Odín, el Padre de Todos: mitología y símbolos nórdicos



Odín es el dios supremo de la mitología nórdica: padre de dioses y hombres, señor de la guerra, la sabiduría, la poesía, la magia y los muertos. Es también, de todos los dioses nórdicos, el más contradictorio: rey justo y embaucador implacable, guerrero y poeta, dios de la hospitalidad y traidor de quienes confían en él. Los pueblos nórdicos lo llamaban Allfather, «Padre de Todos», porque de él descendían—directa o indirectamente—el resto de los Æsir. Hay dos precios que pagó por lo que sabía, y ninguno de los dos fue barato: un ojo, hundido para siempre en las aguas de un pozo bajo las raíces del mundo, y nueve noches de ayuno y una herida de lanza, colgado del árbol que sostiene los nueve reinos. Aquí se cuenta quién era, de dónde venía, cómo era su familia, qué símbolos lo representaban, y cómo, según la profecía, habría de morir.

Odín de un vistazo

DominioGuerra, sabiduría, poesía, magia, muerte
PadresBorr y la giganta Bestla
Esposas e hijosJörd (Thor), Frigga (Balder, Hermod), Rind (Vali), Gunnlöd (Bragi), Grid (Vidar)
SímbolosLa lanza Gungnir, el caballo Sleipnir, los cuervos Hugin y Munin, los lobos Geri y Freki
MoradaValaskjálf, en Asgard, con el trono Hlidskjálf; sala del festín: Valhalla
DestinoDevorado por el lobo Fenrir en el Ragnarök
Fuentes primariasVöluspá, Hávamál y Vafþrúðnismál (Edda poética); Gylfaginning (Edda prosaica)

Etimología y nombres

El nombre nórdico antiguo Óðinn se forma a partir de la raíz óðr—«éxtasis», «furia» o «inspiración»—y del sufijo -inn, que funciona como artículo definido: «el poseído», «el furioso», «el inspirado». El cronista alemán del siglo XI, Adam de Bremen, uno de los primeros en describir por escrito el culto pagano del norte de Europa, tradujo directamente el nombre del dios como «el Furioso». Esa misma raíz une, bajo un solo dios, ámbitos que hoy parecen dispersos: la furia guerrera del berserker, el trance del chamán, la inspiración del poeta y la locura sagrada del vidente.


Entre los pueblos germánicos continentales y anglosajones, el dios era conocido como Woden o Wuotan—de ahí el inglés Wednesday, «el día de Woden», equivalente al español «miércoles» (día de Mercurio, la deidad romana con la que los cronistas antiguos equipararon a Odín). Por la multiplicidad de sus facetas, Odín llegó a tener no menos de doscientos nombres distintos, cada uno describiendo un aspecto suyo: entre ellos, Allfather («Padre de Todos»), por ser el progenitor, directo o adoptivo, del resto de los dioses.

Odín y la creación del mundo

Antes de que existieran la tierra, el mar o el cielo, solo había dos regiones opuestas separadas por un abismo llamado Ginnungagap: Niflheim, el reino helado de la niebla, y Muspelheim, el reino del fuego, custodiado por el gigante Surtr. Donde el calor de Muspelheim encontró al hielo de Niflheim, surgió el primer ser vivo: el gigante primordial Ymir. Al buscar alimento, Ymir encontró a la vaca cósmica Audhumla, que se alimentaba lamiendo los bloques de hielo salado; de ese hielo, lamido día tras día, emergió Buri, el primer dios. Su hijo, Borr, se casó con la giganta Bestla, hija de Bölthorn, y de esa unión nacieron tres hijos: Odín, Vili y Vé.


Los tres hermanos se enfrentaron a Ymir y le dieron muerte, y de su cuerpo—dicen los mitos—construyeron el mundo entero: con su carne hicieron la tierra; con su sangre, el mar; con sus huesos, las montañas; con sus dientes y fragmentos de hueso, las rocas; con su cráneo, la bóveda del cielo; y con su cerebro, las nubes. De la sangre derramada de Ymir se ahogó toda su estirpe de gigantes de hielo, salvo uno, Bergelmer, que escapó en una barca y fue el progenitor de la raza de gigantes que pobló Jötunheim.


Paseando después por la orilla del mar, Odín y sus hermanos encontraron dos troncos de árbol—un fresno y un olmo—y de ellos hicieron a los primeros seres humanos: Odín les dio el alma; su segundo hermano (llamado, según las fuentes, Hœnir o Vili), el movimiento y los sentidos; y el tercero (Lodur o Vé), la sangre y el color de la piel. Así nacieron Ask y Embla, el primer hombre y la primera mujer, a quienes los dioses entregaron el mundo de Midgard para que lo poblaran.

