Las arpías son, en la mitología griega, espíritus del viento tormentoso: criaturas veloces a las que se atribuía todo lo que desaparecía sin explicación. Su nombre significa «las arrebatadoras», y describe con exactitud lo que hacían: llevarse cosas de golpe, sin aviso y sin devolverlas.
La imagen que hoy tenemos de ellas —el rostro demacrado, las garras, el hedor— es tardía. En la fuente más antigua que las menciona, son muchachas aladas de hermosa cabellera que vuelan a la par de las tormentas. Cómo pasaron de una cosa a la otra, y por qué su hermana es la diosa del arcoíris, es la historia que sigue.
| Qué son | Espíritus del viento tormentoso y del rapto |
|---|---|
| Origen del nombre | De harpázein, «arrebatar con violencia» |
| Padres | Taumante y la oceánide Electra |
| Hermana | Iris, la diosa del arcoíris |
| Nombres | Aelo, Ocípete, Podarge y Celeno |
| Aspecto antiguo | Doncellas aladas de hermosa cabellera |
| Aspecto tardío | Rostro de mujer y cuerpo de ave de rapiña |
| Mito central | El tormento del rey Fineo de Tracia |
- Origen del nombre
- El linaje: hermanas del arcoíris
- Los sabuesos de Zeus
- El rey Fineo y el hambre perpetua
- La persecución y el juramento de Iris
- Podarge y los caballos de Aquiles
- Las raptoras de almas
- Celeno y la profecía de las mesas
- Las arpías en el Infierno de Dante
- De doncellas a monstruos
- Las arpías en el arte
- La arpía en la heráldica
- Lo que quedó del mito
- No confundir con
- Errores frecuentes
- Preguntas frecuentes
Origen del nombre
La palabra griega hárpuia (ἅρπυια) deriva del verbo harpázein, «arrebatar, apoderarse por la fuerza». La traducción más exacta no es «ladronas» sino «las arrebatadoras» o «las raptoras».
La distinción importa. Un ladrón sustrae en secreto y puede pasar inadvertido; el que arrebata lo hace de golpe, delante de todos, y no hay manera de impedirlo. Ese es el núcleo del nombre y de todo lo que se cuenta sobre ellas: no la codicia, sino la brusquedad. Lo que se llevan no se recupera.
De la misma raíz procede el castellano rapaz aplicado a las aves —del latín rapax, de rapere, la palabra latina para lo mismo—, y también rapiña y rapto. La lengua conservó la idea con notable fidelidad: llamamos aves de rapiña a las que descienden de golpe sobre una presa que no las vio venir.
El linaje: hermanas del arcoíris
Según la Teogonía de Hesíodo, las arpías nacieron de Taumante, hijo de Ponto y Gea, y de la oceánide Electra. Es una genealogía de mar y cielo, y contiene la paradoja que gobierna todo lo demás: de esa misma unión nació también Iris, la mensajera de los dioses, la que va y viene por el arcoíris.
Las raptoras del viento tormentoso y la diosa del arcoíris son hermanas. Y no es una coincidencia decorativa: las tres hacen lo mismo, transportar cosas por el aire entre los dioses y los hombres. Iris trae mensajes; las arpías se llevan lo que no pertenece a nadie más. Es el mismo oficio con signo contrario, y esa duplicidad tendrá consecuencias al final de su mito principal.
Los nombres varían según la fuente. Hesíodo cuenta dos: Aelo, «viento de tormenta», y Ocípete, «la de vuelo veloz». Homero menciona a Podarge, «la de pies ligeros». Virgilio añade una cuarta, Celeno, «la oscura», que en la Eneida actúa como jefa y profetisa. Todos los nombres describen velocidad o negrura: nadie las nombró nunca por su aspecto, sino por lo rápido que iban.
Y así las presenta Hesíodo, con una imagen que no tiene nada de monstruosa:
«Y Taumante desposó a Electra, hija del profundo Océano, y ella le dio la veloz Iris, y las Arpías de hermosa cabellera, Ocípete y Aelo, que con la velocidad de sus alas mantienen el paso de los vientos que soplan y de las aves en vuelo, mientras planean allá en las alturas.»
