Aquiles: significado y simbolismo del héroe
Aquiles es el mayor guerrero del ejército griego en la guerra de Troya y el protagonista de la Ilíada. Hijo del rey mortal Peleo y de la nereida Tetis, es medio dios y del todo mortal, y esa mezcla es su definición: tiene la fuerza y la velocidad de su madre y el plazo de vida de su padre. Homero, que abre el poema pidiéndole a una musa que cante su cólera, lo llama «el de los pies ligeros». Antes de que empiece el poema, ya había arrasado veintitrés ciudades y matado a reyes, a hijos de dioses y a un rey invulnerable.
Lo que simboliza no es la fuerza, que otros héroes también tienen. Aquiles es el símbolo de la grandeza que se paga con la vida y sabe lo que está pagando. Un oráculo le dio a elegir entre volver a casa y vivir muchos años sin que nadie lo recuerde, o ir a Troya, morir joven y quedar en la memoria para siempre. Eligió con los ojos abiertos, y esa elección consciente es lo que lo separa del guerrero que no sabe lo que arriesga y lo que convirtió su nombre, durante veinticinco siglos, en la medida de la gloria humana.
Y simboliza, a la vez, la duda sobre si esa elección valía la pena. La Ilíada no cuenta la caída de Troya ni el episodio del caballo: cuenta unas semanas del décimo año del asedio, y su asunto es lo que un guerrero hace cuando decide que el sistema de honor por el que iba a morir no funciona. Su cólera contra Agamenón, su duelo por Patroclo y su llanto compartido con el padre del enemigo que él mismo mató son los tres momentos en los que el poema mide ese precio.
De ese personaje, la posteridad conservó sobre todo una vulnerabilidad que Homero jamás le atribuyó, y que hoy se nombra a diario sin pensar en él. Entre medio quedó un dios con templo propio en una isla del mar Negro, adorado durante nueve siglos por marineros que le dejaban ofrendas.
| En Homero | El que pone en duda que la gloria valga su precio, y llora con el padre de su enemigo |
|---|---|
| En el culto griego | Aquiles Pontarches, «señor del Ponto»: dios protector de la navegación en el mar Negro |
| En la tradición tardía | El invulnerable con un punto débil, imagen que nace con Estacio en el siglo I d.C. |
| Para Alejandro Magno | Antepasado y modelo: prueba de que la gloria humana puede durar para siempre |
| En la lengua actual | «Talón de Aquiles»: el punto débil de quien parece invencible |
| Denominador común | Cada época se quedó con una parte distinta de él; lo que cambia no es el personaje sino qué se conserva y qué se descarta |
- Origen del nombre
- El guerrero que no pudo esconderse
- Los reyes y héroes que derrotó
- La cólera y el precio del honor
- La embajada que Aquiles rechaza
- Patroclo y el llanto del más fuerte
- ¿Amantes o compañeros de armas?
- Las manos que besó Príamo
- Los dos destinos, y lo que dijo después
- El talón que Homero no conoce
- La muerte de Aquiles
- El dios del mar Negro
- El lector más peligroso de la Ilíada
- El Aquiles de Virgilio
- Por qué Dante lo condenó entre los lujuriosos
- El tendón que lleva su nombre
- Errores frecuentes
- Preguntas frecuentes
Origen del nombre
Aquiles no se llamaba Aquiles. Según Apolodoro, su nombre de nacimiento era Ligirón, y fue el centauro Quirón quien lo rebautizó al hacerse cargo de su crianza. La etimología del nuevo nombre se discute desde la Antigüedad. La lectura más difundida lo compone de achos, «dolor», y laos, «pueblo» o «ejército»: el que trae dolor a los suyos, que es exactamente lo que hace en el poema. Apolodoro propone otra, a-cheilos, «sin labios», porque el niño quedó sin mamar cuando su madre abandonó la casa. Las dos explican el mismo hecho desde lados opuestos: la primera anuncia el poema entero, la segunda recuerda que empezó siendo un recién nacido al que se le fue la madre.
El guerrero que no pudo esconderse
Advertida por un oráculo de que su hijo moriría en Troya, Tetis lo escondió en la corte del rey Licomedes, en la isla de Esciros, vestido de muchacha y con nombre de mujer, Pirra, «la pelirroja». Allí tuvo con la princesa Deidamia un hijo, Neoptólemo, que años más tarde combatiría en la misma guerra.
Odiseo fue a buscarlo disfrazado de mercader, con un cargamento de joyas, telas y espejos para las mujeres del palacio, y entre ellos, disimuladas, unas armas. Cuando sonó afuera un cuerno de guerra —la señal que el propio Odiseo había ordenado dar—, todas huyeron menos una figura, que tomó la espada y el escudo y se puso en guardia. La escena vale como emblema del personaje: Aquiles no fue descubierto por otro, se descubrió solo. Es incapaz de dejar de ser lo que es, aunque su vida dependa de conseguirlo.
