La granada y la acacia comparten algo poco visible a primera vista: las dos crecían, según la tradición bíblica, en el entorno del Templo de Salomón —la granada tallada en sus columnas, la acacia en la madera del Arca de la Alianza—, y de ahí las tomó siglos después la masonería especulativa para convertirlas en dos de sus emblemas vegetales más repetidos. Fuera de las logias, cada una arrastra una historia mucho más larga y más antigua: la granada en el mito de Perséfone y en la mesa del Rosh Hashaná, la acacia en la cuna de los dioses egipcios y en un mecanismo de defensa química que los zoólogos describieron recién en 1990.
| Granada, significado central | Fertilidad, abundancia, unión entre la vida y la muerte |
|---|---|
| Granada, mito de origen | Perséfone come semillas en el inframundo y queda ligada a Hades |
| Acacia, significado central | Inmortalidad, lo que sobrevive a la muerte del cuerpo |
| Acacia, mito de origen | Los primeros dioses egipcios nacen bajo la acacia de Iusaaset, en Heliópolis |
| Punto de encuentro | El Templo de Salomón y su lectura masónica posterior |
| Denominador común | Las dos plantas señalan un cuerpo enterrado y afirman que algo de él sigue vivo. La granada marca tumbas egipcias y adorna vírgenes con niño como promesa de resurrección; la acacia revela, brotando sobre la tierra removida, la tumba de Hiram. Donde otras plantas simbolizan la vida o la muerte por separado, estas dos insisten en el instante exacto en que una se convierte en la otra |
- De dónde viene el nombre «granada»
- El mito griego: Perséfone y las semillas del inframundo
- La granada en Egipto, Persia y Mesopotamia
- La granada en la tradición judía
- La granada en el arte cristiano
- La granada en el islam y el budismo
- La granada en China y en la Grecia de hoy
- La granada en la heráldica europea
- La granada en la masonería
- De dónde viene el nombre «acacia»
- Cómo se defiende la acacia: el hallazgo de Van Hoven
- La acacia en el antiguo Egipto
- La acacia en la tradición judía y cristiana
- La acacia en la masonería: la leyenda de Hiram
- Errores frecuentes
- Preguntas frecuentes
De dónde viene el nombre «granada»
El nombre castellano viene del latín pomum granatum, literalmente «manzana con muchas semillas» o «manzana granulada». De esa misma raíz latina, granatus, deriva también la palabra «granada» como proyectil militar, por el parecido entre las semillas apretadas del fruto y la metralla de un arma explosiva —la relación es al revés de lo que la intuición sugiere: la fruta le dio el nombre al arma, no la vulgaridad de la comparación al fruto—.
La ciudad española de Granada tomó su nombre actual durante el dominio nazarí, probablemente por asociación con el mismo fruto, muy cultivado en la región; el propio escudo de la ciudad lleva una granada abierta hasta hoy.
El mito griego: Perséfone y las semillas del inframundo
En la antigua Grecia, la granada representaba a la vez la vida, la muerte, la fertilidad y el matrimonio, una combinación que solo tiene sentido a la luz de un mito concreto. Hades, señor del inframundo, raptó a Perséfone, hija de Deméter, diosa de las cosechas. Deméter, desesperada por la pérdida, dejó de hacer crecer nada sobre la tierra, y el mundo entero quedó al borde de la hambruna. Zeus intervino y ordenó a Hades devolver a la joven, con una condición: quien hubiera comido algo en el reino de los muertos estaba obligado a regresar a él.
Hades le ofreció a Perséfone unas semillas de granada antes de dejarla partir. Ella comió algunas. Por ese gesto quedó ligada al inframundo, y desde entonces debe pasar cada año una parte del tiempo junto a Hades y el resto junto a su madre: el descenso de Perséfone explica, en el mito, el invierno, cuando Deméter deja de hacer crecer las cosechas de duelo; su regreso explica la primavera.