Hesíodo, Teogonía, 265 ss.
Los sabuesos de Zeus
En su función más antigua, las arpías eran la explicación de las desapariciones. Cuando alguien se perdía y no aparecía el cuerpo, cuando un objeto se esfumaba sin que nadie lo hubiera tocado, cuando un barco no regresaba: se decía que se lo habían llevado las arpías. Se las llamaba «los sabuesos de Zeus», porque salían a cobrar piezas por orden de otro.
Esa función explica por qué son mujeres aladas y no otra cosa. Un pueblo de navegantes y pastores convive con desapariciones constantes —el golpe de viento que vuelca la barca, el niño que no vuelve del monte— y necesita un nombre para eso. Las arpías son ese nombre. No representan la muerte, que llega despacio y se ve venir, sino la desaparición, que no deja cadáver ni permite despedida.
El mitógrafo latino Fulgencio, ya en los siglos V o VI de nuestra era, hizo una lectura alegórica que resume bien lo que la figura significaba: son doncellas porque todo saqueo es estéril y no da fruto; están cubiertas de plumas porque el pillaje esconde lo que se lleva; y vuelan porque el que roba escapa deprisa.
El rey Fineo y el hambre perpetua
El mito central de las arpías es el del rey de Tracia, y es una historia sobre el hambre.
Fineo había recibido de Apolo el don de la profecía, y lo ejerció sin medida: empezó a revelar a los hombres los designios de Zeus, uno tras otro, sin guardarse nada. El dios lo castigó por partida doble. Primero le quitó la vista. Después le puso encima a las arpías.
El castigo era de una crueldad exacta. Los dioses le seguían sirviendo la comida —nunca le faltó una mesa puesta—, pero cada vez que el anciano ciego extendía la mano, se oía un chillido en el aire y las arpías caían sobre el banquete. Devoraban casi todo en un instante y volvían a irse. Lo poco que dejaban quedaba tan impregnado de su hedor que ningún ser vivo podía acercarlo a la boca. Fineo comía justo lo suficiente para no morirse, y volvía a tener hambre.
Así estuvo años. Cuando la nave Argo llegó a su costa, lo que Jasón y sus hombres encontraron fue una cosa apenas humana: un anciano que no podía tenerse en pie, la piel seca pegada a los huesos, temblando de debilidad, que se arrastró hasta la puerta guiándose por la pared. Ese detalle es de Apolonio de Rodas, que cuenta el episodio con más precisión que nadie: el castigo no lo mataba, lo mantenía vivo en el punto exacto en que la vida deja de valer la pena.
Fineo, que era adivino, los reconoció antes de que hablaran. Y sabía además una cosa que ellos no: estaba profetizado que su liberación vendría de los hijos de Bóreas, el viento del norte, y esos dos hijos iban a bordo.
La persecución y el juramento de Iris
Se llamaban Zetes y Calais, y habían heredado de su padre unas alas oscuras que los hacían los únicos argonautas capaces de volar. Fineo les pidió una sola cosa: que le prepararan una comida y esperaran.
Zetes dudó, y su duda es la parte más humana del relato. No tenía miedo de las arpías: tenía miedo de los dioses. Aquel tormento lo había ordenado Zeus, y estorbarlo podía costarles caro a los dos. Fineo tuvo que jurarle que no habría represalia, que estaba escrito así.
Prepararon el banquete. En cuanto el anciano tocó el primer bocado, las arpías bajaron chillando y se lanzaron sobre la mesa. Y esta vez, cuando volvieron a alzar el vuelo con la comida, dos sombras aladas salieron detrás con las espadas desnudas.