Los reyes y héroes que derrotó
La Ilíada arranca en el décimo año, cuando Aquiles ya tiene una hoja de servicios larga. Él mismo la resume en el canto IX al rechazar la embajada: veintitrés ciudades saqueadas, doce alcanzadas por mar y once por tierra.
Tenes, rey de Ténedos e hijo de Apolo. Fue el primero, y Tetis le había advertido a su hijo justamente eso: que si mataba a un hijo de Apolo, moriría a manos de Apolo. Aquiles lo mató sin saber quién era, defendiendo a su hermana. Es la primera vuelta de un lazo que se cierra al final de su vida.
Cicno de Colona, hijo de Poseidón. Al desembarcar en la Tróade, Aquiles se enfrentó a un rey al que el bronce no podía atravesar. Lo mató estrangulándolo con la correa de su propio casco, o aplastándolo con una piedra según otras versiones. En Ovidio, el cuerpo desaparece y se convierte en cisne cuando Aquiles vuelve a quitarle la armadura. El único rey verdaderamente invulnerable del ciclo troyano cayó porque su enemigo buscó lo que las armas no podían hacer.
Eetión, rey de Tebas Hipoplacia, y sus siete hijos. Eetión era el padre de Andrómaca, la esposa de Héctor. Aquiles tomó la ciudad y los mató a todos, y años después mataría también a su yerno. Andrómaca pierde a manos del mismo hombre a su padre, a sus siete hermanos y a su marido.
Mines, rey de Lirneso. De aquel saqueo salió Briseida, la cautiva que Agamenón le quitaría después y con la que empieza el poema. La disputa que desata la Ilíada tiene su origen en una ciudad que Aquiles arrasó.
Troilo, hijo de Príamo. Un muchacho al que emboscó fuera de las murallas, y lo mató, según varias fuentes, en el santuario de Apolo Timbreo. Es el mismo lugar donde una tradición tardía sitúa la muerte del propio Aquiles.
Licaón y Polidoro, también hijos de Príamo. A Licaón lo había capturado y vendido como esclavo tiempo atrás; cuando lo encuentra de nuevo en el canto XXI, ya sin armas y suplicando, lo mata igual. Es el pasaje donde le explica que antes de que muriera Patroclo prefería tomar prisioneros, y que ahora no.
Asteropeo, nieto del río Axio. Este merece atención aparte, porque es el único que le saca sangre. Era ambidiestro y le arrojó las dos lanzas a la vez: una dio en el escudo sin atravesarlo, la otra le rasguñó el brazo derecho junto al codo, y de allí, escribe Homero, brotó negra sangre. Aquiles lo mató enseguida abriéndole el vientre. Ese rasguño es la prueba textual de que el Aquiles de la Ilíada no es invulnerable en ninguna parte.
Héctor, Pentesilea y Memnón. Los tres grandes, y los tres con un detalle que los emparenta: al mejor guerrero de Troya lo mata para vengar a un amigo, a la reina amazona la mata y se queda mirándola, y a Memnón, hijo de una diosa como él, lo mata después de que Zeus pesara los dos destinos en la balanza.
Hay una excepción notable en la lista: Télefo, rey de Misia e hijo de Heracles, al que hirió sin matarlo. La herida no cerraba; un oráculo dijo que solo la curaría quien la había causado, y Télefo tuvo que ir a buscar a su enemigo. Raspando el óxido de la misma lanza que lo había herido, Aquiles lo sanó, y Télefo, a cambio, les mostró a los griegos el camino a Troya. Es la única vez que su lanza sirve para lo contrario de lo que sirve siempre.
La cólera y el precio del honor
La disputa que abre el poema ocurre en el décimo año del asedio. Zeus ya ha decidido su desenlace, y el conflicto empieza por un sacerdote de Apolo cuya hija está en manos de Agamenón. El dios manda una peste sobre el campamento; obligado a devolver a la muchacha, Agamenón se resarce quitándole a Aquiles la suya, Briseida.
Lo que está en juego no es la mujer sino lo que representa. El botín se repartía en proporción al mérito reconocido en combate, de modo que quitárselo delante del ejército equivale a declarar públicamente que el mejor de los aqueos no lo es. Aquiles se retira a sus naves y pide a su madre que interceda ante Zeus para que los troyanos ganen mientras él esté fuera: quiere que los suyos pierdan, y que pierdan lo suficiente como para medir lo que vale. La cólera del primer verso no es un arrebato; es una huelga.
La embajada que Aquiles rechaza
Con los troyanos ya sobre las naves, Agamenón manda una embajada con una oferta desmedida: Briseida devuelta sin haber sido tocada, siete ciudades, veinte troyanas, la mano de la hija que Aquiles elija y riquezas incontables. Aquiles los recibe bien, les sirve vino y dice que no.
