El camello: símbolo de resistencia, riqueza y humildad

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El camello simboliza la resistencia y la paciencia: la capacidad de soportar cargas y privaciones sin quejarse y sin detenerse. De ahí se derivan sus otros sentidos, según quién lo mire: riqueza e independencia para los pueblos del desierto, humildad y renuncia en la tradición cristiana, y el Oriente entero en la pintura europea.

Es también uno de los animales sobre los que más se ha inventado. Sus jorobas no llevan agua, la puerta por la que supuestamente no cabía nunca existió, y su famosa expresión altiva tiene una explicación anatómica y otra, mucho mejor, que se cuenta en el desierto desde hace siglos.

El camello de un vistazo
Significado principal Resistencia, paciencia y sobriedad
Origen del nombre Del semítico gamal, por el griego y el latín
Mundo árabe Riqueza, independencia y dignidad
Islam La camella de Salih, signo de Dios ante los tamud
Cristianismo Humildad, renuncia y advertencia contra la riqueza
Arte europeo Personificación de Asia y de la riqueza de Oriente
Uso militar Ciro el Grande en Timbra, 547 a. C.
No confundir Dromedario, bactriano, llama y alpaca

Origen del nombre

La palabra española camello viene del latín camelus, y este del griego kámelos, que a su vez no es griego: los griegos lo tomaron prestado de alguna lengua semítica, donde el animal se llamaba gamal en hebreo y ǧamal en árabe. Es el recorrido habitual de las palabras que designan cosas que un pueblo conoce por comercio y no por experiencia propia.

La raíz semítica se ha relacionado con la idea de llevar o soportar, aunque esa derivación no es segura y conviene tomarla con reserva. Si fuera cierta, el nombre y el símbolo coincidirían: el animal se llamaría, literalmente, «el que carga».

La misma raíz dio en hebreo el nombre de la tercera letra del alfabeto, guímel, cuya forma se ha querido explicar como el perfil de un camello. Y dromedario tiene otro origen, griego: de dromás, «corredor», porque el de una sola joroba es el veloz.

El barco del desierto

La imagen que mejor lo define no es una metáfora poética sino una descripción funcional. Al camello se lo llama barco del desierto por dos razones a la vez.

La primera es física: camina moviendo a la vez las dos patas del mismo lado, un paso que se llama ambladura y que balancea al jinete de un costado a otro exactamente como la cubierta de un barco. Quien viaja mucho a lomos de camello llega a marearse igual que en el mar.

La segunda es económica, y es la que importa para el símbolo. Antes de que existiera el camello domesticado, el desierto era una barrera: un espacio que no se cruzaba, como el océano. Después del camello, el desierto se volvió una vía. Todo lo que viajó por la ruta del incienso o por las caravanas transaharianas —oro, sal, seda, especias, libros, peregrinos y religiones— viajó sobre estos animales. Un camello adulto carga entre 150 y 200 kilos y recorre con ellos treinta o cuarenta kilómetros diarios durante semanas.

De ahí que el mismo animal signifique dos cosas que parecen opuestas: sobriedad y riqueza. Sobriedad porque come cardos y bebe cada varios días; riqueza porque encima lleva la mercancía. Para un beduino, el número de camellos era literalmente el patrimonio familiar, y en la poesía árabe antigua describir la propia camella con detalle era una forma reconocida de hablar de uno mismo.

El camello entre los árabes

En ninguna cultura ha significado tanto. La lengua árabe clásica tiene decenas de términos para el animal según su edad, su sexo, su color, su preñez y su carácter, una precisión que solo se desarrolla cuando algo es central para la vida entera de un pueblo.

Ahí el camello es fuerza, independencia y dignidad. Y esa dignidad se lee en su cara. Los europeos, que solo lo conocían de oídas o en un zoológico, interpretaron su gesto como arrogancia y lo cargaron de vicios: la grosería, los malos modales, el escupitajo. Los árabes, que convivían con él, leyeron la misma expresión como orgullo legítimo y la convirtieron en emblema de grandeza.