Apariencia, símbolos y atributos

Odín se representaba como un hombre alto y vigoroso, de barba larga y gris, vestido con un manto azul moteado de gris—emblema del cielo con sus nubes—y un sombrero de ala ancha calado sobre la frente para disimular la ausencia de uno de sus ojos, sacrificado en el Pozo de Mimir. Desde su trono, Hlidskjálf, situado en su palacio de Valaskjálf, podía contemplar todo lo que ocurría en los nueve mundos; solo él y su esposa, Frigga, tenían permitido sentarse allí.


Sus atributos más característicos eran la lanza Gungnir, forjada por los enanos, tan certera que nunca erraba un golpe y tan sagrada que un juramento hecho sobre su punta no podía romperse; y el anillo Draupnir, del que cada nueve noches goteaban ocho anillos idénticos, símbolo de la fertilidad y la abundancia. Cabalgaba a Sleipnir, un corcel gris de ocho patas, más veloz que cualquier otro caballo del mundo. Dos cuervos, Hugin («Pensamiento») y Munin («Memoria»), se posaban en sus hombros; cada mañana los enviaba a recorrer el mundo, y cada noche regresaban a susurrarle al oído todo lo que habían visto y oído—de ahí que Odín lo supiera todo. A sus pies descansaban dos lobos, Geri y Freki («el Voraz» y «el Glotón»), a los que alimentaba con su propia mano, pues se decía que Odín no necesitaba más sustento que el vino.

La familia de Odín

Como personificación del cielo, Odín se casó, según los mitos, con varias figuras que representaban distintos aspectos de la tierra. Su primera esposa fue Jörd, la tierra primitiva y silvestre, con quien tuvo a Thor, el dios del trueno. Su esposa principal fue Frigga, personificación de la tierra ya civilizada y reina de Asgard, con quien tuvo a Balder, el dios luminoso de la primavera, y a Hermod. Con Rind, personificación de la tierra dura y helada que solo cede a un cortejo persistente, tuvo a Vali. Con la giganta Gunnlöd—la misma que custodiaba el Hidromiel de la Poesía—tuvo a Bragi, dios de la poesía; y con Grid tuvo a Vidar, el dios silencioso destinado a vengar la muerte de su padre en el Ragnarök.

Valhalla y los einherjar

Además de Valaskjálf, Odín poseía en Asgard un tercer palacio: Valhalla, «el salón de los caídos en combate», con quinientas cuarenta puertas tan anchas que ochocientos guerreros podían cruzarlas a la vez en formación de batalla. Sus muros estaban hechos de lanzas pulidas hasta brillar como espejos, y su techo, de escudos dorados. Allí Odín recibía a los einherjar, los guerreros muertos en combate que las valquirias—doncellas guerreras al servicio de Odín—escogían entre los caídos y conducían sobre el puente arcoíris Bifröst hasta Asgard.


En Valhalla, los einherjar pasaban el día luchando entre sí, y cualquier herida sufrida sanaba por completo antes del anochecer; entonces regresaban al salón a festejar, servidos por las propias valquirias, que les llenaban cuernos de hidromiel y les servían la carne del jabalí Sæhrimnir, que cada noche era devorado por completo y cada mañana volvía a estar entero, listo para el siguiente festín. Así se preparaban los einherjar, día tras día, para la batalla final que habría de llegar con el Ragnarök.

El precio de la sabiduría: el Pozo de Mimir

Cuenta la historia que llegó un día en que Odín, el más alto de los dioses de Asgard, sintió que su saber no bastaba. Había gobernado, había hecho la guerra, había leído los presagios en el vuelo de los pájaros y en las entrañas de las bestias, y aun así no lograba ver con claridad el destino que aguardaba a los suyos. Así que se despojó de todo lo que lo hacía reconocible: dejó atrás a Sleipnir, su corcel de ocho patas, guardó su armadura dorada y su yelmo con forma de águila, dejó incluso la lanza en Asgard. Se vistió con un manto azul oscuro, tomó un bastón de viajero y salió a recorrer Midgard, el mundo de los hombres, camino de Jötunheim, la tierra de los gigantes. Ya no se llamaba Odín, Padre de Todos. Se llamaba Vegtam, el Vagabundo.


