Santa Elena y el hallazgo de la Cruz: vida y milagros

Hay una mujer en el centro de esta historia que empezó su vida sirviendo en una posada y la terminó buscando, con más de setenta y cinco años, el madero en el que había muerto Cristo. Entre esas dos escenas caben un hijo que llegó a emperador, un repudio que la apartó del poder durante décadas, y un viaje a Jerusalén del que volvió con la reliquia más venerada de la cristiandad. Santa Elena es la patrona de los arqueólogos, y también, no por casualidad, de quienes fueron dejados de lado y encontraron su lugar mucho más tarde de lo que esperaban.

Santa Elena de un vistazo
Nombre completo Flavia Julia Elena Augusta
Nacimiento Hacia el año 248, en Drepanum, Bitinia
Hijo Constantino el Grande
Peregrinación Tierra Santa, hacia 326-328
Fiesta 18 de agosto
Patrona de Arqueólogos, conversos, matrimonios difíciles
Sepultura Sarcófago de pórfido, Museos Vaticanos

La mesonera de Drepanum

Elena nació hacia el año 248 en Drepanum, un puerto pequeño de Bitinia, a orillas del mar de Mármara. No era noble, no tenía fortuna y no había en su cuna nada que anunciara lo que vendría. San Ambrosio de Milán, que la admiraba, la llamó bona stabularia, «buena mesonera», y lo dijo como el mayor de los elogios: quiso decir que Dios eligió a una mujer que atendía establos y viajeros para que fuera precisamente ella quien encontrara el lugar donde había nacido y muerto el Señor. La que servía en la posada terminó buscando el pesebre.

En esa posada, o en alguna parte de esa vida modesta, conoció a Constancio Cloro, un militar romano en ascenso. Hacia el año 272, en Naissus -la actual Nis, en Serbia-, Elena dio a luz a un varón al que llamaron Constantino. Nadie podía saberlo entonces, pero acababa de nacer el hombre que cambiaría la historia del cristianismo.

El repudio y los años de silencio

La carrera de Constancio siguió subiendo, y llegó el momento en que subir más exigía un matrimonio dinástico. Hacia el año 289, para casarse con Teodora, hijastra del emperador Maximiano, Constancio apartó a Elena de su lado. Ella no era emperatriz, no era noble, no servía a la política: fue dejada atrás.

De los años que siguieron casi no se sabe nada. Elena desaparece de las crónicas durante más de tres décadas. Fue un tiempo largo de oscuridad y de espera, con un hijo lejos, en la corte, haciéndose soldado. Muchas devociones populares se han detenido en este tramo callado de su vida, porque es el que la vuelve cercana: durante treinta años, la mujer que después sería Augusta y santa no fue nada a los ojos del mundo. Su historia no terminó ahí, aunque en aquel momento debió parecer que sí.

Madre e hijo: la vuelta al primer plano

Constantino no la olvidó. Cuando en el año 306 fue proclamado emperador por sus tropas, una de las cosas que hizo fue llamar a su madre a la corte y devolverle un lugar. Seis años después, en la batalla del Puente Milvio, adoptaría como enseña el crismón, el monograma de Cristo. Hacia el año 324, cuando ya era dueño único del Imperio, le concedió el título de Augusta, el más alto que podía llevar una mujer romana, y ordenó acuñar monedas con su rostro. Le dio además acceso al tesoro imperial para que dispusiera de él como quisiera, y rebautizó su ciudad natal con el nombre de Helenópolis, «la ciudad de Elena».

La relación entre ambos es una de las más conmovedoras de la Antigüedad tardía. Él le debía la vida y ella, en cierto modo, le devolvió el alma: la tradición cristiana atribuye a Elena buena parte de la inclinación de su hijo hacia la fe, y es difícil imaginar el edicto que dio libertad a los cristianos sin la mujer que lo había criado. Constantino le entregó el Imperio a su madre en la medida en que un hijo puede hacerlo. Ella usó ese poder para ir a buscar una cruz.