Lo que siguió es la única batalla aérea de la mitología griega: los hijos alados del viento del norte persiguiendo a las hijas aladas del mar, cruzando el Egeo entero a la velocidad del viento, porque ambos bandos eran viento. Y había una apuesta escondida en esa carrera que le daba todo su filo: estaba dispuesto a que los Boréadas murieran si no alcanzaban aquello que persiguieran. No podían abandonar. O las alcanzaban o se acababan ellos.
Las alcanzaron. Ya tenían las espadas encima de ellas, sobre unas islas del mar Jónico, cuando el aire se abrió en colores y apareció Iris.
Venía a salvar a sus hermanas. Les dijo a los Boréadas que no estaba permitido matar a las sabuesas de Zeus con la espada, y, para que soltaran la presa, ofreció lo único que podía convencerlos: juró por las aguas de la Éstige —el juramento más terrible e inviolable que un dios puede pronunciar— que las arpías no volverían a acercarse a Fineo nunca más.
Los hermanos dieron media vuelta. Por eso aquellas islas dejaron de llamarse como se llamaban y pasaron a ser las Estrófadas, «las islas del retorno»: se llaman así porque fue allí donde alguien decidió volverse atrás. Las arpías huyeron a esconderse en una cueva de Creta, Iris subió al Olimpo, y Fineo comió por primera vez en años. En agradecimiento, explicó a los argonautas cómo atravesar las Simplégades, las rocas que se cerraban aplastando a los barcos, y gracias a eso llegaron a la Cólquide.
El mito de las arpías, entonces, no termina con su muerte. Termina con su hermana interponiéndose entre ellas y dos espadas.
Podarge y los caballos de Aquiles
Hay un solo mito en el que una arpía engendra algo hermoso, y casi nunca se cuenta junto a los demás.
En la Ilíada, Homero explica de dónde salieron los caballos que tiran del carro de Aquiles, Janto y Balio, que corrían a la velocidad del viento y eran inmortales. Su madre fue la arpía Podarge. Pastaba en forma de yegua en un prado junto a la corriente del Océano cuando la cubrió Céfiro, el viento del oeste, el más suave de todos.
De la raptora y del viento tibio nacieron dos caballos que no envejecen y no mueren. Y les tocó la escena más triste del poema: cuando matan a Patroclo, los dos caballos se apartan del combate y se quedan quietos en mitad del campo, llorando, con las crines cayéndoles sobre el yugo, sin que el auriga consiga moverlos ni con el látigo ni con súplicas. Más tarde, Hera le concede voz humana a uno de ellos, y lo que el caballo dice al levantar la cabeza es que a su dueño también le queda poco.
Es un detalle que descoloca el retrato habitual. La estirpe del rapto y la desaparición produjo, por una vez, a las dos únicas criaturas de la Ilíada capaces de llorar a un muerto.
Las raptoras de almas
De espíritus del viento pasaron pronto a algo más sombrío: llevarse a personas. En la Odisea, Penélope, desesperada por los pretendientes que ocupan su casa, pide morir o que una tempestad la arrebate y la arroje al Océano, y recuerda como precedente a las hijas de Pándareo.
Esa historia es breve y espantosa. Pándareo ofendió a los dioses y murió con su esposa, dejando huérfanas a sus hijas. Las diosas se ocuparon de ellas: Afrodita las alimentó, Hera les dio belleza y juicio, Ártemis estatura, Atenea la destreza en las labores. Y cuando ya estaban criadas y en edad de casarse, justo el día en que Afrodita había subido al Olimpo a pedirle a Zeus un buen matrimonio para ellas, bajaron las arpías y se las llevaron, y las entregaron como sirvientas a las Erinias.
El sentido es transparente para cualquiera que haya perdido a alguien de golpe: las muchachas no murieron de nada, no hubo enfermedad ni guerra ni tumba. Simplemente desaparecieron el día antes de su boda.
Esa creencia dejó un monumento en piedra. En Janto, en Licia, se levanta una torre funeraria del siglo V a. C. que la arqueología llama el Monumento de las Arpías, hoy en el Museo Británico: en sus relieves, unas figuras aladas con cuerpo de ave y rostro femenino se elevan llevando en brazos figuras pequeñas, que suelen identificarse con las hijas de Pándareo. Llevan a las niñas apretadas contra el pecho, no en las garras. Sea quien fuere el escultor, no las talló robando: las talló llevándoselas.