En el camino hacia el Pozo de Mimir se encontró con un gigante que cabalgaba un enorme ciervo. «¿Quién eres, hermano?», le preguntó Odín. El gigante respondió que se llamaba Vafthrudner, y que era el más sabio de todos los gigantes —tan sabio que muchos acudían a él buscando conocimiento, aunque el precio de equivocarse era alto: quien perdía una pregunta perdía también la cabeza. Odín se presentó como Vegtam el Vagabundo y propuso un juego. Vafthrudner aceptó entre risas: su cabeza contra la del viajero, y quien no supiera responder a una pregunta la perdería.


El duelo comenzó. Vafthrudner preguntó el nombre del río que separaba Asgard de Jötunheim, y Odín respondió sin vacilar: Ifing, un río tan frío que nunca llegaba a helarse del todo. Preguntó los nombres de los caballos que tiraban del Día y de la Noche por el cielo, y Odín nombró a Skinfaxe y Hrimfaxe, nombres que solo los dioses y los gigantes más sabios conocían. Vafthrudner, inquieto, hizo una última pregunta antes de que le tocara el turno al forastero: el nombre de la llanura donde se libraría la batalla final del mundo. Odín respondió: la llanura de Vigard, cien millas de largo por cien millas de ancho.


Llegó entonces el turno de Odín, y su pregunta fue una trampa perfecta: «¿Cuáles serán las últimas palabras que Odín susurrará al oído de Baldur, su hijo querido, antes de que este muera?». Solo había un ser en los nueve mundos capaz de responder esa pregunta, y era el propio Odín. Vafthrudner, pálido, saltó de su ciervo y miró al desconocido a los ojos. «Solo Odín sabe cuáles serán esas palabras —dijo—, y solo Odín pudo haber hecho esa pregunta. Eres Odín, Vagabundo, y tu pregunta no puedo responderla». Había perdido el juego, y con él su cabeza.


Pero Odín no quería la cabeza de Vafthrudner. Le ofreció un trato: si respondía una última pregunta, quedaría libre. «¿Qué precio pedirá Mimir por un trago del Pozo de la Sabiduría que él custodia?». Vafthrudner respondió sin más remedio: «Pedirá tu ojo derecho, Odín. Ningún precio menor ha aceptado jamás. Muchos han acudido a él buscando ese trago, y ninguno hasta ahora ha pagado lo que pide». Odín liberó al gigante de su promesa, y este se marchó cabalgando su ciervo, aliviado de conservar la cabeza sobre los hombros.


Se quedó entonces Odín, solo, con la noticia que temía. ¡Su ojo derecho! Quedarse para siempre sin la vista de un ojo, a cambio de una sola respuesta. Estuvo a punto de dar media vuelta y regresar a Asgard, renunciando a su búsqueda. Caminó sin rumbo, ni hacia el pozo ni hacia su hogar, y en su andar vio hacia el sur las llamas de Muspelheim, donde Surtur aguardaba con su espada ardiente el día en que se uniría a los gigantes contra los dioses; y hacia el norte oyó el rugido del caldero Hvergelmer, vertiéndose sin fin desde Niflheim, el reino de la oscuridad. Comprendió entonces que el mundo estaba atrapado entre el fuego que lo destruiría y las tinieblas que lo devorarían, y que a él, el más antiguo de los dioses, le correspondía ganar la sabiduría capaz de salvarlo.


Con el rostro endurecido frente a la pérdida que se avecinaba, Odín se dirigió por fin hacia el Pozo de Mimir, que se hallaba bajo la gran raíz de Yggdrasil que se hundía en Jötunheim. Allí estaba Mimir, guardián del pozo, con los ojos profundos fijos en el agua profunda. Mimir, que bebía cada mañana de aquella sabiduría, supo de inmediato quién se acercaba. «Salve, Odín, el más antiguo de los dioses», dijo. Odín hizo una reverencia ante el más sabio de todos los seres del mundo. «Quisiera beber de tu pozo, Mimir», dijo. «Hay un precio que pagar. Todos los que han venido a beber aquí se han echado atrás ante ese precio. ¿Lo pagarás tú, el más antiguo de los dioses?». «No me echaré atrás ante el precio que hay que pagar, Mimir», respondió Odín. «Entonces bebe», dijo Mimir, y llenó un gran cuerno con el agua del pozo.