Su respuesta a Odiseo, en el canto IX, es el pasaje que da al personaje su peso filosófico, y conviene seguirla por partes. Empieza avisando que va a hablar sin rodeos, porque odia como a las puertas del Hades al que dice una cosa y esconde otra en el pecho. Después expone su cuenta: ha peleado sin descanso, ha saqueado ciudades, y el reparto termina siempre igual, con el que se queda en las naves llevándose tanto como el que se expone. De ahí saca la conclusión de que desarma la oferta: el que pelea no sale mejor parado que el que no pelea, al cobarde y al valiente se les tiene en el mismo honor, y la muerte reparte la misma medida al que trabaja y al que está ocioso.
Sigue con el argumento de que solo él puede usar, porque conoce su destino: se pueden recobrar los bueyes y las ovejas, y se pueden comprar trípodes y caballos, pero la vida de un hombre no vuelve una vez que ha salido de entre los dientes. Puesto a elegir, dice, prefiere volver a Ftía y vivir largamente sin gloria. Ni siquiera acepta emparentar con Agamenón: que su hija se case con otro.
A Áyax, que habla último y le reprocha la dureza, le contesta en un tono distinto, casi de disculpa: reconoce que su compañero dice lo que siente, pero explica que se le enciende la ira al acordarse de que el Atrida lo trató delante del ejército como si fuera un advenedizo cualquiera. Y entonces pone su condición, que es lo que realmente decide el resto del poema: no volverá al combate hasta que Héctor llegue matando griegos a las tiendas y las naves de los mirmidones y les prenda fuego. La embajada bebe con él, brinda y se va con las manos vacías. Agamenón había ofrecido más honor dentro de un sistema cuya validez era justamente lo que Aquiles acababa de negar.
Patroclo y el llanto del más fuerte
Patroclo, su compañero desde la infancia en la corte de Ftía, le pide permiso para salir a combatir con su armadura y asustar a los troyanos. Aquiles acepta con una condición: que aleje el peligro de las naves y vuelva, sin perseguir a nadie hasta las murallas. Patroclo desobedece, avanza, y Apolo se le acerca por detrás y le golpea entre los omóplatos; se le caen el yelmo, la lanza y el escudo, y Héctor lo remata.
Cuando la noticia llega, el mayor guerrero del ejército se tira al suelo y llora. Le dice a su madre que preferiría morir ahí mismo, porque no estuvo cuando su amigo lo necesitó, y que se queda junto a las naves como una carga inútil sobre la tierra. Homero no atenúa la escena ni la usa para humanizar de paso a un personaje duro: la fuerza extrema y el dolor extremo conviven en el mismo hombre sin cancelarse.
La venganza que sigue es desmedida y el poema lo sabe. Con la armadura nueva que Hefesto le forja —el escudo donde está grabado el mundo entero, con dos ciudades, una en paz y otra en guerra—, Aquiles vuelve al campo. Héctor da tres vueltas corriendo alrededor de las murallas, y Homero compara la persecución con un sueño en el que ni el que persigue alcanza ni el perseguido escapa, hasta que Atenea, tomando la forma de su hermano Deífobo, lo convence de plantarse con la promesa de una ayuda que no va a llegar.
El duelo tiene un detalle que suele perderse en los resúmenes. Héctor lleva puesta la armadura que le quitó al cadáver de Patroclo, es decir, la armadura del propio Aquiles, que por eso sabe exactamente dónde está el hueco: el punto en que las clavículas separan el cuello de los hombros. Ahí clava la lanza. Homero anota que es el lugar por donde antes sale el alma.
Héctor, agonizando, le suplica que devuelva su cuerpo a los suyos, y Aquiles se niega en los términos más brutales del poema: dice que ojalá pudiera comerse él mismo la carne cruda por lo que le hizo. Entonces el troyano le dice que ya lo conoce, que era imposible persuadirlo porque tiene el corazón de hierro, y le deja una advertencia: que se cuide de la cólera de los dioses el día en que París y Febo Apolo lo maten, pese a todo su valor, en las puertas Esceas. Muere ahí. Aquiles le contesta al cadáver una sola palabra —«muere»— y añade que él aceptará su suerte cuando Zeus disponga. Acaba de escuchar el anuncio de su propia muerte y no discute.
Después le pasa las correas por los tendones de los talones, ata el cuerpo al carro y lo arrastra. Repite el gesto durante días alrededor de la tumba de Patroclo. Los dioses lo desaprueban, y Apolo tiene que impedir que el cadáver se corrompa. El código heroico que Aquiles defendía es el mismo que ahora está violando.
¿Amantes o compañeros de armas?
Es la pregunta que más se hace sobre los dos, y la respuesta honesta es que los griegos también se la hacían, y no se pusieron de acuerdo. Homero no lo dice. Llama a Patroclo, el más querido de los compañeros de Aquiles, y describe su duelo con una intensidad que no dedica a nadie más, pero no afirma que fueran amantes ni lo descarta.
