El hipopótamo es el animal que la cultura egipcia dividió en dos: el macho encarnaba a Set, el caos que había que someter con el arpón, y la hembra era la protectora de las mujeres en el parto, la diosa Tueris. No se trata de una ambivalencia difusa, sino de una distinción sexual precisa y sostenida durante tres mil años.
De esa doble lectura salen todas las demás: el Behemot del libro de Job, las figurillas azules que se depositaban en las tumbas con las patas rotas a propósito, y la descripción equivocada que Heródoto legó a toda Europa. Al final del artículo se rastrean cinco errores muy repetidos, empezando por el más difundido en español: que la Biblia dice que Behemot es un hipopótamo.
| Nombre y origen | Del griego hippos, caballo, y potamós, río: caballo de río |
|---|---|
| Significado del macho | Caos y destrucción. Encarnación de Set, enemigo de Horus |
| Significado de la hembra | Protección de la madre y del recién nacido, fertilidad, renacimiento |
| Divinidad principal | Tueris o Taweret, cuyo nombre significa simplemente la Grande |
| Ritual documentado | El Triunfo de Horus, drama sagrado del templo de Edfu, con diez arpones |
| Fuente clásica | Heródoto, Historias II, 71, con una descripción notablemente errónea |
| Pieza que se conserva | Hipopótamo de fayenza azul, Museo Metropolitano de Nueva York, inv. 17.9.1 |
| Estado actual | Vulnerable según la UICN. Extinguido en Egipto desde el siglo XIX |
- Origen del nombre: el caballo que no era un caballo
- Egipto: dos animales dentro de uno
- Tueris, la Grande: un nombre que era un halago prudente
- Horus contra el hipopótamo: el drama de Edfu
- Los hipopótamos azules con las patas rotas
- Heródoto y el animal que describió mal
- Behemot: el hipopótamo que la Biblia nunca nombra
- El banquete del fin de los tiempos
- Qué pasa con el resto de África
- Soñar con hipopótamos
- No confundir con
- Errores frecuentes sobre el hipopótamo
- Qué queda hoy del símbolo
- Preguntas frecuentes
Origen del nombre: el caballo que no era un caballo
La palabra hipopótamo viene del griego y significa literalmente caballo de río, de híppos, caballo, y potamós, río. Conviene una precisión que casi nadie hace: Heródoto, en el siglo V a. C., no usa una palabra compuesta sino dos separadas, híppos potámios, el caballo fluvial. La forma compuesta hippopótamos aparece más tarde, en autores como Luciano de Samosata, y de ahí pasa al latín y a todas las lenguas modernas.
La comparación con el caballo es un error de observación de quienes nunca lo habían visto de cerca. Y lo interesante es que los egipcios, que convivían con el animal, lo clasificaron de manera muy distinta. Uno de los nombres de las diosas hipopótamo es Reret, que significa la cerda, porque los egipcios entendían al hipopótamo como una especie de cerdo de agua. Griegos y egipcios miraron al mismo animal y vieron, unos un caballo y otros un cerdo.
La zoología moderna resolvió la disputa a favor de nadie: el pariente vivo más próximo del hipopótamo no es el caballo ni el cerdo, sino los cetáceos. El nombre científico de la especie común, Hippopotamus amphibius, conserva de todos modos el equívoco griego, y el amphibius alude a su vida entre el agua y la tierra.
Egipto: dos animales dentro de uno
Aquí está la clave que ordena el simbolismo entero y que la divulgación suele reducir a una vaga ambivalencia. Los egipcios no veían un animal contradictorio: veían dos animales distintos según el sexo y les dieron tratamientos religiosos opuestos.
El macho era el peligro puro. Territorial, capaz de volcar una barca, destructor de cultivos ribereños, se convirtió en la forma animal de Set, el dios del desorden y asesino de Osiris. En los textos y en los relieves, el hipopótamo macho —a menudo pintado de rojo, el color de Set— es el enemigo que debe ser arponeado. Cazarlo no era deporte sino un acto de restauración del orden, y por eso el faraón aparece cazándolo desde el período predinástico.
La hembra era exactamente lo contrario. Los egipcios observaron algo que cualquiera que haya visto una manada reconoce: la hembra defiende a su cría con una ferocidad desproporcionada. De esa observación salió una teología completa de la protección materna, que cristalizó en un grupo de diosas hipopótamo del que Tueris es la más conocida.