Odín tomó el cuerno con ambas manos y bebió, y bebió largamente. Mientras bebía, todo el futuro se le hizo claro: vio todos los pesares y las tribulaciones que caerían sobre dioses y hombres, pero vio también por qué debían caer, y de qué modo podían sobrellevarse, de manera que, siendo nobles en los días de dolor, dejaran en el mundo una fuerza capaz de destruir, algún día lejano, el mal que trae terror y tristeza y desesperación.


Cuando terminó de beber del gran cuerno que Mimir le había dado, Odín se llevó la mano al rostro y se arrancó el ojo derecho. Fue terrible el dolor que soportó el Padre de Todos, pero no dejó escapar ni un gemido ni una queja. Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con el manto mientras Mimir tomaba el ojo y lo dejaba hundirse, despacio, en las aguas del Pozo de la Sabiduría. Y allí quedó el Ojo de Odín, brillando bajo el agua, como una señal, para todo el que llegara a ese lugar, del precio que el Padre de los Dioses había pagado por su sabiduría.


Esta escena, aunque el escritor irlandés Padraic Colum la narra con libertad literaria en The Children of Odin (1920), tiene su raíz directa en la Edda poética. En la Völuspá —«La profecía de la vidente», el poema más antiguo y solemne de la colección—, la vidente misma revela el secreto que Odín guarda:

«I know where Othin's eye is hidden, / Deep in the wide-famed well of Mimir».

«Yo sé dónde está escondido el ojo de Odín: en lo profundo del célebre pozo de Mimir».

(Völuspá, trad. de Henry Adams Bellows, The Poetic Edda, 1923)

Y añade que Mimir bebe cada mañana el hidromiel del pozo usando la prenda de Odín —su ojo— como recipiente. Snorri Sturluson, dos siglos después, condensa el mismo mito en su Edda prosaica con una economía casi notarial: bajo la segunda raíz de Yggdrasil, la que se extiende hacia los gigantes de la escarcha, está el pozo de Mimir, «wherein knowledge and wisdom are concealed» —«donde se ocultan el conocimiento y la sabiduría»—, y Alfather (Odín) llegó allí una vez a pedir un trago, pero no lo consiguió sin dejar uno de sus ojos como prenda.

(Gylfaginning, trad. de Rasmus B. Anderson, The Younger Edda, 1880)


Conviene señalar algo que rara vez se aclara: existe una segunda tradición, incompatible con esta, en la que la cabeza decapitada de Mimir —y no un pozo— es la fuente de sabiduría de Odín, tras ser enviada como rehén a los Vanir y devuelta sin vida a los Aesir, quien la embalsama y le devuelve el habla mediante magia. Ambas versiones convivían entre los pueblos nórdicos sin que nadie sintiera la necesidad de resolver la contradicción; el mito, como ocurre tan a menudo, no buscaba coherencia sino verdad simbólica.

El sacrificio en el árbol: Odín y el secreto de las runas

El conocimiento del pozo de Mimir no fue el único precio que Odín pagó por su sabiduría. Quedaba aún el secreto de las runas —los signos rúnicos que no eran simples letras, sino fuerzas cósmicas hechas símbolo—, y ese secreto no se obtenía con un trago ni con una pregunta bien formulada. Había que arrancárselo al propio Yggdrasil, el fresno que sostiene los nueve mundos.


El Hávamál —«Los dichos del Altísimo», el poema de consejos y sabiduría atribuido a Odín en la Edda poética— lo cuenta en primera persona, con una crudeza que ninguna paráfrasis logra igualar del todo:

«I ween that I hung on the windy tree, / hung there for nights full nine; / with the spear I was wounded, and offered I was / to Othin, myself to myself, / on the tree that none may ever know / what root beneath it runs».

 

«Sé que colgué del árbol azotado por el viento, colgado allí durante nueve noches enteras; herido fui con la lanza, y ofrecido fui a Odín, yo mismo a mí mismo, en el árbol del que nadie puede saber de qué raíz surge».

(Hávamál, trad. de Henry Adams Bellows, The Poetic Edda, 1923)

No hubo pan ni cuerno de hidromiel que aliviara el ayuno; Odín miró hacia abajo, hacia las raíces invisibles, hasta que —dice el poema— «gritando, tomé las runas» y cayó de nuevo hacia atrás, ya en posesión del conocimiento. La estrofa siguiente añade una imagen que explica el sentido último del sacrificio: «Entonces comencé a prosperar y a ganar sabiduría, crecí y estaba bien; cada palabra me llevó a otra palabra, cada acto a otro acto». El conocimiento, para los pueblos nórdicos, no era un objeto que se recibe intacto, sino algo que germina a partir de una herida.