Los atenienses del siglo V lo leyeron como si lo dijera. Esquilo escribió una trilogía sobre el asunto —Los mirmidones, Las nereidas y Los frigios—, de la que solo quedan citas sueltas transmitidas por otros autores; en una de ellas, Aquiles llora sobre el cuerpo de Patroclo lamentando sus besos. Sófocles, en la generación siguiente, tituló una obra perdida Los amantes de Aquiles. Que dos de los tres grandes trágicos dedicaran obras al vínculo indica que el tema se consideraba materia digna del género más prestigioso de la literatura griega.
El desacuerdo antiguo no era sobre si hubo amor, sino sobre quién ocupaba cada papel. Esquilo y el orador Esquines hacen de Aquiles el amante mayor y de Patroclo el joven amado. En el Banquete de Platón, Fedro replica que Esquilo se equivoca, porque Aquiles era más hermoso y todavía imberbe, y por lo tanto el más joven de los dos. La iconografía suele darle la razón: en los vasos, Patroclo aparece con barba y Aquiles sin ella. Del otro lado, Jenofonte sostiene en su propio Banquete que atribuirle componentes eróticos a esa amistad es un error.
Los autores latinos, ajenos a los modelos griegos de estas relaciones, tendieron a callar el asunto, y de ahí pasó silenciado a buena parte de la tradición posterior. Lo que las fuentes permiten afirmar es esto: Homero no lo dice; los griegos clásicos daban la lectura erótica por buena sin escándalo, y hubo quien la negó. Cualquier respuesta más tajante que esa está añadiendo algo que los textos no traen.
Las manos que besó Príamo
El poema no termina en la victoria. Termina de noche, con un anciano cruzando solo el campamento enemigo, guiado por Hermes, para arrodillarse ante el hombre que mató a su hijo. Príamo besa las manos de Aquiles —las manos que le mataron a varios hijos— y le pide el cuerpo de Héctor.
La súplica de Príamo es una obra maestra de persuasión, y no menciona a Héctor hasta el final. Empieza pidiéndole a Aquiles que se acuerde de su padre, que tiene la edad de Príamo y ha llegado igual que él a los umbrales de la vejez; ese padre, dice, al menos sabe que su hijo vive y espera verlo volver cualquier día. Recién entonces se pone él como contraejemplo: tenía cincuenta hijos cuando llegaron los aqueos, y ya no le queda ninguno; al que defendía la ciudad lo mató Aquiles hace poco. Y cierra con la frase que quiebra al héroe: se atrevió a lo que ningún otro mortal, a llevarse a los labios la mano del hombre que le mató a los hijos.
A Aquiles le entran ganas de llorar por su padre. Toma la mano del viejo y la aparta con suavidad, y entonces lloran los dos juntos, cada uno por lo suyo: Príamo postrado, por Héctor; Aquiles, por su padre y por Patroclo, alternándolos. Cuando se sacia de llanto, lo levanta de la mano, le mira la cabeza y la barba encanecidas y le dice lo mismo que Héctor le había dicho a él, pero al revés y como elogio: que de hierro tiene el corazón para haberse atrevido a venir solo. Después lo sienta, le devuelve el cuerpo y pacta la tregua para el funeral. El último gesto del personaje más violento del poema es reconocer que el dolor del otro es el mismo que el suyo. La Ilíada no cierra con un triunfo sino con dos duelos compartidos en una tienda de campaña.
Los dos destinos, y lo que dijo después
Aquiles conoce su destino antes que nadie: puede quedarse en Ftía y vivir largo tiempo sin que nadie lo recuerde, o ir a Troya, morir joven y tener un nombre imperecedero. Elige Troya. Esa elección consciente es lo que lo separa del guerrero que no sabe lo que arriesga, y lo que hizo del personaje un modelo durante veinticinco siglos.
El propio Homero se encarga de desarmarla. En el canto XI de la Odisea, Odiseo baja al reino de los muertos y se encuentra con él. Aquiles le dice que preferiría ser peón de un labrador pobre entre los vivos antes que reinar sobre todos los muertos. El mismo poeta que le dio la gloria eterna le da también la última palabra para decir que no valió la pena. Los dos poemas juntos plantean la pregunta y se niegan a cerrarla.
El talón que Homero no conoce
La imagen que hoy define al personaje —invulnerable salvo en un punto— no está en la Ilíada. Ninguna fuente anterior a la Aquileida de Estacio, del siglo I d.C., menciona esa condición. El Aquiles de Homero es un guerrero excepcional que puede ser herido como cualquier otro, y el poema no le concede ninguna protección mágica: en el canto XXI, la lanza de Asteropeo le rasguña el brazo y le hace sangrar. Entre el poema y el talón hay unos nueve siglos.