Celeno y la profecía de las mesas
Siglos después del episodio de Fineo, según cuenta Virgilio en la Eneida, Eneas y los troyanos huidos de Troya recalan en unas islas del mar Jónico buscando comida. Son las Estrófadas: exactamente el sitio donde terminó la persecución de los Boréadas y donde las arpías encontraron refugio. Los troyanos han desembarcado, sin saberlo, en su casa.
Encuentran vacas y cabras pastando sin guardián; las matan y ponen la mesa. Y entonces bajan del monte, con un estruendo de alas, y arrasan el banquete dejándolo todo inmundo. Los troyanos se retiran, montan el banquete en una cala escondida y vuelven a intentarlo. Bajan otra vez. A la tercera, los hombres se emboscan con las espadas y las atacan, y descubren que los golpes no les hacen nada: las plumas no se pueden cortar y no sale sangre.
Es la descripción de Virgilio la que fijó para siempre la imagen del monstruo:
«Ningún monstruo más funesto que estos, ninguna plaga más feroz ni ira de los dioses emergió jamás de las olas del Estigio. Rostros de doncella tienen estas aves; inmundicia repugnante cae de sus vientres; garras por manos son las suyas, y rostros siempre demacrados por el hambre.»
Virgilio, Eneida, III, 214-218
Entonces Celeno, la mayor, se posa en una roca y habla. Se presenta con un título que ha desconcertado a los comentaristas durante siglos —se llama a sí misma la mayor de las Furias, confundiendo dos estirpes que la mitología griega mantenía separadas—, les reprocha que hayan venido a hacerles la guerra por unas vacas y a echarlas de su propio reino, y les anuncia lo que les espera: llegarán a Italia, entrarán en sus puertos, pero no levantarán las murallas de la ciudad prometida hasta que un hambre atroz los obligue a roer y devorar sus propias mesas.
La profecía se cumplió, y de la manera más benigna posible. Ya en el Lacio, los troyanos comieron sentados en el suelo usando de plato unas tortas planas de pan, y cuando terminaron la carne se comieron también el pan que hacía de mesa. Fue el hijo de Eneas quien lo notó y lo dijo en voz alta, medio en broma: estamos comiéndonos las mesas. La maldición se había cumplido en un chiste de sobremesa, y aquello significaba que ya estaban en casa.
Las arpías en el Infierno de Dante
En el canto XIII del Infierno, Dante y Virgilio entran en un bosque sin senderos donde los árboles tienen ramas retorcidas y nudosas y hojas negras. En ellos anidan las arpías, y Dante señala que son las mismas que expulsaron a los troyanos de las Estrófadas.
El bosque es el de los suicidas. Quienes se quitaron la vida han perdido el cuerpo humano —lo rechazaron, y no se les devuelve— y están encerrados en esos troncos. Dante rompe una rama y del muñón brota sangre junto con una voz que se queja. Y las arpías se alimentan de esas hojas.
El castigo está calculado con la lógica implacable del poema: al comerse las hojas, las arpías abren heridas por las que el alma puede quejarse. El dolor es lo único que les permite hablar. La criatura que en el mito griego arrebataba el alimento se ha convertido aquí en la que arranca la palabra al que ya no tiene cuerpo, y ese sigue siendo, con otra forma, el mismo oficio de siempre.
De doncellas a monstruos
Queda por explicar el cambio de rostro. En Hesíodo son muchachas de hermosa cabellera. En Virgilio son aves inmundas de vientre supurante. Entre una imagen y la otra median unos siete siglos.
El paso no fue caprichoso. Mientras las arpías fueron el viento, no había motivo para afearlas: una ráfaga no es sucia, es rápida, y así las pintó Hesíodo, insistiendo solo en su velocidad. Cuando pasaron a ser instrumento de castigo divino —y sobre todo cuando el mito de Fineo se convirtió en su historia principal— el aspecto tuvo que ajustarse a la función. Una criatura cuyo oficio es ensuciar la comida de un anciano ciego no puede seguir siendo hermosa.