La misma lógica gobierna otras figuras egipcias, como la relación entre Horus y su tío Set, o entre el buitre carroñero y la diosa madre Nekhbet. El pensamiento religioso egipcio no elude la ambigüedad de los animales peligrosos: la organiza.
Tueris, la Grande: un nombre que era un halago prudente
El nombre egipcio de la diosa es Tȝ-wrt, que se transcribe Taweret y en español suele aparecer como Tueris. Significa, sin más, la Grande. Y ese nombre tiene una historia detrás: los egiptólogos lo describen como una fórmula apaciguadora, la manera cortés de dirigirse a un ser peligroso sin nombrarlo por lo que es. Llamarla la Grande era una forma de no provocarla.
Su figura no es mansa en absoluto. Se la representa erguida sobre las patas traseras, con cabeza y cuerpo de hipopótamo, patas y garras de leona, lomo y cola de cocodrilo, y pechos colgantes y vientre abultado de mujer embarazada. Es decir: reúne a los tres animales más temidos del valle del Nilo, y los reúne precisamente porque los tres defienden a sus crías con violencia. La forma es una declaración, no un adorno.
En las manos sostiene con frecuencia el signo sa, un jeroglífico de protección con forma de lazo, y a veces un cuchillo o una antorcha. Lleva un tocado cilíndrico bajo, rematado a veces por plumas o por los cuernos y el disco solar de Hathor.
Lo más notable de su culto es dónde ocurría. Tueris no tuvo templos propios ni estatuas colosales: era una divinidad doméstica, y se la veneraba dentro de las casas con estatuillas de barro o madera, con amuletos y con las llamadas varitas mágicas, objetos curvos de marfil grabados con procesiones de seres protectores que se usaban para trazar círculos de protección alrededor de la madre y el recién nacido. Y aquí hay un detalle que cierra el círculo: esas varitas se tallaban en marfil de hipopótamo. El objeto que protegía del peligro se fabricaba con el colmillo del animal peligroso.
Tueris no estaba sola. Los textos nombran a otras diosas hipopótamo con nombres muy específicos: Ipet, la nodriza, ligada a la crianza; Reret, la cerda, ya mencionada; y Hedyet, la blanca, cuyo sentido se discute. Las pruebas del culto a estas diosas se remontan al Imperio Antiguo, entre 2686 y 2181 a. C., en los Textos de las Pirámides.
Horus contra el hipopótamo: el drama de Edfu
La cara masculina del animal tuvo su propio ritual, y se conserva completo. En el templo de Horus en Edfu, construido entre 237 y 57 a. C., las paredes del deambulatorio llevan grabado el texto y las acotaciones escénicas de un drama sagrado que los egiptólogos llaman El Triunfo de Horus, representado cada año durante la Fiesta de la Victoria.
La trama es la persecución de Set y sus aliados, que han tomado forma de cocodrilos e hipopótamos. Horus los caza con el arpón. El acto primero consta de cinco escenas, y en cada una dos formas de Horus, la del Alto y la del Bajo Egipto, clavan un arpón en el cuerpo del hipopótamo: diez arpones en total, uno por escena y por mitad del país, porque cada rito de la realeza debía ejecutarse dos veces.
Las acotaciones describen los relieves con precisión de guion. En uno, una gran nave con la vela hinchada por el viento; en el centro, Horus de Behdet clava el arpón en el hocico del hipopótamo mientras sostiene con la izquierda las cuerdas de otros arpones ya alojados en el animal; Isis, en cuclillas en la proa, sujeta dos cuerdas más; y en la orilla, el rey Ptolomeo arponea al animal en la nuca. Thot, que hace de coro, dirige a Horus una frase que resume el sentido de la ceremonia: Pierce the Hippopotamus, your father's foe, que en español pide al dios atravesar al hipopótamo, el enemigo de su padre.
Y el final es el detalle que nadie cuenta y que vuelve inolvidable el rito. En la escena de cierre no se sacrifica ningún animal: se saca un hipopótamo hecho de torta, y un carnicero lo corta en pedazos para repartirlo entre los presentes. El caos se derrota, se despedaza y se come. De la estatua de Tutankamón que lo muestra de pie sobre una barca con el arpón en alto, apuntando a un hipopótamo que no está representado, se entiende que el gesto era reconocible por sí solo.