Estacio es quien cuenta que Tetis sumergió al recién nacido en la laguna Estigia sosteniéndolo por el talón, que quedó seco. Antes existía otra versión, y es bastante más brutal: Apolonio de Rodas, en el siglo III a.C., y Apolodoro después, narran que Tetis quemaba de noche en el fuego la parte mortal del niño y lo untaba de ambrosía de día, hasta que Peleo la sorprendió y la interrumpió con un grito. Ella soltó al niño, salió de la casa y volvió al mar para no regresar. En esa versión el talón no queda sin mojar: queda quemado.
Una tradición tardía, recogida por Ptolomeo Hefestión y transmitida por Focio, añade un remate: Peleo habría reemplazado el hueso dañado por la taba del gigante Damiso, el corredor más veloz que existía. De ahí, según esa versión, le viene a Aquiles el epíteto por el que Homero lo nombra decenas de veces, «el de los pies ligeros». La velocidad del héroe no sería suya, sino un repuesto.
La muerte de Aquiles
La Ilíada termina con el funeral de Héctor, así que todo lo que sigue viene de otros poemas del ciclo troyano, hoy perdidos y conocidos por el resumen que hizo Proclo, y de autores muy posteriores. El más antiguo de esos poemas es la Etiópida, atribuida a Arctino de Mileto.
Allí llega a Troya la reina amazona Pentesilea, hija de Ares, a combatir del lado de Príamo. Aquiles la atraviesa con la lanza y, al quitarle el casco y verla morir, queda sobrecogido por su belleza. Tersites, el más feo y deslenguado de los griegos, se burla de él por eso, y Aquiles lo mata de un golpe. Es la escena más oscura del personaje: mata a un compañero por haberse reído de que sintiera algo. El mismo hombre llorará después con Príamo.
Después llega Memnón, príncipe etíope e hijo de Eos, la aurora. Mata a Antíloco, el hijo de Néstor, que tras la muerte de Patroclo se había vuelto el compañero más cercano de Aquiles, y este sale a vengarlo. La estructura se repite exactamente: un amigo muerto, una venganza. Con una diferencia que el episodio subraya, y es que Memnón, a diferencia de Héctor, también es hijo de una diosa. Zeus pesa los dos destinos en la balanza y baja el platillo de Memnón.
Sobre su propia muerte hay dos versiones. Ovidio la narra en el libro XII de las Metamorfosis, ya en el siglo I d.C., y es la sobria: Aquiles rompe las filas troyanas como una cuña y París, con la puntería que le da Apolo, le acierta en el pie. Fuentes tardías como Quinto de Esmirna y Dictis Cretense construyen en cambio una emboscada: Políxena, hija de Príamo, le habría sacado el secreto de su vulnerabilidad, y Paris lo esperaba escondido en el templo de Apolo Timbreo, donde Aquiles había ido desarmado a ratificar un acuerdo de matrimonio. La primera versión es de un guerrero que muere peleando; la segunda, de un hombre que muere por confiar.
Lo que vino después está contado con precisión burocrática: sus huesos se mezclaron con los de Patroclo, hubo juegos funerarios, y su armadura —la que Hefesto había forjado— se disputó entre Odiseo y Áyax, que pronunciaron discursos sobre quién era el más digno. Ganó Odiseo, el que hablaba mejor. Áyax se suicidó. El objeto que representaba el mundo entero terminó adjudicado en un concurso de oratoria.
El dios del mar Negro
Según la misma Etiópida, Tetis volvió a llorar a su hijo, recogió sus cenizas de la pira y se las llevó a la isla de Leuce. Ese traslado es el que explica lo que pasó después, y lo que pasó después no es literatura.
En la isla de Leuce, la «isla blanca» frente a la desembocadura del Danubio —hoy la isla de las Serpientes, en el mar Negro—, hubo un templo suyo con una estatua y un oráculo. Arriano, en su Periplo del Ponto Euxino, describe las ofrendas que dejaban allí los navegantes que llegaban a la isla, por voluntad propia o empujados por un temporal. Pausanias, Plinio y Pomponio Mela también la mencionan.
Lo que distingue este caso de otras leyendas sobre tumbas de héroes es que aquí hay pruebas materiales. Las inscripciones votivas de Leuce, Olbia y el Quersoneso arrancan a finales del siglo VI a.C. y el culto seguía activo en el siglo III d.C., cuando los colegios de magistrados de Olbia le dedicaban estelas bajo una fórmula precisa: Aquiles Pontarches, «señor del Ponto». Una treintena de inscripciones lo llaman así, y se le venera junto a los dioses olímpicos. En 1823 se hallaron en la isla las ruinas de un templo cuadrado de unos treinta metros de lado, y con ellas vasos votivos, gemas y monedas procedentes de distintos puntos del mundo griego.
La isla tenía además fama de lugar de curación. Pausanias cuenta que la sibila de Delfos mandó allí a un hombre de Crotona para que sanara de una herida en el pecho, y Amiano Marcelino atribuye la curación a las aguas del lugar. El héroe que en el poema reparte muerte terminó siendo, en su isla, una instancia a la que se acudía para sanar.