La iconografía acompañó ese trayecto: en la cerámica arcaica y en los relieves de Janto son mujeres aladas sin nada repulsivo; en el arte posterior van perdiendo el cuerpo humano hasta quedar reducidas a un ave rapaz con cara. Es un caso claro de cómo el mito ajusta la apariencia de un personaje al papel que le ha ido asignando, y no al revés.
Las arpías en el arte
La historia visual de las arpías confirma en piedra y en pintura lo que las fuentes escritas dejan ver, y permite fechar la transformación con más precisión que los textos.
En la cerámica griega arcaica y clásica son mujeres aladas sin nada repulsivo: cuerpo de ave, torso y rostro femeninos, a veces indistinguibles de una sirena o de una victoria alada si no fuera por el contexto de la escena. Los relieves del Monumento de las Arpías de Janto, del siglo V a. C., van en la misma línea: figuras solemnes que sostienen a las niñas contra el pecho. Es el arte de un mundo que todavía las entendía como viento y como rapto, no como suciedad.
La versión monstruosa se impone después, con la difusión de Virgilio, y su consagración definitiva llega con Dante. En 1861, Gustave Doré grabó el bosque de los suicidas para su edición ilustrada de la Divina Comedia, y esa estampa —árboles retorcidos en penumbra, arpías encaramadas de rostro humano y cuerpo emplumado— es hoy la imagen de arpía más reproducida del arte occidental. Antes que él, William Blake había pintado la misma escena en acuarela, El bosque de los suicidas, conservada en la Tate de Londres.
Entre los relieves de Janto y el grabado de Doré median veintitrés siglos y dos criaturas distintas con el mismo nombre.
La arpía en la heráldica
Hay un capítulo de la historia de las arpías que contradice todo lo anterior: en plena Edad Media, cuando la criatura ya era en la literatura un monstruo inmundo, los heraldos europeos la adoptaron como emblema de dignidad.
En la heráldica alemana se la llama Jungfrauenadler, «águila doncella», y se blasona como un águila desplegada con cabeza y busto de mujer, casi siempre coronada. El ejemplo más antiguo y más conocido es el de la ciudad de Núremberg, que la usa como emblema desde 1243: sobre campo azul, una arpía desplegada de oro, armada, con cabellera y corona. Aparece también en las armas de Rietberg, de Liechtenstein y de los Cirksena, la dinastía que gobernó Frisia Oriental, región donde la figura fue especialmente popular. Llegó incluso a la heráldica británica, aunque siguió siendo sobre todo un motivo germánico.
La contradicción es solo aparente. La heráldica no tomó a la arpía de Virgilio ni de Dante, sino de la tradición del águila imperial: lo que le interesaba era el ave de rapiña coronada, símbolo de soberanía, y el rostro femenino se le añadió como una variante distintiva. De hecho, los tratadistas advierten que la arpía heráldica probablemente no se modeló sobre la criatura del mito griego, sino que llegó a coincidir con ella por convergencia de formas.
El resultado es una de las trayectorias más extrañas de la simbología europea. La misma figura que arrebataba la comida a un anciano ciego y anidaba en el bosque de los suicidas preside desde hace ocho siglos el escudo de una ciudad libre del Imperio.
Lo que quedó del mito
El rastro más visible está en el idioma. En castellano, arpía se usa desde antiguo como insulto dirigido a una mujer, con el sentido de codiciosa o de mal carácter; en inglés, harpy conservó además el significado de persona rapaz o extorsionadora, aplicable a cualquiera. Es un caso de degradación semántica bastante común: un término mitológico que designaba una fuerza natural termina convertido en un reproche personal, y con el tiempo el reproche se especializa en un solo sexo.