Y sobre esa mirada altiva cuentan una historia que explica el gesto mejor que cualquier tratado de zoología. Dios tiene cien nombres. Los hombres conocen noventa y nueve, y los repiten en el rosario y en la oración. El centésimo no se lo reveló a nadie: solo lo sabe el camello. Por eso el animal camina como camina, sin prisa y sin mirar a nadie a los ojos, con esa expresión de quien sabe algo que los demás no saben y no piensa decirlo.

Es tradición popular, no doctrina, pero explica de una vez el rasgo que a los europeos les parecía desdén y a los árabes les parecía majestad. Pertenece a la misma familia de relatos que rodean a otros grandes símbolos del mundo árabe, como el sello de Salomón.

La camella de Salih

El relato religioso más importante protagonizado por un camello está en el Corán, y es una parábola sobre el agua y la codicia.

Los tamud eran un pueblo poderoso del noroeste de Arabia, sucesores de los ad, famosos por tallar sus casas y palacios en la roca de las montañas. Su prosperidad los volvió arrogantes, y entre sus faltas estaba la de negar a los pobres el acceso al pasto y al agua, que son dones de Dios y de nadie en particular. Dios les envió como profeta a uno de los suyos, Salih.

No le creyeron, y le exigieron un milagro. Según la tradición recogida por Ibn Kazir, ellos mismos eligieron la prueba y señalaron una roca solitaria: que saliera de allí una camella preñada. Salih les hizo jurar que si ocurría, creerían. Después rezó. La roca se movió, se abrió, y de ella salió una camella de espeso pelaje, preñada, con la cría moviéndose visiblemente en el vientre.

La llamaron naqat Allah, la camella de Dios. Y con ella vino una sola norma, muy concreta: el pozo se repartiría por turnos. Un día bebería la camella y otro día los rebaños del pueblo. Ella bebía toda el agua de su día, pero a cambio daba leche suficiente para todos.

Aquello duró poco. Un grupo de nueve hombres —el Corán los llama corruptores que no enmendaban nada— conspiró contra el animal, y la desjarretaron: le cortaron los tendones de las patas para derribarla, y la mataron. Salih les anunció que les quedaban tres días. Al tercero llegó el grito y el temblor de tierra, y la mañana los encontró muertos en sus casas talladas en la piedra.

Lo que hace memorable el relato es la precisión del signo elegido. El milagro no fue una espada ni una plaga: fue un animal que había que dejar beber. La prueba consistía en compartir un pozo, y el pueblo prefirió matar antes que ceder un día de agua. Las ruinas de los tamud siguen en pie en Mada'in Salih, en Arabia Saudí, hoy declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Al-Qaswa, la camella del Profeta

La segunda historia es de otro tono, casi doméstica, y tiene que ver con cómo se decide dónde construir algo.

Cuando Mahoma llegó a Medina tras la Hégira, montaba una camella llamada al-Qaswa. La ciudad entera quiso el honor de alojarlo, y los jefes de cada clan salían a su paso sujetando las riendas del animal y ofreciéndole su casa. La situación era delicada: elegir a uno era desairar a todos los demás.

Según cuenta la Sira de Ibn Hisham, la solución fue no elegir. El Profeta pidió que soltaran las riendas y dijo que la dejaran, porque estaba guiada. La camella siguió andando sola por la ciudad, con toda Medina detrás, hasta que se detuvo en un terreno vacío donde se secaban dátiles, propiedad de dos huérfanos del clan Banu Nayyar. Allí se arrodilló. En ese solar se levantó la Mezquita del Profeta, y el terreno se pagó a los dos huérfanos.

Sobre la misma camella pronunció, años después, el Sermón de la Despedida en el monte Arafat. El testimonio de Yabir ibn Abd Allah, recogido en las colecciones de hadices, dice simplemente que lo vio subido en al-Qaswa dirigiéndose a la multitud. Fue su último discurso público.

El animal que en la parábola de Salih servía para probar la codicia de un pueblo aparece aquí resolviendo un conflicto de honor sin que nadie quede humillado. En ambos casos hace lo mismo: decidir por los hombres lo que los hombres no podían decidir sin pelearse.