El propio Hávamál precisa después de quién aprendió Odín las «nueve canciones poderosas»: de un hijo de Bölthorn, abuelo de Bestla —es decir, de un pariente por parte de madre— y bebió, además, «un trago del buen hidromiel vertido de Óðrerir», el mismo hidromiel de la poesía cuya historia se cuenta a continuación.

El Hidromiel de la Poesía

Hubo un tiempo, cuentan los mitos nórdicos, en que existió una bebida capaz de convertir en poeta a cualquiera que la probara: no solo le concedía sabiduría, sino la capacidad de expresar esa sabiduría en palabras tan hermosas que quien las oyera las amaría y las recordaría para siempre. La llamaban el Hidromiel Mágico, o el Hidromiel de la Poesía, y su origen estuvo marcado, desde el principio, por la crueldad y la traición.

El nacimiento y la muerte de Kvasir

Al terminar la guerra entre los Aesir y los Vanir —las dos grandes familias de dioses nórdicos—, ambos bandos buscaron sellar la paz de un modo que nadie pudiera olvidar. Como prenda de su nueva concordia, cada uno de los dioses escupió dentro de una gran vasija, y de aquella saliva mezclada tomó forma un ser llamado Kvasir: el más sabio de todos, capaz de responder cualquier pregunta que se le hiciera. Kvasir recorrió el mundo compartiendo su sabiduría con quien se la pidiera, sin negársela jamás a nadie.


Un día llegó a la morada de dos enanos, Fjalar y Galar, cuya reputación de malicia no había llegado tan lejos como su fama de anfitriones. Lo llevaron a sus cavernas y allí lo asesinaron. «Ahora —se dijeron— tenemos la sangre de Kvasir, y con ella su sabiduría. Nadie más que nosotros la tendrá». Vertieron la sangre en tres recipientes y la mezclaron con miel, y de esa mezcla nació el Hidromiel Mágico: quien lo bebiera obtendría no solo el saber de Kvasir, sino también su don de expresarlo en palabras memorables.

Gilling, su esposa, y la venganza de Suttung

Envalentonados por su crimen, los enanos Fjalar y Galar comenzaron a recorrer Midgard y Jötunheim jugando crueles bromas a quien se cruzara en su camino. Encontraron a un gigante llamado Gilling, de naturaleza sencilla y confiada, y lo convencieron de que los llevara a remar mar adentro. Una vez en el agua, los dos enanos más astutos dirigieron la barca directamente contra una roca. La embarcación se partió; Gilling, que no sabía nadar, se ahogó. Los enanos treparon a los restos del casco y llegaron a tierra sanos y salvos, tan satisfechos con su travesura que quisieron repetirla.


Se dirigieron entonces a la casa de Gilling y gritaron a su esposa que su marido había muerto. La mujer, deshecha en llanto, salió corriendo de la casa retorciéndose las manos. Los enanos, que se habían encaramado al dintel de la puerta, dejaron caer sobre ella una piedra de molino en el momento justo en que salía; la golpeó y la mató en el acto. Cuanto más destrucción sembraban, más se deleitaban los enanos en su propia crueldad, y llegaron a componer canciones que se jactaban abiertamente de haber matado a Kvasir el Poeta, y a Gilling, y a la esposa de Gilling.


Pero se quedaron demasiado tiempo en Jötunheim. Suttung, hermano de Gilling, siguió su rastro y los atrapó. A diferencia de su hermano, Suttung no era simple ni confiado: era astuto y codicioso, y una vez que tuvo a los enanos en su poder no les dejó escapatoria. Los llevó a una roca en medio del mar, una roca que la marea cubriría por completo. Suttung, de pie en el agua —tan alto que la marea apenas le llegaba a las rodillas—, observó cómo el agua subía en torno a los dos enanos, cada vez más aterrados.


«¡Sácanos de la roca, buen Suttung!», gritaron. «Te daremos oro y joyas. Te daremos un collar tan hermoso como el Brísingamen». El gigante se limitaba a reír: no necesitaba oro ni joyas. Entonces Fjalar y Galar gritaron: «¡Sácanos de la roca y te daremos las vasijas del Hidromiel Mágico que hemos elaborado!». «El Hidromiel Mágico —repitió Suttung—. Eso es algo que nadie más posee. Bien vale la pena conseguirlo; podría sernos útil en la guerra contra los dioses. Sí, tomaré el Hidromiel Mágico de vosotros».