Shakespeare atestigua las dos acepciones a la vez. En Mucho ruido y pocas nueces, Benedicto ve acercarse a Beatriz y declara que preferiría emprender cualquier trabajo antes que cruzar tres palabras con esa arpía: ahí el término ya funciona como insulto contra una mujer de lengua afilada. En Pericles, en cambio, conserva el sentido antiguo y visual: alguien que para traicionar lleva rostro de ángel y agarra con garras de águila.
La lectura contemporánea ha señalado precisamente eso. Algunas interpretaciones modernas ven en las arpías —incontrolables, veloces, imposibles de domesticar y de someter— una proyección del temor masculino ante el poder femenino, y han intentado reivindicar la figura. Es una lectura reciente y discutible como toda relectura, pero se apoya en algo cierto del relato antiguo: las arpías no obedecen a nadie salvo a Zeus, no se casan, no se domestican y nadie logra matarlas.
Queda también un ave real. El águila arpía (Harpia harpyja), una de las rapaces más grandes y poderosas del mundo, habita las selvas de América Central y del Sur y caza monos y perezosos arrancándolos de las ramas. Le pusieron ese nombre por el modo en que baja: sin ruido, de golpe, y la presa desaparece.
No confundir con
Las Erinias o Furias. Es la confusión más frecuente y las fuentes antiguas contribuyeron a ella —Virgilio llega a llamar Furia a Celeno—. Pero las Erinias persiguen un crimen concreto, sobre todo el derramamiento de sangre familiar, y atormentan la conciencia del culpable. Las arpías no juzgan a nadie: arrebatan, y a veces por encargo.
Las sirenas. También son mujeres-ave en la iconografía griega antigua, pero su arma es el canto y su lugar es la costa. Las arpías no cantan: chillan.
Las Grayas y las Gorgonas. Comparten con ellas el linaje marino de Ponto y Gea, pero pertenecen a otra rama y a otros mitos.
El ave arpía moderna de la fantasía. La criatura de los videojuegos y la literatura fantástica desciende de la versión virgiliana y dantesca, no de la griega arcaica, y suele haber perdido por completo la relación con el viento y con la desaparición.
Errores frecuentes
¿Las arpías fueron siempre monstruos repugnantes?
No. La fuente más antigua, la Teogonía de Hesíodo, las llama «de hermosa cabellera» y solo destaca su velocidad. La imagen del rostro demacrado, las garras y la inmundicia se fija con Virgilio, unos siete siglos después, cuando la función de la criatura ya había cambiado de espíritu del viento a instrumento de castigo.
¿Podarge aparece en la Odisea?
Aparece en la Ilíada, canto XVI, donde se la nombra como madre de Janto y Balio, los caballos inmortales de Aquiles, engendrados por el viento Céfiro. La Odisea sí menciona a las arpías, pero en otro contexto: el rapto de las hijas de Pándareo que recuerda Penélope.
¿Esquilo contó el mito de Fineo?
Escribió una tragedia titulada Fineo, que formaba trilogía con Los persas, pero se ha perdido y de ella solo quedan unos pocos fragmentos. El relato completo del episodio, con la persecución y la intervención de Iris, procede de las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, del siglo III a. C.
¿Los argonautas mataron a las arpías?
No llegaron a matarlas. Zetes y Calais las alcanzaron con las espadas en alto, pero Iris los detuvo y juró por la Éstige que no volverían a molestar a Fineo. Las arpías se refugiaron en Creta, y por eso pueden reaparecer siglos después en la Eneida: nunca murieron.
Preguntas frecuentes
¿Qué son las arpías en la mitología griega?
Espíritus del viento tormentoso, hijas de Taumante y Electra, a las que se atribuía toda desaparición inexplicable. Con el tiempo pasaron de ser doncellas aladas y veloces a monstruos con rostro de mujer y cuerpo de ave rapaz, y se las consideró ministras de la muerte súbita.
¿Qué significa la palabra arpía?