De ese mito se desprende el resto del simbolismo griego de la fruta. Hera, reina del Olimpo y diosa del matrimonio, aparece representada con frecuencia sosteniendo una granada en la mano. Y en la Grecia de hoy la tradición sigue viva bajo otra forma: es costumbre, al mudarse a una casa nueva, que el primer objeto en cruzar la puerta sea una granada, que luego se rompe contra el umbral o se coloca junto al icono del hogar como augurio de abundancia y buena suerte para quienes vivirán allí.
La granada en Egipto, Persia y Mesopotamia
En el antiguo Egipto, la granada llegó como fruto importado —según se afirma a veces, el papiro Harris, un extenso documento de la época de Ramsés III conservado en el Museo Británico, registraría su llegada desde la región de Israel hacia el siglo XII a. C., aunque no fue posible confirmar ese pasaje concreto contra una traducción primaria del papiro, se asoció rápidamente con el poder y la regeneración. Los egipcios la colocaban en las tumbas para acompañar al difunto: la de Tutankamón conservaba semillas secas de granada entre su ajuar funerario, y se han hallado también vasijas talladas en un único bloque de madera con forma de granada en otras sepulturas del Imperio Nuevo.
La creencia de que comer granada volvía invencible en la batalla suele atribuirse a los antiguos babilonios, aunque no fue posible localizar una fuente mesopotámica concreta que lo sostenga —se trata de una idea que múltiples sitios repiten con la misma frase exacta, sin citar de dónde la toman—. Lo que sí está documentado con texto y nombre propio es la versión persa: en el Shahname, el gran poema épico de Ferdousi, el héroe Esfandiar se vuelve invulnerable después de comer una granada, en una escena que recuerda de cerca al Aquiles de la mitología griega. Es razonable que ambas tradiciones —la persa documentada y la babilónica repetida sin fuente— se hayan mezclado en la memoria popular, dada la vecindad geográfica e histórica de los dos pueblos.
La granada en la tradición judía
En la tradición judía, la granada simboliza bendición, abundancia, belleza y sabiduría, y es una de las siete especies con las que, según el Deuteronomio, fue bendecida la Tierra de Israel. Cuando Moisés envió espías a explorar la tierra de Canaán, estos volvieron cargando un racimo de uvas, higos y granadas para mostrar la riqueza de esa tierra (Números 13, 23). La profecía de Hageo sobre el castigo por el abandono del Templo describe la situación inversa: la vid, la higuera, el olivo y la granada sin dar fruto, señal de que la bendición se había retirado (Hageo 2, 19).
El Cantar de los Cantares compara dos veces las mejillas de la amada, detrás de su velo, con un pedazo de granada (Cantar 4, 3 y 6, 7), y la fruta decoraba también los objetos más sagrados del culto israelita: el borde del manto del sumo sacerdote llevaba granadas de hilo bordadas alternadas con campanillas de oro (Éxodo 28, 33-34), y las dos columnas de bronce que Hiram de Tiro fundió para el pórtico del Templo de Salomón, Jakin y Boaz, estaban rematadas por sendas redes de bronce con doscientas granadas cada una (1 Reyes 7, 18-20).
La granada más famosa vinculada a ese templo, sin embargo, terminó siendo un fraude. En 1988 el Museo de Israel pagó 550.000 dólares por un pequeño objeto de hueso de hipopótamo tallado en forma de granada, con una inscripción que decía «Santo para el sacerdote de la Casa de Yahvé» y que se presentó como la única reliquia física conocida del Templo de Salomón. El propio museo determinó años después, tras una investigación, que la pieza en sí era antigua —del siglo XIII o XIV a. C.- pero que la inscripción se había grabado en tiempos modernos: era un objeto genuino con un texto falso añadido para inflar su valor histórico.