La peregrinación a Tierra Santa

Hacia el año 326, con unos setenta y ocho años cumplidos, Elena emprendió el viaje a Tierra Santa. Eusebio de Cesarea, que fue contemporáneo, describe aquel recorrido: la anciana emperatriz atravesó las provincias de Oriente repartiendo limosnas a los pobres, liberando prisioneros, sacando gente de las minas y del destierro, y devolviendo a muchos lo que les había sido quitado. No viajaba como turista de lo sagrado, sino haciendo el bien en cada parada del camino.

A ella se atribuye la fundación de la basílica de la Natividad en Belén, sobre la gruta del nacimiento, y la del Eleona en el monte de los Olivos, sobre el lugar de la Ascensión. Eusebio cuenta que adornó la cueva de Belén con ornamentos preciosos, y uno la imagina arrodillada en ese suelo, la mujer de la posada por fin dentro del establo que había buscado toda su vida.

La leyenda de la madera de la Cruz

Antes de contar la excavación conviene contar la leyenda que la Edad Media puso por delante de ella, porque es la que explica por qué aquel madero importaba tanto. Santiago de la Vorágine la recogió en la Leyenda Dorada y Piero della Francesca la pintó entera en los muros de Arezzo, y empieza mucho antes de Cristo: empieza con Adán moribundo.

Cuenta el relato que Adán, ya con novecientos treinta años y sabiendo que iba a morir, envió a su hijo Set de vuelta al Paraíso a pedir el óleo de la misericordia. Set llegó hasta la puerta y allí lo recibió el arcángel Miguel, que en lugar del óleo le entregó una rama del árbol y le dijo que su padre sanaría cuando esa rama diera fruto. Set volvió tarde: Adán ya había muerto. Entonces plantó la rama sobre la tumba de su padre, y de ella creció un árbol que siguió en pie durante siglos.

Mil años después, Salomón mandó talar aquel árbol para usarlo en la construcción del Templo. Pero la viga no servía: era siempre demasiado larga o demasiado corta, se encogía o se estiraba, y ninguna medida le calzaba. Los constructores acabaron descartándola y la echaron sobre un arroyo, para que sirviera de puente.

Ahí ocurre la escena más pintada de toda la leyenda. La reina de Saba, que había venido a Jerusalén a ver a Salomón, llegó hasta ese puente y se detuvo. Al poner el pie sobre la madera tuvo una visión: supo que en aquel madero sería colgado el Salvador del mundo. Se negó a pisarlo, se arrodilló en la orilla y lo adoró, y después le advirtió a Salomón lo que había visto. El rey, asustado, mandó retirar la viga y enterrarla a gran profundidad, tan hondo que con los años nadie recordó dónde estaba.

Siglos más tarde se construyó sobre ese lugar un estanque, la piscina probática, cuyas aguas curaban a los enfermos, y nadie relacionó nunca ese poder con lo que dormía debajo. Poco antes de la Pasión, dice la leyenda, la viga volvió a aparecer flotando en el agua. La sacaron, y de ella hicieron la cruz.

La historia cierra sobre sí misma con una elegancia que explica su éxito: la madera del árbol que causó la caída del hombre es la misma que sostiene al que lo redime, y Adán está enterrado justo debajo, de modo que la sangre del Redentor cae sobre los huesos del primer pecador. Por eso la iconografía cristiana pinta una calavera al pie de la Cruz. Es el cráneo de Adán, y el Gólgota significa, precisamente, lugar de la calavera.

El hallazgo de la Cruz

Pero había algo más que quería encontrar. Sobre el Gólgota, el emperador Adriano había mandado levantar dos siglos antes un templo pagano, dedicado a Venus, precisamente para borrar la memoria del lugar donde había muerto Cristo. Aquella profanación, pensada para hacer olvidar, terminó sirviendo de señal: había marcado con exactitud el sitio que los cristianos no debían perder.