El sentido del cambio es notable. El héroe que en la Odisea dice que preferiría ser jornalero antes que rey de los muertos terminó, en manos de los griegos del mar Negro, convertido en protector de la navegación durante nueve siglos: no un muerto ilustre, sino una potencia a la que se le pide buen viaje.
El lector más peligroso de la Ilíada
Olimpia, madre de Alejandro Magno, le enseñó desde niño que descendía de Aquiles por línea materna, a través de Neoptólemo. Plutarco cuenta que Alejandro llamaba a la Ilíada un manual del arte militar y que llevaba consigo la edición preparada por Aristóteles, guardada junto a su daga debajo de la almohada.
Al cruzar a Asia en el 334 a.C., lo primero que hizo no fue combatir: fue ir a Troya. Según Plutarco, sacrificó, ungió la lápida de Aquiles y corrió desnudo alrededor del sepulcro con sus compañeros, según la costumbre antigua, y lo coronó de guirnaldas, diciendo que lo consideraba afortunado por haber tenido en vida un amigo tan fiel y, después de muerto, un poeta tan grande para proclamar sus hazañas. Su amigo Hefestión coronó al mismo tiempo la tumba de Patroclo. El paralelo era deliberado y público: el nuevo Aquiles acababa de desembarcar.
La operación de Alejandro fijó para siempre una lectura parcial. De la Ilíada tomó la gloria imperecedera y el amigo, y dejó de lado la parte en que el héroe declara que el sistema de honor no funciona y la parte en que dice, ya muerto, que se equivocó. Julio César lloró después ante una estatua de Alejandro por no haber conquistado nada a la edad en que el otro ya tenía un imperio. La cadena de imitaciones arranca en un poema que dice lo contrario de lo que sus imitadores leyeron.
El Aquiles de Virgilio
Roma leyó la guerra de Troya desde el bando perdedor, porque se consideraba descendiente de los troyanos. En la Eneida, Aquiles es, por lo tanto, el enemigo por excelencia, el que arrasó la patria del protagonista. Y aun así, Virgilio hace con él algo inesperado: lo convierte en la medida moral que su propio hijo no alcanza.
La escena está en el libro II. Pirro, hijo de Aquiles —también llamado Neoptólemo—, ha entrado en el palacio en llamas, ha matado a un hijo de Príamo delante de su padre y va a matar al anciano. Príamo, que ya no puede defenderse, le lanza el único reproche que le queda: le dice que el gran Aquiles, de quien Pirro miente al decirse hijo, no se portó así con él, porque respetó los derechos sagrados de un suplicante, le dejó enterrar el cuerpo exangüe de Héctor y lo devolvió a su reino. Pirro responde que entonces vaya y se lo cuente a su padre, y lo mata arrastrándolo por el pelo hasta el altar, resbalando en la sangre de su hijo.
Es un movimiento notable. El poeta nacional de Roma toma el gesto final de la Ilíada —la devolución del cuerpo de Héctor— y lo usa como vara para condenar a un romano por analogía. Aquiles, el destructor, queda del lado de la piedad; su hijo, del lado de la barbarie. En el libro VI, además, la Sibila le anuncia a Eneas que en el Lacio ya ha nacido otro Aquiles: es Turno, y el poema terminará con Eneas matándolo mientras suplica, en la escena que la crítica lleva siglos discutiendo.
Por qué Dante lo condenó entre los lujuriosos
En el canto V del Infierno, Dante llega al segundo círculo, donde una borrasca sin descanso zarandea a los que sometieron la razón al apetito carnal. Virgilio, que hace de guía, le va nombrando las sombras: Semíramis, Dido, Cleopatra, Helena. Y entre ellas, «el gran Aquiles, que al final combatió con el amor».
La colocación desconcierta a cualquiera que venga de Homero, porque el Aquiles de la Ilíada no es un personaje sensual, y porque un canto antes, en el Limbo del canto IV, Dante había puesto entre los paganos virtuosos a Héctor, a Eneas y a Pentesilea. La reina amazona que él mató está a salvo; él no.
La razón: Dante no leyó a Homero
Dante no sabía griego y no tuvo acceso a la Ilíada; a Homero lo conoce de oídas, y de hecho lo coloca en el Limbo como una autoridad respetada de la que solo tiene noticia. Su Aquiles viene de otras fuentes: de Estacio, de Ovidio y, sobre todo, de los romances medievales de materia troyana derivados de Dares y Dictis, donde la muerte del héroe se cuenta como la de un hombre atrapado por el amor a Políxena y asesinado en una emboscada mientras iba desarmado a un compromiso matrimonial. Los comentaristas de la Comedia identifican desde antiguo esa historia como la causa del verso. Dante está juzgando a un Aquiles que Homero nunca escribió.