La granada en el arte cristiano
El cristianismo heredó de esa tradición la lectura de la granada como símbolo de resurrección y vida eterna: sus muchas semillas encerradas bajo una sola cáscara se leyeron como imagen de la Iglesia, unida bajo la fe, o de las almas reunidas en la vida futura. La fruta aparece con frecuencia en pinturas devocionales de la Virgen con el Niño -Botticelli le dedicó un cuadro entero, la Madonna de la Granada, hoy en los Uffizi de Florencia, donde el Niño sostiene la fruta entreabierta en la mano—.
En el arte medieval la granada aparece también junto a otro símbolo, el del unicornio cazado y domesticado, en la célebre serie de tapices flamencos conocida como La caza del unicornio, tejida hacia 1500 y conservada hoy en The Cloisters, sede medieval del Metropolitan Museum de Nueva York. En la última escena de la serie, el unicornio aparece ya resucitado, encadenado a un pequeño árbol de granada dentro de un cercado circular. El propio Metropolitan Museum, en su publicación de referencia sobre estos tapices, ofrece una doble lectura de la escena: es a la vez una imagen de Cristo resucitado y la del amado ligado, con cadena de oro, a su dama.
La granada en el islam y el budismo
El Corán menciona la granada tres veces: dos como ejemplo de las cosas buenas que Dios hace crecer, junto a la palmera y la vid (Sura 16, 11), y una tercera vez describiendo los jardines del paraíso, donde crecen frutas, palmeras y granados (Sura 55, 68).
En la tradición budista, la granada es una de las llamadas tres frutas benditas, junto con el melocotón y el cítrico, y aparece en una leyenda concreta sobre la demonia Hariti. Hariti devoraba niños ajenos para alimentar a los suyos, hasta que el Buda, para hacerla entender el dolor que causaba, le escondió a su hijo menor. Desesperada, Hariti recorrió el mundo buscándolo y comprendió, al fin, el sufrimiento de las madres a las que ella misma había arrebatado hijos.
El Buda se lo devolvió a cambio de que abandonara para siempre su hábito, y le dio una granada para que la comiera en su lugar cada vez que sintiera el impulso. Hariti se convirtió después en protectora de la infancia, y así se la representa todavía en el arte budista, con un niño en brazos y una granada en la mano. En Japón se la conoce como Kishimojin, y las mujeres que buscan concebir todavía acuden a invocarla.
La granada en China y en la Grecia de hoy
En China, la granada abierta y cargada de semillas es uno de los motivos más repetidos de la cerámica y la pintura tradicional, donde simboliza la fertilidad, la abundancia y una descendencia numerosa -un motivo emparentado, en su lectura de prosperidad desbordante, con el cuerno de la abundancia de la tradición grecorromana-: una fotografía o pintura de una granada bien madura y abierta sigue siendo, hoy, un regalo de bodas habitual.
La granada en la heráldica europea
La granada fue también un emblema personal de alto rango en la Europa de los siglos XV y XVI. Catalina de Aragón la adoptó como su divisa al casarse con Enrique VIII de Inglaterra, en referencia al reino de Granada, recién conquistado por sus padres, los Reyes Católicos; su granada heráldica terminó entrelazada con la rosa Tudor en buena parte del arte cortesano inglés de la época.
El emperador Maximiliano I del Sacro Imperio Romano Germánico usó la misma fruta como emblema personal: el retrato que le hizo Alberto Durero en 1519, conservado en el Kunsthistorisches Museum de Viena, lo muestra sosteniendo una granada abierta en la mano. Maximiliano llegó a regalarle a Enrique VIII una armadura de caballo decorada con granadas repujadas en plata y oro, hoy en el Metropolitan Museum de Nueva York —un objeto que, por la coincidencia de emblemas entre quien la regaló y quien pudo haber sido su primer destinatario, sigue intrigando a los historiadores del arte—.
La granada en la masonería
Este espacio no busca promover la masonería sino describir el significado que ella misma da a sus símbolos, distinguiendo siempre esa lectura de la bíblica o histórica de la que parte.