Los hipopótamos azules con las patas rotas
Entre las piezas más queridas del arte egipcio están las figurillas de hipopótamo en fayenza azul, típicas del Imperio Medio. Sobreviven entre cincuenta y sesenta repartidas por museos de medio mundo. Miden entre nueve y veintitrés centímetros y llevan pintadas en negro flores de loto, capullos y hojas de pantano: el hábitat del animal y, a la vez, un símbolo de renacimiento, porque el loto se cierra cada noche y vuelve a abrirse cada mañana.
El ejemplar más célebre está en el Museo Metropolitano de Nueva York con el número de inventario 17.9.1. Mide veinte centímetros de largo por once de alto; se fabricó en la dinastía XII, hacia 1961-1878 a. C., y como los amuletos del escarabeo, formaba parte del ajuar funerario. Apareció en 1910 en un pozo asociado a la capilla funeraria del administrador Senbi, en Meir, en el Alto Egipto. El museo lo adquirió en 1917. Lo llaman William por un relato publicado en 1931 en la revista humorística británica Punch, donde una familia consultaba como oráculo una lámina en color de esta figurilla; el apodo se quedó y hoy es la mascota extraoficial del museo.
Lo que importa aquí es su estado. Tres de sus cuatro patas están restauradas, y se distinguen por el color. Las originales fueron rotas a propósito antes de depositar la pieza en la tumba, y lo mismo ocurre en la mayoría de los ejemplares conocidos. La explicación que dan los egiptólogos es coherente con la doble naturaleza del animal: el difunto quería llevarse consigo la fuerza regeneradora del hipopótamo, pero no su capacidad de ataque, y romperle las patas lo dejaba inmovilizado para la eternidad. Es una de las soluciones más elegantes que registra la historia de la religión: aprovechar el poder de un ser peligroso desarmándolo primero.
Heródoto y el animal que describió mal
En el libro II de las Historias, capítulo 71, Heródoto dedica al hipopótamo un párrafo breve que fijó la imagen del animal en Europa durante siglos. Dice que es sagrado en el distrito de Papremis pero no en el resto de Egipto, y lo describe así, en la traducción inglesa de George Rawlinson: This animal has four legs, cloven hoofs like an ox, a snub nose, a horse's mane and tail, conspicuous tusks, a voice like a horse's neigh, and is about the size of a very large ox. En español: tiene cuatro patas, pezuñas hendidas como las de un buey, hocico chato, melena y cola de caballo, colmillos visibles, una voz semejante al relincho, y el tamaño de un buey muy grande. Añade que la piel es tan gruesa que, seca, sirve para hacer astas de lanza.
Casi nada de eso es correcto. El hipopótamo no tiene pezuñas hendidas sino cuatro dedos con uñas, no tiene melena ni cola de caballo, y su voz no se parece a un relincho. Los colmillos y el grosor de la piel son lo único exacto.
Conviene ser preciso con lo que la fuente dice y lo que no. Heródoto nunca afirma que no haya visto un hipopótamo. Son los filólogos quienes lo deducen de los errores mismos: como razonaba un comentarista en 1850, cuesta concebir que un testigo presencial describiera a este animal con pezuñas de buey y melena de caballo. La deducción es sólida, pero es una deducción, no una declaración del autor.
Behemot: el hipopótamo que la Biblia nunca nombra
En el libro de Job 40, 15-24, Dios interpela a Job señalándole una criatura llamada Behemot, palabra hebrea que es un plural de behemá, bestia, y que funciona como un plural de intensidad: la bestia por excelencia. Come hierba como un buey, su fuerza está en los lomos y su vigor en los músculos del vientre, sus huesos son tubos de bronce, se echa bajo los lotos entre las cañas del pantano, y no se altera aunque el río se desborde.
El texto no nombra ninguna especie. La identificación con el hipopótamo tiene un origen exacto y bastante tardío: el erudito francés Samuel Bochart la propuso en su Hierozoicon, obra sobre los animales de la Biblia publicada en 1663, y desde entonces se volvió la lectura mayoritaria. Antes de Bochart la interpretación dominante era otra: Tomás de Aquino identificaba a Behemot con el elefante, y la primera edición de la Biblia del rey Jacobo, de 1611, todavía trae una nota marginal que dice o el elefante, según piensan algunos.
