cuerdas sobre un caparazón de tortuga y construyó así el primer instrumento. Apolo la obtuvo después, en un trato que compensaba el robo de su ganado, y a cambio le entregó a Hermes el caduceo. La lira es, en sentido estricto, un regalo, no una invención propia.

Preguntas frecuentes

Qué representaba Apolo para los griegos

Representaba la medida frente al exceso: la razón, la profecía, la música y la curación, siempre entendidas como formas de orden. El propio templo de Delfos llevaba grabadas dos máximas atribuidas a los Siete Sabios, conócete a ti mismo y nada en exceso, que resumen mejor que cualquier mito lo que Apolo significaba.

Apolo era dios del sol desde el principio

No. En Homero y en el Himno homérico que narra su nacimiento, Apolo hiere con un arco de plata y no tiene rasgos solares; el Sol es Helios, un titán aparte. La identificación de Apolo con el Sol aparece por primera vez en un fragmento de la obra perdida Fetonte, de Eurípides, en el siglo V a. C., y no se vuelve común hasta la época helenística.

Por qué el laurel es el símbolo de Apolo

Por el mito de Dafne: la ninfa, perseguida por Apolo, pidió ayuda a su padre, el dios río Peneo, y fue transformada en laurel para escapar de él. Apolo adoptó entonces el árbol como suyo y coronó con sus hojas su lira y su aljaba. El laurel se convirtió después en la corona de los vencedores de los Juegos Píticos, celebrados en su honor en Delfos.

Quién inventó la lira de Apolo

No la inventó Apolo. Según el himno homérico a Hermes, fue este quien, recién nacido, tensó cuerdas sobre el caparazón de una tortuga y construyó el primer instrumento. Apolo se la ganó luego a cambio del ganado que Hermes le había robado, y desde entonces la lira quedó asociada a él.

Fuentes

  • Himno homérico a Apolo y Himno homérico a Hermes, en Hesiod, the Homeric Hymns and Homerica, trad. Hugh G. Evelyn-White, Loeb Classical Library, 1914. Project Gutenberg
  • Ovidio, Metamorfosis, libros I (Pitón, Dafne), II (Coronis), VI (Marsias) y X (Jacinto). Trad. Henry T. Riley, 1851, Project Gutenberg; se consultó también la trad. de Brookes More, 1922, dominio público, disponible en Perseus, para contrastar el sentido de pasajes puntuales.
  • Apolodoro, Biblioteca III.10.4, trad. Sir James George Frazer, Loeb Classical Library, 1921, Perseus Digital Library.
  • Eurípides, Alcestis, prólogo.
  • Higinio, Fabulae 165, sobre el concurso con Marsias.
  • Platón, Crátilo, sobre las etimologías populares del nombre de Apolo.
  • Plutarco, Sobre la E de Delfos y fuentes reunidas por la Wikipedia inglesa sobre el Estepterion délfico, contrastadas con Britannica, «Stepterion».
  • Otto Seemann, The Mythology of Greece and Rome, ed. G. H. Bianchi, Chapman and Hall, 1906. Project Gutenberg.

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