El origen del símbolo en las logias se remonta, según la propia tradición masónica, a las columnas Jakin y Boaz del Templo de Salomón, decoradas con redes de granadas según el relato bíblico ya citado. De ahí en más, la lectura masónica se aparta de la fuente: cada semilla, dicen, representa a un masón individual, único mientras está estrechamente unido a sus «Hermanos» dentro de una sola gran familia, cuya prosperidad depende de esa unión. Se representa a menudo el fruto parcialmente abierto, mostrando la cohesión interna de las semillas, mientras la parte todavía cerrada de la cáscara simboliza la reserva y la discreción que el masón debe guardar sobre los secretos de la orden.
Esa imagen de una familia unida y próspera, sostenida por la lealtad mutua entre «Hermanos» y por el secreto compartido, es precisamente la que León XIII señala como el otro costado del problema en Humanum genus: no una fraternidad cualquiera, sino una que funciona, según describe el propio documento, como una sociedad paralela con reglas, obligaciones y jerarquía propias, estructurada al margen de la Iglesia y con lealtades que compiten con ella.
La Iglesia católica no objeta la idea de comunidad ni la de mutuo auxilio —son, de hecho, centrales en su propia doctrina de la caridad—, sino la forma concreta que toma aquí: una pertenencia sellada por juramento y por secretos progresivos ante los cuales, según sostiene la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1983, ni siquiera el obispo local tiene competencia para dispensar. La granada masónica, leída así, no es solo un emblema de abundancia entre iguales: es también, para la Iglesia, el símbolo de una lealtad que reclama para sí un lugar que ella entiende reservado a la comunión de los bautizados.
De dónde viene el nombre «acacia»
La palabra viene del griego akakia, «árbol espinoso egipcio», documentada ya en los tratados de Teofrasto y de Dioscórides. Los diccionarios etimológicos coinciden en derivarla de akis o akē, «punta, espina» —la misma raíz que dio «acanto» y «ácido»—, en referencia llana a las espinas del árbol.
Circula con frecuencia, sobre todo en textos de simbología masónica, una etimología distinta: que la palabra vendría de a-kakon, «sin maldad», y que el nombre mismo encerraría ya la promesa de inocencia y pureza del alma. Es una lectura simbólica atractiva, pero no la que sostienen los diccionarios de griego antiguo: se desarrolla con más detalle en la sección de errores frecuentes.
Cómo se defiende la acacia: el hallazgo de Van Hoven
Mucho antes de que la ciencia lo confirmara, la tradición ya le atribuía a la acacia una suerte de conciencia del peligro. En 1990, el zoólogo Wouter van Hoven, de la Universidad de Pretoria, investigaba la muerte inexplicada de unos tres mil kudúes —un antílope africano— en ranchos de caza del antiguo Transvaal, en Sudáfrica. Los animales aparecían con el estómago lleno, pero habían muerto de inanición.
Van Hoven descubrió la causa: cuando un kudú mordisquea las hojas de una acacia, el árbol eleva en minutos su concentración de taninos hasta niveles tóxicos, volviendo el follaje indigesto y hasta letal si se ingiere en grandes cantidades. Y no se defiende solo: al mismo tiempo libera etileno al aire, un gas que viaja hasta cuarenta o cincuenta metros y que las acacias vecinas «leen» como una señal de alarma, elevando también ellas su propio nivel de taninos antes de que lleguen los animales.
Los kudúes, encerrados en los ranchos sin otra fuente de alimento durante el invierno, no tenían adónde ir: comieron hojas cada vez más tóxicas hasta morir. Las jirafas, que se desplazan en libertad, evitan el problema por instinto: solo pastan en una de cada diez acacias, y jamás en las que están a favor del viento respecto de un árbol ya mordisqueado.
La acacia en el antiguo Egipto
Para los egipcios, la acacia sagrada del santuario de Heliópolis, propiedad de la diosa primordial Iusaaset —conocida por los griegos como Saosis—, era el lugar donde habían nacido los primeros dioses, y se la consideró desde entonces una variante local del árbol de la vida. Los Textos de las Pirámides ya invocan esa acacia como cuna divina, y textos funerarios posteriores hablan de «el Árbol de Acacia de los Hijos», en referencia a esos mismos dioses nacidos bajo sus ramas.