La discusión sigue abierta por un detalle del propio texto. El versículo 17 dice que Behemot endereza su cola como un cedro, y la cola del hipopótamo mide poco más de medio metro. Algunos comentaristas resuelven proponiendo que la palabra sea un eufemismo; otros sostienen que la descripción se ajusta mejor al elefante; y una tercera línea, la más antigua de todas, entiende que Behemot no es ningún animal observable sino una criatura primordial. Lo honesto es decir qué aporta cada lectura y no fundirlas: la hipótesis del hipopótamo es la más probable y la más aceptada, pero no está en la Biblia, está en Bochart.
La segunda cosa que el texto sí hace, y que suele pasarse por alto, es teológica. En las mitologías del antiguo Oriente Próximo el dios combate contra el monstruo del caos. Aquí no: Behemot es presentado como criatura de Dios, hecha junto con Job, y sostenida por él. El monstruo no es un rival, es un dependiente.
El banquete del fin de los tiempos
La tradición judía posterior desarrolló a Behemot y a Leviatán en una dirección que casi ninguna divulgación en español recoge, y que es el mejor final posible para este símbolo.
El Libro de Enoc, capítulo 60, versículos 7 a 9, cuenta que los dos monstruos fueron separados el mismo día: la hembra, Leviatán, al fondo del mar sobre las fuentes de las aguas; el macho, Behemot, a un desierto inmenso al oriente del jardín donde habitan los elegidos. El cuarto libro de Esdras, en 6, 49-52, explica el motivo de la separación: el mundo no habría podido contenerlos si se hubieran reproducido. Y el Apocalipsis siríaco de Baruc, en 29, 4, añade lo que ocurrirá al final.
Los dos monstruos saldrán de su reclusión y servirán de alimento a los justos que sobrevivan en los días del Mesías. El Talmud de Babilonia, en el tratado Bava Batra 74b y 75a, lo desarrolla hasta el detalle doméstico: habrá un pastizal de mil montañas para Behemot, la carne de Leviatán se salará, y con su piel se hará el toldo del banquete y se repartirán trozos según los méritos de cada uno. En una variante de la tradición, los dos monstruos se matan entre sí antes de servirse a la mesa.
El movimiento simbólico es completo: lo que empieza siendo la imagen del caos indomable termina siendo el plato principal. La misma inversión que los egipcios ejecutaban con el hipopótamo de torta en Edfu, formulada en otra lengua y en otra religión.
Qué pasa con el resto de África
Es habitual encontrar, en español, párrafos que atribuyen a las culturas africanas una veneración uniforme del hipopótamo como guardián de los ríos, ser benévolo que reparte bendiciones y criatura sabia que se comunica en sueños. Conviene decirlo con claridad: esas afirmaciones no corresponden a ningún pueblo identificable ni a ninguna fuente localizable.
África no es una tradición: es un continente con centenares de pueblos, lenguas y religiones distintas, y el hipopótamo aparece en algunos de esos sistemas y no en otros, con sentidos que varían de un lugar a otro y que solo pueden documentarse pueblo por pueblo. Cuando un texto habla de las culturas africanas en singular, la señal de alarma no es el contenido sino la formulación: está describiendo un continente entero como si fuera una sola creencia.
Lo que sí está profusamente documentado es lo egipcio, por una razón simple y algo incómoda: Egipto dejó escritura, templos con relieves y objetos de museo, y otras tradiciones del continente se transmitieron oralmente y llegaron a la escritura tarde, muchas veces filtradas por administradores y misioneros coloniales cuya mirada condiciona lo que registraron. Esa asimetría de fuentes conviene declararla, y no rellenarla con generalidades.
Soñar con hipopótamos
No hay tradición antigua que interprete el hipopótamo en sueños. Las grandes fuentes onirocríticas de la Antigüedad y de la Edad Media se ocupan de los animales de su propio horizonte geográfico, y el hipopótamo quedaba fuera de casi todas ellas.
Lo que sí puede decirse con fundamento es lo que este artículo reúne, y es bastante: el hipopótamo es, en la única cultura que lo elaboró a fondo, un símbolo de doble fuerza. Poder destructivo por un lado, protección materna feroz por el otro, y ambas cosas a la vez en el mismo animal. Quien busque un sentido para la imagen tiene ahí una polaridad mucho más rica que cualquier lista de escenas.