Sacó a los enanos de la roca, pero retuvo a Fjalar y a Galar mientras el resto iba a sus cavernas a traer las vasijas del hidromiel. Suttung llevó el tesoro a una cueva excavada en una montaña cercana a su morada. Y así fue como el Hidromiel Mágico, elaborado por los enanos mediante la crueldad y la traición, pasó a manos de los gigantes.

Gunnlöd, la guardiana encantada

Suttung tenía una hija llamada Gunnlöd que, por su bondad y su belleza, se parecía a Gerda y a Skadi, las doncellas gigantes que los propios habitantes de Asgard tanto estimaban. Para que custodiara el Hidromiel Mágico, Suttung la encantó, transformándola de una hermosa doncella gigante en una criatura de dientes largos y uñas afiladas, y la encerró en la cueva donde guardaba las vasijas.


Cuando Odín se enteró de la muerte de Kvasir, a quien honraba por encima de todos los hombres, decidió hacer justicia y, además, recuperar aquel don para entregarlo a la humanidad. Cerró para siempre las cavernas de los enanos que habían cometido el crimen, de modo que jamás pudieran volver a salir al mundo de los hombres, y partió después en busca del Hidromiel Mágico, para que, al probarlo, los hombres obtuvieran sabiduría y las palabras necesarias para hacer que esa sabiduría fuera amada y recordada.

Los nueve siervos y la piedra de afilar

Nueve robustos siervos segaban un campo cuando un Vagabundo, envuelto en un manto azul oscuro y apoyado en un bastón de viajero, pasó junto a ellos. Uno de los siervos le habló: «Diles en la casa de Baugi, allá arriba, que no puedo seguir segando hasta que me envíen una piedra para afilar mi guadaña». «Aquí tienes una piedra», dijo el Vagabundo, y sacó una de su cinturón. El siervo afiló su guadaña con ella y comenzó a segar; la hierba caía ante su hoja como si el viento mismo la hubiera cortado. «Danos la piedra, danos la piedra», gritaron los demás siervos. El Vagabundo la arrojó entre ellos, dejándolos peleándose por ella, y siguió su camino.


El Vagabundo llegó a la casa de Baugi, hermano de Suttung. Descansó allí, y a la hora de la cena le sirvieron comida en la gran mesa. Mientras comía junto al gigante, llegó un mensajero desde el campo. «Baugi —dijo el mensajero—, tus nueve siervos están todos muertos. Se mataron entre sí a golpes de guadaña, peleando en el campo por una piedra de afilar. Ya no queda nadie para hacer tu trabajo». Aquel Vagabundo, por supuesto, no era otro que Odín, disfrazado bajo el nombre de Bölverk —«el que obra mal»—, y la disputa que había sembrado entre los siervos no fue casualidad.

El engaño, la seducción y la fuga en forma de águila

Con los siervos muertos, Baugi se quedó sin manos para el trabajo del campo, y el forastero se ofreció a hacer el trabajo de los nueve hombres a cambio de un solo sorbo del Hidromiel Mágico que Suttung guardaba. Baugi aceptó, aunque advirtió que su hermano jamás cedería ni una gota por su propia voluntad. Cuando terminó el trabajo, ambos se presentaron ante Suttung, y este, tal como se había anunciado, rechazó darles siquiera un sorbo de su preciada bebida.


Baugi, sin embargo, había dado su palabra, y ayudó al forastero a acercarse al hidromiel por otra vía: con un instrumento llamado Rati, perforó un túnel en la roca de la montaña hasta llegar a la cámara donde Suttung guardaba las vasijas. Odín, transformado en serpiente, se deslizó por aquel angosto pasadizo. Una vez dentro, encontró a Gunnlöd, la hija de Suttung, encargada de vigilar el tesoro.


Bajo el nombre de Bölverk, Odín la sedujo, se acostó con ella y, durante tres noches seguidas, bebió un cuerno del hidromiel cada noche. Cada cuerno, sin embargo, resultó ser toda una vasija: al tercer trago, Odín había apurado las tres jarras enteras. Convertido entonces en águila, escapó volando de la cueva de Suttung, dejando atrás a Gunnlöd, que hubo de enfrentar sola la ira de su padre. En su huida, escupió el precioso botín líquido en los recipientes que los dioses de Asgard habían dejado preparados, y así entregó al mundo el Hidromiel de la Poesía.