Viene del griego hárpuia, del verbo harpázein, arrebatar o robar con violencia. La traducción más exacta es las arrebatadoras o las raptoras. El núcleo del nombre no es el robo sino la brusquedad: algo que desaparece de golpe y no vuelve.
¿Por qué las arpías atormentaban al rey Fineo?
Fineo, rey de Tracia, había recibido de Apolo el don de la profecía y lo usó para revelar a los hombres los designios de Zeus. El castigo fue la ceguera y un hambre perpetua: cada vez que se sentaba a comer, las arpías bajaban, devoraban la comida y ensuciaban lo que dejaban.
¿Quién liberó a Fineo de las arpías?
Zetes y Calais, los Boréadas, hijos alados del viento del norte que viajaban con los argonautas. Persiguieron a las arpías por el aire con las espadas desenvainadas hasta unas islas lejanas, pero no llegaron a matarlas.
¿Por qué no murieron las arpías al final del mito?
Porque intervino Iris, la diosa del arcoíris, que era hermana suya. Detuvo a los Boréadas en pleno vuelo y juró por las aguas de la Éstige, el juramento más inviolable que puede hacer un dios, que las arpías no volverían a acercarse a Fineo.
¿Qué relación tiene Iris con las arpías?
Son hermanas. Según la Teogonía de Hesíodo, las tres nacieron de Taumante y la oceánide Electra. La diosa del arcoíris y las raptoras del viento tormentoso son hijas del mismo padre, y ambas transportan cosas por el aire entre los dioses y los hombres.
¿Fueron siempre monstruos las arpías?
No. Hesíodo, la fuente más antigua, las describe como muchachas de hermosa cabellera que vuelan tan rápido como los vientos. La imagen del monstruo con rostro demacrado, garras y hedor pertenece a la tradición posterior y se fija sobre todo con Virgilio.
¿Qué simbolizan las arpías?
La irrupción violenta e imprevisible: la tormenta, el rapto, la desaparición sin explicación y la muerte súbita. En el mito de Fineo simbolizan además el castigo divino que no mata pero impide vivir, privando a la víctima del alimento y de la dignidad.
Mira también
Las Erinias o Furias: las castigadoras con las que más se confunde a las arpías, y a las que estas entregaron a las hijas de Pándareo.
El arcoíris: el camino por el que baja Iris, la hermana luminosa de las arpías.
Los doce Titanes: la generación primordial en la que se inscribe el linaje marino de Ponto y Gea.
Bibliografía
Fuentes primarias
Hesíodo, Teogonía, 265 ss. (el linaje de Taumante y Electra y las arpías de hermosa cabellera), disponible en Project Gutenberg, ebook n.º 348. Homero, Ilíada, XVI, 148-151 (Podarge y los caballos de Aquiles) y XVII, 426 ss. (los caballos que lloran a Patroclo); Odisea, XX, 61-82 (Penélope y las hijas de Pándareo). Apolonio de Rodas, Argonáuticas, II, 178-300 y 430 ss. (el episodio completo de Fineo, la persecución y el juramento de Iris). Pseudo-Apolodoro, Biblioteca, 1.2.6 y 1.9.21. Virgilio, Eneida, III, 209-267 (las Estrófadas y la profecía de Celeno), Project Gutenberg, ebook n.º 22456. Dante Alighieri, Infierno, canto XIII (el bosque de los suicidas). Fulgencio, Mythologiae, I.9 (la lectura alegórica del pillaje). Higino, Fábulas, 14.
Fuentes de verificación consultadas
Theoi Greek Mythology, entradas Harpyiai y Hippoi Balios & Xanthos, con los textos griegos de Apolonio y Homero. Wikipedia en inglés, entradas Podarge, Boreads, Phineus y Balius and Xanthus, para la cronología y las variantes. Britannica, entrada Harpy. World History Encyclopedia, entrada Harpy. Museo Británico, documentación sobre el Monumento de las Arpías de Janto, Licia, siglo V a. C. Edward S. Ellis, 1000 Mythological Characters Briefly Described (1903), Project Gutenberg, ebook n.º 42474.