No confundir con
Ammit
Ammit, la devoradora de los muertos, es también una figura compuesta de hipopótamo, leona y cocodrilo, y se la confunde con Tueris con facilidad. La diferencia es de disposición y de función: en Ammit la cabeza es de cocodrilo y el cuarto trasero de hipopótamo, y su papel es devorar el corazón del difunto que no supera el pesaje ante la balanza, la escena que vigila el Ojo de Horus en tantos papiros funerarios. Tueris tiene cabeza de hipopótamo y protege. Los mismos tres animales, resultados opuestos.
El hipopótamo pigmeo
El hipopótamo pigmeo, Choeropsis liberiensis, es una especie distinta, de los bosques de África occidental, mucho más pequeña, solitaria y nocturna. No aparece en la iconografía egipcia y no comparte su simbolismo. La UICN lo clasifica como en peligro.
Leviatán
Behemot y Leviatán forman pareja pero no son intercambiables: Behemot es el macho de tierra firme, Leviatán la hembra del mar. La identificación tradicional de Leviatán es con el cocodrilo, propuesta por el mismo Bochart en la misma obra de 1663.
Errores frecuentes sobre el hipopótamo
Que la Biblia dice que Behemot es un hipopótamo
El texto de Job no nombra ninguna especie. La identificación procede de Samuel Bochart, Hierozoicon, 1663, y antes de él la lectura dominante era el elefante. Sigue siendo la hipótesis más aceptada entre los comentaristas, y este artículo la trata como tal, pero es una interpretación erudita del siglo XVII y no un dato del texto sagrado.
Que Tueris era una criatura mansa que sostenía un papiro
Lo que sostiene es el signo sa, un jeroglífico de protección con forma de lazo, y a veces un cuchillo. Y de mansa no tiene nada: su cuerpo combina hipopótamo, leona y cocodrilo, los tres animales más letales del Nilo, reunidos precisamente por su ferocidad al defender a las crías. Su carácter protector procede de esa violencia, no de su ausencia.
Que Heródoto declaró no haber visto nunca un hipopótamo
No lo declara en ninguna parte. Lo que ocurre es que su descripción contiene errores tan básicos que los comentaristas concluyen, desde hace al menos dos siglos, que no pudo haberlo observado en persona. La conclusión es razonable; atribuírsela al propio Heródoto como si estuviera escrita en el texto no lo es.
Que el hipopótamo está emparentado con el caballo
El nombre griego lo sugiere y fue durante siglos la clasificación intuitiva, pero es falso. Tampoco es un cerdo, como suponían los egipcios al llamarlo la cerda. Sus parientes vivos más próximos son los cetáceos: las ballenas y los delfines.
Que las culturas africanas lo veneran como guardián benévolo de los ríos
La afirmación circula en muchas compilaciones y no remite a ningún pueblo concreto. Las creencias sobre el hipopótamo varían de una sociedad a otra y solo pueden documentarse una por una, con la salvedad añadida de que buena parte de lo que se registró por escrito pasó por la mirada de observadores coloniales. Lo verificable y abundante es el material egipcio, que es el que este artículo reúne.
Qué queda hoy del símbolo
El animal que Egipto arponeaba ritualmente desapareció de Egipto. El hipopótamo se extinguió en el Nilo egipcio a comienzos del siglo XIX, y hoy la especie común, Hippopotamus amphibius, está clasificada como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, con poblaciones repartidas en una veintena larga de países subsaharianos y en declive en buena parte de ellos. El hipopótamo pigmeo está en peligro. Las causas son la caza por la carne y por el marfil de los colmillos, y la pérdida de hábitat.
Y hay un capítulo americano que ninguna fuente antigua podía prever. A comienzos de la década de 1980, Pablo Escobar llevó cuatro hipopótamos —tres hembras y un macho— a su Hacienda Nápoles, en el departamento colombiano de Antioquia. Tras su muerte en 1993 los animales quedaron sueltos y alcanzaron el río Magdalena, donde no tienen depredadores ni sequías que los limiten. Hoy se estiman entre ciento setenta y doscientos ejemplares en libertad, y Colombia es el único país fuera de África con una población silvestre de la especie.
El asunto está sin resolver y es genuinamente difícil. Colombia los declaró especie invasora; los intentos de esterilización resultaron caros e ineficaces; el traslado de setenta ejemplares a santuarios de México y la India se presupuestó en unos tres millones y medio de dólares. En abril de 2026 las autoridades aprobaron un plan de sacrificio selectivo, decisión contestada por organizaciones de defensa animal y por parte de la población local, que en algunos municipios ha construido una economía turística alrededor de ellos. Hay argumentos ecológicos de peso a favor del control y argumentos éticos y económicos de peso en contra, y el desenlace todavía no está escrito.