La madera de acacia tenía además un lugar propio en la mitología solar. Una inscripción del templo de Edfu, conocida como la leyenda de Horus de Behutet y el disco alado y traducida por el egiptólogo E. A. Wallis Budge, describe la llegada de la barca de Ra a la ciudad de Het-Aha: su proa estaba hecha de madera de palma, y su popa, de madera de acacia, por lo cual la palmera y la acacia han sido árboles sagrados desde ese día hasta hoy, dice el texto. Todas las partes del árbol, además, se empleaban en Egipto con fines medicinales y rituales.
La acacia en la tradición judía y cristiana
Esa reputación sagrada probablemente pasó de los egipcios a los hebreos, entre quienes la acacia —llamada shittah, en plural shittim— se convirtió en símbolo de inmortalidad y en la madera elegida para los objetos más sagrados del culto. Según el libro del Éxodo, Yahvé ordenó a Moisés fabricar de madera de acacia el Arca de la Alianza y sus varales (Éxodo 25, 10-13), y dentro del Tabernáculo, la mesa de los panes de la proposición, el altar de los holocaustos y el altar del incienso, con sus respectivos varales, también se hicieron de esa misma madera (Éxodo 37-38).
Una tradición posterior, sin unanimidad entre los botánicos, propone que la corona de espinas de Jesús pudo haber sido tejida con ramas de una especie de acacia local; otros candidatos propuestos son el azufaifo (Ziziphus spina-christi) y una variedad de zarza espinosa de la región, sin que exista consenso definitivo sobre la especie exacta.
La acacia en la masonería: la leyenda de Hiram
Es el símbolo vegetal más importante de la masonería especulativa, ligado en las logias al concepto de inmortalidad del alma. El origen de esta lectura está en la leyenda de Hiram Abif, el arquitecto del Templo de Jerusalén según el relato ritual masónico: tres aprendices lo asesinaron para arrancarle la palabra secreta del Maestro, y escondieron su cadáver bajo tierra. Según el relato, sobre la tumba brotó después una ramita de acacia, que reveló a quienes lo buscaban dónde estaba enterrado —y simbolizó, al mismo tiempo, su renacimiento a una nueva vida—.
Conviene aclarar, como ya se hizo en la entrada de este blog sobre Jakin y Boaz, que esta leyenda no tiene base bíblica: la Biblia no narra ningún episodio semejante sobre la muerte de Hiram. Es una narración iniciática elaborada por la masonería especulativa a partir del siglo XVII, central en el grado de Maestro Masón.
Lo que la ramita de acacia afirma en ese relato —que algo del hombre sobrevive a la muerte, revelado en el instante en que la tierra removida deja ver el brote verde— es exactamente el punto donde la Iglesia católica encuentra, no una simple diferencia de rito, sino una contradicción de fondo. El papa León XIII, en la encíclica Humanum genus de 1884, no censura a la masonería por sus símbolos vegetales sino por lo que llama naturalismo: la idea de que la razón y la virtud humanas, sin necesidad de la revelación ni de la gracia, bastan por sí solas para alcanzar el bien último del hombre.
Aplicado a este símbolo puntual, el problema es preciso: en la leyenda de Hiram, la inmortalidad del alma se revela y se demuestra a través de un ritual de iniciación, del progreso por grados hacia un conocimiento reservado y del mérito moral del propio masón. En la doctrina católica, en cambio, la vida después de la muerte no es una verdad que el hombre alcance por su propio perfeccionamiento ni por acceso a una sabiduría oculta, sino un don que depende enteramente de la resurrección de Cristo y se recibe por gracia, no se conquista por mérito ni por iniciación.
León XIII agrega una segunda observación, más incómoda todavía para este símbolo en particular: la propia masonería, según su testimonio, ni siquiera sostenía la inmortalidad del alma con una convicción uniforme entre sus miembros, sino que la dejaba abierta a la discusión interna -de modo que el símbolo proclama con firmeza una certeza que la doctrina que lo sostiene no garantizaba de igual manera-.