La explicación teológica
La distribución del infierno dantesco sigue un esquema aristotélico y tomista de tres grados: la incontinencia, la violencia y el fraude, de menor a mayor gravedad. La incontinencia —lujuria, gula, avaricia, ira— es el pecado del apetito que no se somete a la razón, y por eso ocupa los círculos más altos: hay desorden, pero no malicia deliberada contra el prójimo. Situar ahí a Aquiles es, dentro del sistema, la condena más leve posible entre los condenados de verdad.
La frontera que sí importa es la anterior. En el Limbo no se pena ningún pecado: allí están los que no pecaron y solo carecen del bautismo, y su castigo, dice Dante, consiste en vivir sin esperanza pero en deseo perpetuo. Para caer más abajo hace falta un acto de la voluntad. Al poner a Aquiles en el segundo círculo y no en el primero, Dante está afirmando que hubo culpa personal, y no solo la desgracia de haber nacido antes de Cristo. La paradoja es exacta: el único defecto por el que la teología cristiana lo condena es el único que el poema griego no le atribuye.
Aquiles vuelve a aparecer dos veces más en el Infierno, y siempre de refilón. En el canto XXVI, entre los consejeros fraudulentos, uno de los cargos contra Ulises es haber engañado a Aquiles para llevarlo a la guerra, y Dante anota que Deidamía todavía se duele de él. En el canto XXXI, Dante compara la lengua de Virgilio, que primero lo hiere y después lo cura, con la lanza de Aquiles y de su padre, que causaba primero una herida triste y luego una buena: es la historia de Télefo, convertida en imagen de la reprimenda que sana.
El tendón que lleva su nombre
El tendón que une los gemelos y el sóleo al hueso del talón se llama tendón de Aquiles, y el nombre es tardío. El registro más antiguo conocido es de 1693, en la Corporis humani anatomia del anatomista flamenco Philip Verheyen, que al describir esa parte anota que se la llama corrientemente «cuerda de Aquiles». Verheyen tenía motivos personales para pensar en la vulnerabilidad de un talón: había perdido un pie y sufrido después una segunda amputación en la misma pierna, y hay quien cuenta que acuñó la expresión mientras diseccionaba su propio miembro amputado. La forma latina que se usa hoy, tendo Achillis, la fijó algo más tarde el cirujano alemán Lorenz Heister.
La explicación evidente es que el nombre viene de la leyenda del punto vulnerable. El comentarista homérico Walter Leaf propuso otra, y es más incómoda: el origen estaría en los versos 395 a 397 del canto XXII de la Ilíada, donde Aquiles perfora exactamente esa parte del cuerpo de Héctor, entre el tobillo y el talón, para pasar las correas con las que va a arrastrarlo. Si Leaf tiene razón, el tendón no lleva el nombre de la herida que mató a Aquiles, sino el de la que él le hizo a otro.
Errores frecuentes
El talón de Aquiles no es un dato homérico
Se repite que Homero cuenta que Aquiles era invulnerable salvo en el talón. No lo cuenta: la Ilíada ni siquiera lo insinúa, y el héroe es allí un hombre que sangra. La versión del baño en la Estigia aparece por primera vez en la Aquileida de Estacio, ya en época imperial romana. El error importa porque invierte el sentido del personaje: el Aquiles de Homero elige morir joven sabiendo que es mortal, mientras que el de la tradición tardía es un semidiós al que un accidente técnico deja un punto sin cubrir.
La versión del fuego no es de Ptolomeo Hefestión
La tradición en que Tetis quema la parte mortal del niño y lo unta con ambrosía suele atribuirse a Ptolomeo Hefestión, un mitógrafo tardío. Está en fuentes muy anteriores: Apolonio de Rodas la trae en las Argonáuticas, en el siglo III a.C., y Apolodoro la recoge en su Biblioteca. Lo que sí procede de Ptolomeo Hefestión, a través de Focio, es el episodio de la taba del gigante Damiso con la que Peleo repuso el hueso quemado.
La Ilíada no cuenta la caída de Troya
El poema abarca unas semanas del décimo año del asedio y termina con el funeral de Héctor. El caballo de madera, la muerte de Aquiles y el saqueo de la ciudad no están en él: pertenecen a otros poemas del ciclo troyano, hoy perdidos y conocidos por resúmenes, y a autores muy posteriores como Virgilio, Quinto de Esmirna y Ovidio, que es quien narra la flecha de París en el libro XII de las Metamorfosis, ya en el siglo I d.C.
Preguntas frecuentes
¿Qué simboliza Aquiles?
Aquiles es la figura sobre la que cada época proyectó su idea de la grandeza, y cada una se quedó con una parte distinta. Homero conservó al hombre que discute en voz alta si la gloria vale lo que cuesta. Los griegos del mar Negro lo convirtieron en un dios protector de la navegación. Alejandro Magno lo usó como modelo de conquistador. La lengua moderna se quedó únicamente con su talón.
¿El talón de Aquiles aparece en la Ilíada?