Cuatro mil años después de que un escriba egipcio decidiera que el macho era el caos y la hembra la protección, un país americano discute qué hacer con un animal que llegó por contrabando y que es, a la vez, un peligro real y una criatura querida. La doble naturaleza que Egipto formuló sigue siendo, sorprendentemente, una descripción exacta del problema.
Preguntas frecuentes
¿Qué simboliza el hipopótamo?
En Egipto, que es la cultura que más lo elaboró, el hipopótamo simbolizaba dos cosas opuestas según el sexo del animal. El macho era la encarnación de Set, el caos y la fuerza destructiva que debía someterse; la hembra era la protección de la madre y del recién nacido, y dio lugar a la diosa Tueris. En la tradición bíblica pasó a representar el poder desmesurado de la creación bajo el dominio de Dios.
¿Quién era la diosa hipopótamo Tueris?
Tueris o Taweret, cuyo nombre significa la Grande, era la diosa doméstica del embarazo y del parto. Su figura reúne cuerpo y cabeza de hipopótamo, patas de leona, lomo y cola de cocodrilo, y pechos y vientre humanos de embarazada. No tuvo templos ni estatuas colosales: se la veneraba en las casas, con estatuillas de barro o madera y amuletos.
¿Behemot es un hipopótamo?
Es la hipótesis más aceptada, pero no es un dato del texto bíblico. El libro de Job no nombra ninguna especie. La identificación con el hipopótamo la propuso el erudito Samuel Bochart en su Hierozoicon de 1663 y desde entonces se volvió mayoritaria. Antes se lo identificaba con el elefante, como hizo Tomás de Aquino, y la tradición apocalíptica judía lo trató como criatura primordial y no como animal.
¿Por qué las figuras de hipopótamo de las tumbas egipcias tienen las patas rotas?
Se les rompían a propósito antes de depositarlas. La figura servía para acompañar al difunto con el poder regenerador del animal, pero el hipopótamo era también el ser más peligroso del Nilo, y romperle las patas lo dejaba inmovilizado para que no pudiera atacar a su dueño en el más allá. El ejemplar más famoso, conservado en el Museo Metropolitano de Nueva York, tiene tres patas restauradas.
¿Qué significa soñar con hipopótamos?
Ninguna tradición antigua interpreta el hipopótamo en sueños: quedaba fuera del horizonte de las fuentes onirocríticas antiguas y medievales. Lo documentado es el sentido del animal despierto, y es un sentido doble: fuerza destructiva y protección materna feroz reunidas en la misma figura.
Fuentes
- Heródoto, Historias, II, 71, trad. George Rawlinson. Internet Classics Archive
- El Triunfo de Horus, drama sagrado del templo de Edfu, edición y traducción de H. W. Fairman. Texto en Attalus
- Libro de Job 40, 15-24, sobre Behemot.
- Samuel Bochart, Hierozoicon sive bipertitum opus de animalibus Sacrae Scripturae, 1663, origen de la identificación con el hipopótamo.
- Libro de Enoc 60, 7-9; 4 Esdras 6, 49-52; Apocalipsis siríaco de Baruc 29, 4; Talmud de Babilonia, Bava Batra 74b-75a, sobre el banquete escatológico.
- K. William Whitney, Two Strange Beasts: Leviathan and Behemoth in Second Temple and Early Rabbinic Judaism, Harvard Semitic Monographs 63. Harvard Museum of the Ancient Near East
- Hipopótamo de fayenza conocido como William, dinastía XII, Meir, tumba B3. Metropolitan Museum of Art, inv. 17.9.1. Ficha del museo
- Estatua de Tueris, período ptolemaico tardío, Walters Art Museum, inv. 22.223. Ficha del museo
- Reading Museum, Sacred animals of ancient Egypt, sobre las diosas hipopótamo y las varitas de marfil. Artículo del museo
- Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, fichas de Hippopotamus amphibius y Choeropsis liberiensis.
- Sobre la población colombiana: J. Hammer, Smithsonian Magazine, 2024, y cobertura del plan aprobado en abril de 2026. Smithsonian