Elena ordenó demoler el templo y excavar. Se retiraron toneladas de tierra y escombros. Y al fondo, cuenta la tradición, aparecieron tres maderos: las tres cruces del Calvario, la de Cristo y las de los dos ladrones, y con ellas el titulus, la tabla con la inscripción que Pilato había mandado clavar sobre la cruz. Pero el letrero estaba suelto, separado de los maderos, y nadie podía decir a cuál de las tres había estado sujeto.

El milagro de las tres cruces

La alegría del hallazgo se detuvo en seco ante esa duda. Tres cruces idénticas, tres maderos gastados por el tiempo, y ninguna manera humana de distinguir el de Cristo del de los ladrones que murieron a su lado.

Entonces intervino Macario, obispo de Jerusalén. Según el relato que recogen san Ambrosio y Rufino de Aquileya, propuso una prueba: llevar los tres maderos ante una mujer de la ciudad que estaba agonizando, y dejar que Dios señalara el suyo. Se organizó una procesión solemne, con salmos y oraciones, y llevaron las cruces hasta el lecho de la enferma.

Acercaron la primera. No ocurrió nada. Acercaron la segunda, y la mujer siguió igual, moribunda. Acercaron la tercera, y en el instante en que el madero la tocó, la enferma abrió los ojos, se incorporó y se puso de pie, completamente sana. Algunas versiones de la leyenda añaden que también se tocó con ella el cuerpo de un difunto que llevaban a enterrar, y que el muerto volvió a la vida.

Ahí estaba la respuesta. La cruz que devolvía la vida era la de aquel que había vencido a la muerte. Cuentan que los ojos de Elena y los de Macario se encontraron, y que el obispo se inclinó muy despacio y besó el madero. Después, Elena y el obispo llevaron la Cruz en procesión por las calles de Jerusalén, entre miles de fieles.

Judas Ciriaco, el hombre del pozo

Hay una segunda versión del hallazgo, más tardía que la de Ambrosio y muy difundida en la Edad Media, que introduce un personaje que la primera no tiene. En ella, Elena llega a Jerusalén y nadie sabe decirle dónde está la Cruz, hasta que le señalan a un hombre llamado Judas, que según la leyenda era nieto de Zaqueo y sobrino de san Esteban, el primer mártir, y que había recibido de su padre el secreto del lugar.

Judas se negó a hablar. Sabía dónde estaba y no quiso decirlo. Lo encerraron entonces en un pozo seco, sin comida, y allí pasó siete días. Al séptimo cedió y pidió que lo llevaran al Gólgota. Una vez sobre el terreno hizo algo que la leyenda subraya: no señaló el sitio de memoria, sino que se puso a rezar y le pidió a Dios que se lo mostrara. Y cuenta el relato que entonces la tierra tembló levemente y un perfume dulcísimo llenó el aire de todo el lugar.

Judas cavó él mismo, con sus manos, hasta encontrar las tres cruces a varios metros de profundidad, y las puso a los pies de la emperatriz. En esta versión, la prueba para reconocer a la verdadera es la del muerto: Elena hizo detener un cortejo fúnebre que pasaba, y acercaron el cadáver a cada uno de los maderos. Ante el tercero, el muerto volvió a la vida.

Lo que sigue es lo que le dio a esta leyenda su fuerza durante mil años. El hombre que se había negado a hablar, y que había pasado siete días en un pozo antes que revelar el secreto se arrodilló y proclamó a Cristo Salvador del mundo. Se hizo bautizar y tomó un nombre nuevo: Ciriaco, que quiere decir «el que pertenece al Señor». Encontró después los clavos y con el tiempo llegó a ser obispo de Jerusalén, sucediendo a Macario. El que fue arrojado a un pozo terminó al frente de la iglesia de la ciudad donde estaba enterrada la Cruz.

Los clavos y el reparto de la Cruz

La tradición cuenta que junto a los maderos aparecieron también los clavos. Elena envió dos a su hijo, y según la Leyenda Dorada, Constantino puso uno en la brida de su caballo y otro en su casco, para llevar en la batalla lo que había sostenido a Cristo en la suya.