Casi cien años después, en 1983, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, firmó con la aprobación expresa de Juan Pablo II una declaración que zanjó cualquier duda sobre si esa postura se había suavizado con el tiempo: los principios masónicos, dice el documento, siempre se consideraron irreconciliables con la doctrina de la Iglesia, y el católico que se afilia a una logia incurre en pecado grave.
La palabra elegida, «irreconciliables», es la misma que emplea León XIII un siglo antes: no se trata de una incompatibilidad de calendario o de vestimenta, sino de dos respuestas distintas e incompatibles a la misma pregunta que este símbolo pone en el centro —qué es lo que del hombre sobrevive a la muerte y de dónde le viene esa promesa—.
Fuera de ese contexto ritual, la rama de acacia se empleó también, de forma más literal, para señalar el lugar de descanso de los muertos ilustres.
Errores frecuentes
Cada granada tiene exactamente 613 semillas
La historia completa tiene tres capas. La primera: el Talmud, en el tratado de Berajot (57a), dice solamente que hasta «los vacíos» de Israel están tan llenos de mitzvot como una granada está llena de semillas -una metáfora de abundancia, apoyada en un verso del Cantar de los Cantares, sin ningún número de por medio-. La segunda: fueron dos rabinos del siglo XIX, el Jatam Sofer, en un sermón de Shabat Hagadol de 1831, y el Malbim, en su comentario al Cantar de los Cantares 4, 3, quienes mencionan por primera vez la cifra exacta de 613 semillas, en correspondencia con los 613 mandamientos de la Torá.
La tercera capa es la que convirtió la idea en un hecho aparentemente verificado: durante el siglo XX se popularizó como una correspondencia literal, y hoy circula además la referencia a un estudio universitario de 2006 que habría confirmado un promedio de exactamente 613 semillas sobre una muestra de granadas de todo el mundo. Esa supuesta confirmación académica no se pudo localizar en ninguna publicación científica real, solo en artículos de divulgación que se citan entre sí, así que conviene tratarla con la misma cautela que la propia leyenda. Lo que sí está medido con rigor es la variación real: los estudios botánicos registran conteos de entre 200 y 1400 semillas por fruto, según la variedad y el tamaño.
Fueron los babilonios quienes creían en la granada invencible
La atribución a los antiguos babilonios de la creencia de que masticar semillas de granada volvía invencible antes de la batalla se repite, palabra por palabra, en decenas de sitios de divulgación, sin que ninguno cite una fuente mesopotámica primaria. La versión que sí está documentada con texto y nombre propio es persa, no babilónica: en el Shahname de Ferdousi, el héroe Esfandiar se vuelve invulnerable después de comer una granada. Es razonable que la vecindad cultural entre ambos pueblos haya mezclado las dos tradiciones en la memoria popular, pero solo una de las dos versiones tiene un texto antiguo detrás.
Acacia significa «sin maldad» en griego
Es una etimología popular, especialmente extendida en la literatura simbólica y masónica, que lee la palabra como a-kakon, «sin maldad», para reforzar la idea de pureza asociada al árbol. Los diccionarios de griego antiguo, sin embargo, coinciden en otra raíz: akis o akē, «punta, espina», que describe llanamente el aspecto del árbol y no ninguna cualidad moral. Es un caso típico de etimología reconstruida a partir del significado simbólico que se le quiere dar a la palabra, y no al revés.
Preguntas frecuentes
¿Es verdad que cada granada tiene 613 semillas?
No. El número de semillas varía enormemente, entre 200 y más de 1400 según la variedad y el tamaño del fruto. El Talmud solo dice que los judíos están tan llenos de mitzvot como una granada de semillas, como metáfora de abundancia; fueron dos rabinos del siglo XIX quienes propusieron por primera vez la cifra exacta de 613.