El propio Hávamál confirma, en primera persona y sin ninguna épica de más, la angustia y el riesgo de aquella empresa:

«The mouth of Rati made room for my passage, / and space in the stone he gnawed; / above and below the giants' paths lay, / so rashly I risked my head».

«La boca de Rati abrió paso para mí, y royó espacio en la piedra; por encima y por debajo se extendían los caminos de los gigantes, tan temerariamente arriesgué mi cabeza».

(Hávamál, trad. de Henry Adams Bellows, The Poetic Edda, 1923)

Y reconoce, con una honestidad poco frecuente en un dios que habla de sí mismo, que sin la ayuda de Gunnlöd el desenlace habría sido otro: «Hardly, methinks, would I home have come, / and left the giants' land, / had not Gunnloth helped me, the maiden good» —«apenas, creo, habría vuelto a casa, dejando la tierra de los gigantes, de no haberme ayudado Gunnlöd, la doncella buena»—. El mismo poema no oculta el reverso incómodo del mito: llama «harsh reward» —«recompensa cruel»— a lo que Odín le dio a cambio de su ayuda, y remata la historia sin absolver al dios: «Suttung's betrayal he sought with drink, / and Gunnloth to grief he left» —«buscó la traición de Suttung con la bebida, y a Gunnlöd la dejó en el dolor»—.

(Hávamál, trad. de Henry Adams Bellows, The Poetic Edda, 1923)

Ragnarök: la muerte de Odín

Toda la sabiduría que Odín acumuló a tan alto precio le sirvió, sobre todo, para conocer su propio final. Los mitos nórdicos no imaginaban a sus dioses como seres eternos: estaban condenados a perecer, junto con el mundo que habían creado, en la batalla final llamada Ragnarök, el «Destino de los Dioses».


Según la Völuspá, quien profetiza esta batalla es la misma vidente que reveló el secreto del ojo de Odín en el pozo de Mimir. Cuando llegue el día, Odín cabalgará a Sleipnir y combatirá contra el lobo Fenrir—criatura que los propios dioses habían mantenido encadenada durante siglos, temiendo justamente este momento—, armado con su lanza Gungnir. Pero ni la lanza infalible ni toda su sabiduría bastarán: Fenrir devorará a Odín.


Su hijo Vidar, «el dios silencioso», vengará la muerte de su padre de inmediato. Las dos grandes fuentes de la mitología nórdica difieren en el modo exacto: la Völuspá dice que Vidar atraviesa el corazón de Fenrir con una espada, mientras que Snorri Sturluson, en su Gylfaginning, cuenta que Vidar calza un zapato especial—hecho, según la leyenda, con todos los retazos de cuero que la humanidad ha desechado al recortar sus propios zapatos a lo largo de los siglos—, pisa con él la mandíbula inferior del lobo, sujeta la mandíbula superior con la mano, y desgarra a Fenrir en dos. Ambas versiones, como ocurre tan a menudo en estos mitos, convivían sin que nadie sintiera la necesidad de elegir entre ellas.


Tras la muerte de Odín, el mundo entero arde: Surtr, el gigante de fuego que desde el principio de los tiempos montaba guardia en Muspelheim, prende toda la creación, y tierra, cielo y mar se hunden. Pero el Ragnarök no es, en la mitología nórdica, un final absoluto: algunos dioses sobreviven—entre ellos, el propio Vidar—y de las aguas vuelve a emerger una tierra nueva y verde, donde comienza otra vez el ciclo del mundo.

Por qué estos mitos se cuentan juntos

La creación del mundo, el sacrificio del ojo, la horca en el árbol, el robo del hidromiel y la muerte devorado por un lobo no son anécdotas sueltas: son las distintas caras de una misma obsesión. En todas ellas, Odín renuncia a algo irremplazable —un ojo, nueve noches de suplicio, el honor de Gunnlöd sacrificado sin miramientos, y finalmente su propia vida— a cambio de un conocimiento que no es solo información, sino la capacidad de comprender el destino y de expresarlo en un lenguaje que otros puedan recordar. Los pueblos nórdicos no imaginaban la sabiduría como una posesión gratuita: era, literalmente, algo que se compraba con dolor propio o ajeno, y ni siquiera el más alto de los dioses quedaba exento de pagar ese precio, ni libre de la sombra moral que ese precio proyectaba, ni—en última instancia—de la muerte que toda esa sabiduría le permitió anticipar pero no evitar.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el nombre de Odín?