La Cruz misma fue dividida en tres partes. Una quedó en Jerusalén, guardada en un cofre de plata, para que la ciudad no perdiera nunca lo que había recuperado. Otra fue a Constantinopla, junto a su hijo. Y la tercera viajó a Roma, donde Elena la depositó en su propio palacio, el Sessorium, que ella misma hizo transformar en iglesia: hoy se llama Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén -de ese vínculo entre Roma y la ciudad santa nacería siglos después la cruz de Jerusalén-, y para levantarla mandó traer tierra del Gólgota, de modo que la iglesia se alzara literalmente sobre suelo del Calvario.

Con el tiempo, fragmentos de aquel madero -los lignum crucis- llegaron a iglesias de toda la cristiandad, y con ellos la fiesta del hallazgo, que se celebra el 3 de mayo. Tres siglos después, en el año 630, el emperador Heraclio devolvió esa misma Cruz a Jerusalén tras recuperarla de los persas: se cuenta que llegó descalzo, sin corona ni manto imperial, vestido de penitente, cargando el madero sobre sus propios hombros.

La visión de Ana Catalina Emmerich

Quince siglos más tarde, en un cuarto de la aldea alemana de Dülmen, una monja agustina postrada en cama volvió a ver aquella excavación. Ana Catalina Emmerich llevaba en su cuerpo las llagas de la Pasión, que sangraban en determinadas fechas del año. En la primavera de 1822, sus estigmas permanecieron cerrados durante semanas y no sangraron en ninguna ocasión salvo una: el día de la fiesta del hallazgo de la Santa Cruz.

Ese mismo día tuvo la visión. Vio el descubrimiento de la Vera Cruz por Santa Elena, y mientras lo veía se sintió a sí misma tendida dentro de la excavación, junto al madero. No lo contempló desde afuera, como quien mira un cuadro: estaba adentro del pozo, acostada al lado de la Cruz recién desenterrada, en el mismo hueco de tierra donde Elena y sus obreros acababan de encontrarla.

La escena tiene una simetría que conmueve: una mujer enferma, a la que le duele el cuerpo con las mismas heridas del Crucificado, se encuentra tendida en el fondo de un pozo de Jerusalén, junto al madero que causó esas heridas, y junto a la memoria de otra mujer que también había esperado décadas para llegar hasta ahí. Las llagas que no habían sangrado en todo aquel tiempo se abrieron precisamente ese día, como si el cuerpo hubiera reconocido la fecha antes que la mente.

Emmerich vio también, en otra de sus visiones, el origen de esa madera, y su versión no coincide con la de la Leyenda Dorada. En sus revelaciones sobre los primeros días del mundo cuenta que Adán, al ser expulsado, alcanzó a llevarse del Paraíso un ramo de olivo, y que lo plantó allí mismo, en el suelo desnudo donde habría de vivir su destierro. De aquel árbol, dice, se sacó más tarde la leña para la cruz del Salvador. En su relato no hay ángel en la puerta ni encargo a un hijo: es el propio Adán quien salva una rama del jardín perdido y la siembra en la tierra del exilio, y es esa rama la que vuelve, milenios después, convertida en el instrumento que deshace lo que él había hecho.

Su muerte y su sepulcro

Elena volvió de Tierra Santa y murió poco después, hacia el año 328 o 330, con unos ochenta años. Eusebio cuenta que su hijo estuvo junto a ella hasta el final, sosteniéndole la mano. La mujer que había sido apartada del poder cuatro décadas atrás murió siendo Augusta, con el emperador del mundo a la cabecera de su cama, llamándola madre.

Constantino la hizo sepultar con honores imperiales en el mausoleo de Tor Pignattara, en la vía Labicana de Roma, dentro de un sarcófago colosal de pórfido rojo, la piedra reservada a la familia imperial, tallado con jinetes romanos y prisioneros vencidos. Ese sarcófago fue trasladado en el siglo XVIII a los Museos Vaticanos y hoy puede verse en la Sala de la Cruz Griega del Museo Pío-Clementino: un enorme bloque de piedra púrpura, montado sobre cuatro leones de mármol, que lleva el nombre de la mesonera de Drepanum.