¿Qué representa la granada en la mitología griega?
Representa el matrimonio, la fertilidad y el vínculo entre la vida y la muerte, a través del mito de Perséfone. Al comer semillas de granada en el inframundo, Perséfone quedó ligada a Hades y debe pasar parte del año bajo tierra, lo que explica el ciclo de las estaciones.
¿Qué significa la acacia en la masonería?
Simboliza la inmortalidad del alma, a través de la leyenda de Hiram Abif: según el relato masónico, una ramita de acacia brotó sobre su tumba y reveló dónde estaba enterrado, símbolo de que algo suyo sobrevivió a la muerte. Es una narración iniciática sin base bíblica, propia de la masonería especulativa.
¿De dónde viene la palabra acacia?
Del griego akakia, «árbol espinoso egipcio», derivado de akis o akē, «punta, espina», en referencia a las espinas del árbol. No viene, como se repite a menudo, de a-kakon, «sin maldad»: esa es una etimología popular sin respaldo en los diccionarios.
¿Por qué la granada y la acacia aparecen juntas en la masonería?
Porque ambas decoraban o rodeaban el Templo de Salomón según la tradición bíblica: la granada tallada en las columnas Jakin y Boaz, y la acacia como madera del Arca de la Alianza. La masonería especulativa, que construye buena parte de su simbolismo alrededor de ese Templo, adoptó las dos plantas como emblemas propios.
Fuentes
- Biblia, Números 13, 23 · Hageo 2, 19 · Cantar de los Cantares 4, 3 y 6, 7 · Éxodo 25, 10-13; 28, 33-34; 37-38 · 1 Reyes 7, 18-20. Traducción de dominio público (Reina-Valera) en Project Gutenberg, n.º 10.
- Talmud de Babilonia, tratado de Berajot 57a. Comentario sobre la génesis de la cifra de 613 semillas en «Tzarich Iyun: Pomegranate Seeds», OU Torah.
- Corán, Sura 16, 11 y Sura 55, 68. Traducción de dominio público de J. M. Rodwell, Project Gutenberg, n.º 2800.
- Budge, E. A. Wallis, traducción de la leyenda de Horus de Behutet y el disco alado, inscripción del templo de Edfu.
- Van Hoven, Wouter, Universidad de Pretoria, estudio sobre la defensa química de la acacia y la mortandad de kudúes, 1990, descrito en New Scientist, «Antelope activate the acacia's alarm system».
- Metropolitan Museum of Art, ficha de La caza del unicornio, tapices flamencos, hacia 1500, The Cloisters, con referencia a Freeman, Margaret, The Unicorn Tapestries, Metropolitan Museum of Art, 1976.
- Museo de Israel, ficha sobre la granada de marfil de Jerusalén y la investigación que determinó que su inscripción era una falsificación moderna.
- Metropolitan Museum of Art, «The Last Knight», sobre la armadura con granadas regalada por Maximiliano I a Enrique VIII.
- Etymonline y Wiktionary, entradas acacia, con referencia al Etymological Dictionary of Greek de Robert Beekes.
- Simbolosysignificados.blogspot.com, «Jakin y Boaz, las columnas del Templo de Salomón», sobre el origen no bíblico de la leyenda de Hiram y la posición de la Iglesia católica.
- León XIII, encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884, sobre la masonería como naturalismo. Vatican.va (texto en inglés; no se localizó la versión oficial en español en el sitio de la Santa Sede).
- Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre las asociaciones masónicas (Quaesitum est), 26 de noviembre de 1983, firmada por el cardenal Joseph Ratzinger con aprobación de Juan Pablo II. EWTN.
Mira también
- Jakin y Boaz, las columnas del Templo de Salomón, significado y simbolismo
- Ojo de la Providencia, su símbolo y significado
- Árbol cabalístico de la vida
- Símbolos masones y su significado
- El punto dentro del círculo: símbolo masónico, origen y posición de la Iglesia
- Cuerno de la abundancia, su símbolo y significado