El nombre nórdico antiguo Óðinn deriva de la raíz óðr, que significa éxtasis, furia o inspiración. El cronista del siglo XI, Adam de Bremen tradujo el nombre como «el Furioso». Odín es también conocido como Woden o Wuotan entre los pueblos germánicos, de donde proviene el nombre en inglés del miércoles, Wednesday («el día de Woden»).

¿Cuál es el papel de Odín en la creación del mundo?

Según la mitología nórdica, Odín y sus hermanos Vili y Vé dieron muerte al gigante primordial Ymir y crearon el mundo con su cuerpo: la tierra de su carne, el mar de su sangre, las montañas de sus huesos y el cielo de su cráneo. Los tres dioses también crearon a los primeros seres humanos, Ask y Embla, a partir de dos troncos de árbol hallados en la orilla del mar.

¿Cuáles son los símbolos y atributos de Odín?

Sus atributos principales son la lanza Gungnir, que nunca erraba un golpe; el anillo Draupnir, que se multiplicaba a sí mismo; el caballo de ocho patas Sleipnir; los cuervos Hugin y Munin, que recorrían el mundo cada día y le contaban lo que veían; y los lobos Geri y Freki, que comían a sus pies. Su trono, Hlidskjálf, le permitía ver todo lo que ocurría en los nueve mundos.

¿Quién era la familia de Odín?

Odín tuvo varias esposas según los mitos: Jörd, la tierra primitiva, con quien tuvo a Thor; Frigga, su esposa principal, con quien tuvo a Balder y a Hermod; Rind, madre de Vali; Gunnlöd, madre de Bragi; y Grid, madre de Vidar. Cada unión representaba una faceta distinta del mundo natural o divino.

¿Por qué Odín dio su ojo en el Pozo de Mimir?

Según la Edda poética y la Edda prosaica, Odín entregó uno de sus ojos como precio para beber del Pozo de Mimir, guardado por el ser llamado Mimir bajo una de las raíces del árbol Yggdrasil. El agua de ese pozo contenía sabiduría y conocimiento del destino, y Mimir bebía de ella cada mañana usando el ojo de Odín como prenda.

¿Cómo consiguió Odín las runas?

Según el poema Hávamál, Odín se colgó del árbol Yggdrasil durante nueve noches, herido con una lanza y sin recibir alimento ni bebida, como ofrenda de sí mismo a sí mismo. Al noveno día, mirando hacia abajo, tomó las runas gritando y cayó de regreso, habiendo obtenido el conocimiento de los signos mágicos.

¿Qué es el Hidromiel de la Poesía y de dónde vino?

El Hidromiel de la Poesía se elaboró con la sangre de Kvasir, un ser nacido de la saliva de los dioses Aesir y Vanir tras su pacto de paz. Los enanos Fjalar y Galar lo asesinaron y mezclaron su sangre con miel. El hidromiel pasó luego a manos del gigante Suttung, y finalmente Odín lo obtuvo mediante engaño, seducción y fuga en forma de águila.

¿Cómo muere Odín en el Ragnarök?

Según la Völuspá, en la batalla final del Ragnarök Odín se enfrenta al lobo Fenrir y es devorado por él. Su hijo Vidar lo venga de inmediato matando a Fenrir; según una versión, apuñalándolo en el corazón, y según otra, más tardía, desgarrándole las fauces con un zapato especial hecho de retazos de cuero.

Mira también

Fuentes y referencias

  • Guerber, H. A. Myths of the Norsemen: From the Eddas and Sagas. Londres: George G. Harrap & Company, 1909. Dominio público. Project Gutenberg, ebook 28497. [Etimología, creación del mundo, apariencia y atributos de Odín, familia, Valhalla y los einherjar.]
  • Colum, Padraic. The Children of Odin: The Book of Northern Myths. Nueva York: Macmillan, 1920. Dominio público. Project Gutenberg, ebook 22656. [Base narrativa de los relatos del Pozo de Mimir y el Hidromiel de la Poesía.]
  • Völuspá, Hávamál y Vafþrúðnismál, en The Poetic Edda, trad. de Henry Adams Bellows. Nueva York: American-Scandinavian Foundation, 1923. Dominio público. [Citas directas; la muerte de Odín y la venganza de Vidar según la Völuspá.]
  • Sturluson, Snorri. Gylfaginning, en The Younger Edda, trad. de Rasmus B. Anderson. Chicago: Scott, Foresman and Company, 1880. Dominio público. [El pozo de Mimir; la versión alternativa de la muerte de Fenrir a manos de Vidar.]