No. Ninguna fuente anterior a la Aquileida de Estacio, del siglo I d.C., menciona esa vulnerabilidad. El Aquiles de Homero no es invulnerable: es un guerrero excepcional que puede ser herido como cualquier otro, y el poema lo da por sentado. La imagen del punto único y fatal es una invención posterior en unos nueve siglos.
¿Por qué Aquiles rechaza la embajada de Agamenón?
No por codicia, porque la oferta es enorme. Aquiles rechaza porque ha llegado a una conclusión sobre el sistema en el que vive: el que pelea no obtiene más que el que no pelea, al cobarde y al valiente se les honra igual, y la muerte trata del mismo modo al que se esfuerza y al que se queda quieto. Si el honor no distingue, morir joven a cambio de honor deja de tener sentido.
¿Aquiles era adorado como un dios?
Sí, y durante siglos. En la isla de Leuce, en el mar Negro, hubo un templo, una estatua y un oráculo de Aquiles, con ofrendas de los navegantes. El culto está atestiguado por inscripciones desde finales del siglo VI a.C. y seguía vivo en el siglo III d.C., cuando los magistrados de Olbia le dedicaban estelas bajo el título de Aquiles Pontarches, señor del Ponto.
¿Cómo muere Aquiles?
De una flecha de Paris dirigida por Apolo, que le acierta en el pie. Ovidio, en el libro XII de las Metamorfosis, lo cuenta como una muerte en combate. Fuentes tardías como Quinto de Esmirna y Dictis Cretense lo convierten en una emboscada: Políxena le habría sacado el secreto de su vulnerabilidad y Paris lo esperaba escondido en el templo de Apolo Timbreo, adonde Aquiles había ido desarmado. La Ilíada no narra su muerte: termina antes, con el funeral de Héctor.
¿Eran amantes Aquiles y Patroclo?
Homero no lo dice ni lo descarta: llama a Patroclo el más querido de sus compañeros y le dedica el duelo más intenso del poema. Los griegos clásicos sí lo daban por sentado. Esquilo escribió una trilogía sobre ellos y Sófocles una obra titulada Los amantes de Aquiles, y en el Banquete de Platón la relación se discute como erótica sin ninguna reserva. El desacuerdo antiguo no era sobre si hubo amor, sino sobre quién era el mayor de los dos. Jenofonte, en cambio, sostuvo que atribuirle un componente erótico a esa amistad era un error.
¿Por qué el tendón del talón se llama tendón de Aquiles?
El nombre es moderno. El registro más antiguo conocido es de 1693, cuando el anatomista flamenco Philip Verheyen anotó que esa parte se llamaba corrientemente «cuerda de Aquiles». Suele explicarse por la leyenda del talón vulnerable, pero el comentarista Walter Leaf propuso otro origen: el canto XXII de la Ilíada, donde Aquiles perfora esa misma zona del cuerpo de Héctor para atarlo a su carro.
Fuentes
Se privilegian, donde existen, las ediciones de dominio público consultables en línea.
Fuentes primarias
- Homero, Ilíada, cantos I, IX, XVI, XVIII, XXII y XXIV, en la traducción al español de Luis Segalá y Estalella (1908), Wikisource; edición inglesa en prosa de Samuel Butler en Project Gutenberg, libro n.º 2199
- Homero, Odisea XI (el encuentro con la sombra de Aquiles), traducción de Samuel Butler, Project Gutenberg, libro n.º 1727
- Ovidio, Metamorfosis XII (la flecha de París), traducción de Samuel Garth, Project Gutenberg, libro n.º 21765
- Apolodoro, Biblioteca III, 13, 6 (el fuego, la ambrosía y el nombre Ligirón)
- Apolonio de Rodas, Argonáuticas IV, 869 y ss.
- Estacio, Aquileida, vv. 131 y ss. (el baño en la Estigia)
- Focio, Biblioteca 190, epítome de la Nueva Historia de Ptolomeo Hefestión (la taba de Damiso)
- Arriano, Periplo del Ponto Euxino, 32-33 (el templo y el oráculo de Leuce)
- Plutarco, Vida de Alejandro, caps. 8 y 15, traducción de Aubrey Stewart y George Long
Estudios y datos actuales
- Jordi Cortadella y colaboradores, «Fantasmas de Aquiles: epifanías heroicas entre el mito y el culto», sobre las inscripciones de Leuce y Olbia, Dialnet
- Theoi Project, «Akhilleus», repertorio de fuentes antiguas, theoi.com
Mira también
Hefesto: el dios griego del fuego y la forja: quien forjó el escudo donde estaba grabado el mundo entero, descrito allí verso por verso.
Zeus: mito, atributos y símbolos del dios griego: el dueño de la balanza que pesa los destinos de Héctor y de Memnón antes de sus duelos con Aquiles.
Atenea: mitología, símbolos y significado de la diosa griega: la que engaña a Héctor tomando la forma de su hermano para que se detenga y pelee.
Las nueve musas de la mitología griega: las diosas a las que Homero les pide, en el primer verso, que cante la cólera de Aquiles.
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