Su fiesta se celebra el 18 de agosto. Es patrona de los arqueólogos, por razones evidentes, pero también de los conversos, de los matrimonios difíciles y de quienes fueron abandonados por su cónyuge. La Iglesia entendió, al darle esos patronazgos, algo que la vida de Elena enseña sin necesidad de sermón: que treinta años de silencio no son necesariamente el final de una historia, y que hay tareas que solo se pueden emprender cuando ya se ha vivido bastante.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Santa Elena?

Flavia Julia Elena fue la madre del emperador Constantino el Grande. Nació hacia el año 248 en Drepanum, en Bitinia, de origen humilde, y llegó a recibir el título de Augusta. Ya anciana, emprendió una peregrinación a Tierra Santa, donde, según la tradición, halló la Cruz de Cristo. Su fiesta se celebra el 18 de agosto.

¿Cómo reconoció Santa Elena la verdadera Cruz?

Según la tradición, al excavar aparecieron tres cruces y no había modo de saber cuál era la de Cristo. El obispo Macario de Jerusalén propuso acercarlas a una mujer que agonizaba. Con la primera no ocurrió nada, con la segunda tampoco, y al tocarla, la tercera, la enferma, abrió los ojos y se levantó sana.

¿Qué pasó con los clavos de la Cruz?

La tradición cuenta que Elena encontró también los clavos y envió dos a su hijo Constantino. Según la Leyenda Dorada, el emperador colocó uno en la brida de su caballo y otro en su casco, para llevar consigo en la batalla aquello que había sostenido a Cristo.

¿Dónde está enterrada Santa Elena?

Fue sepultada en el mausoleo imperial de Tor Pignattara, en la vía Labicana de Roma. Su sarcófago de pórfido rojo, tallado con jinetes y prisioneros, se trasladó en el siglo XVIII a los Museos Vaticanos, donde puede verse hoy en la Sala de la Cruz Griega del Museo Pío Clementino.

¿Tuvo Ana Catalina Emmerich una visión sobre Santa Elena?

Sí. Vio el descubrimiento de la Vera Cruz por Santa Elena, y mientras lo veía se sintió a sí misma tendida dentro de la excavación, junto al madero recién desenterrado. Fue el día de la fiesta del hallazgo de la Santa Cruz, y el único de aquel período en que sus estigmas, cerrados desde hacía semanas, volvieron a sangrar.

Fuentes

  • Ambrosio de Milán, De obitu Theodosii, año 395. Primer relato completo del hallazgo de la Cruz por Elena, y origen de la expresión bona stabularia.
  • Eusebio de Cesarea, Vita Constantini, libro III. La peregrinación de Elena, sus limosnas y su muerte junto a Constantino.
  • Rufino de Aquileya, Historia eclesiástica, y Sócrates Escolástico, sobre el milagro de las tres cruces y el reparto de la reliquia.
  • Santiago de la Vorágine, La Leyenda Dorada, sobre la madera de la Cruz desde Adán hasta la piscina probática, la leyenda de Judas Ciriaco y los clavos en la brida y el casco de Constantino.
  • Piero della Francesca, ciclo de frescos La leyenda de la Vera Cruz, basílica de San Francisco de Arezzo, hacia 1452-1466, que narra en imágenes la misma secuencia.
  • Emmerich, Ana Catalina, Visiones y revelaciones, tomo I, sobre el ramo de olivo que Adán se llevó del Paraíso y del que salió la madera de la cruz.
  • Brentano, Clemens, Life of Anne Catherine Emmerich, sobre la visión del hallazgo de la Cruz y los estigmas de 1822. annecatherineemmerich.com.
  • Fundación Jacobea, «Santa Elena: emperatriz, viajera y peregrina a Tierra Santa», sobre el desarrollo de la leyenda y el milagro atribuido a Macario.
  • Museos Vaticanos, ficha del sarcófago de santa Elena, Sala de la Cruz Griega, Museo Pío Clementino.

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