El camello en la Biblia

En el Antiguo Testamento el camello es sobre todo una unidad de medida de la riqueza. Los rebaños de los patriarcas se contabilizan en camellos, y cuando el criado de Abraham va a buscar esposa para Isaac, la señal que identifica a Rebeca es que se ofrece a sacar agua no solo para él sino para sus diez camellos: un trabajo enorme, porque un camello sediento bebe más de cien litros de una vez. La generosidad de la muchacha se mide en cubos.

La ley mosaica, en cambio, lo declara impuro: rumia pero no tiene la pezuña partida, y por tanto no se come. Esa doble condición —animal indispensable y a la vez prohibido— es una de las razones de su ambivalencia simbólica en Occidente.

Comparte esa ambivalencia con otros animales del repertorio bíblico, aunque en sentido inverso al de la paloma, que es pura y sacrificable. En el Nuevo Testamento aparece de dos maneras. La primera es una prenda de ropa: Juan el Bautista vestía una túnica de pelo de camello ceñida con un cinturón de cuero, y comía langostas y miel silvestre. El detalle no es pintoresco: el pelo de camello es áspero e incómodo, y llevarlo sobre la piel era una declaración de renuncia. De ahí que los primeros ermitaños adoptaran la misma prenda, y de ahí, en última instancia, el cilicio.

La segunda aparición es la más famosa de todas y merece capítulo aparte.

El camello y el ojo de la aguja

Un hombre rico le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. La respuesta —que venda lo que tiene y lo dé a los pobres— lo deja tan abatido que se marcha. Y entonces Jesús se vuelve hacia sus discípulos y dice que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios.

La frase está en los tres evangelios sinópticos y produjo el efecto que buscaba: los discípulos preguntan, alarmados, quién podrá entonces salvarse. Es una hipérbole, y una construida a propósito para ser absurda: el animal más grande que un galileo podía nombrar, y el agujero más pequeño que podía imaginar.

Precisamente por eso, casi desde el principio hubo intentos de suavizarla, y los dos que triunfaron siguen circulando hoy.

El primero cambia el animal. En griego, kámelos es «camello» y kámilos es «maroma, cable de barco», y en la pronunciación de la época sonaban casi igual. Bastaba suponer un error de copista para que la frase pasara a comparar una soga con un hilo, que es raro pero no imposible. La lectura aparece por primera vez en Cirilo de Alejandría, en el siglo V, y en unos pocos manuscritos tardíos: no está en el texto original ni en la tradición mayoritaria.

El segundo cambia el agujero, y es el que todo el mundo ha oído alguna vez: que «el ojo de la aguja» era el nombre de una puerta estrecha de Jerusalén por la que un camello solo podía pasar descargado y de rodillas. Es una historia excelente. También es completamente falsa y se aborda más abajo entre los errores frecuentes.

Los camellos de Ciro el Grande

El uso militar del camello empezó con un truco, no con una carga de caballería, y decidió el destino de un imperio.

En diciembre del año 547 a. C., Creso de Lidia —el rey más rico del mundo conocido, de cuyo nombre viene la expresión «rico como Creso»— se enfrentó a Ciro II de Persia en la llanura de Timbra, cerca de Sardes. Creso tenía el doble de tropas y, sobre todo, la mejor caballería de Asia Menor, que era su orgullo y su arma decisiva.

Ciro conocía un detalle que Creso no había tenido en cuenta: los caballos no soportan a los camellos. No aguantan su olor ni su silueta y entran en pánico. Así que mandó descargar los camellos de la impedimenta, montarles jinetes encima y colocarlos en primera línea, justo enfrente de la caballería lidia.

Los caballos lidios se desbocaron antes del choque. La caballería se deshizo sola, y por las brechas que dejó entró la caballería persa. Creso tuvo que encerrarse en Sardes, la ciudad cayó tras un asedio de dos semanas, y con ella el reino de Lidia. Ciro pudo seguir hacia Babilonia y fundar el imperio aqueménida. Heródoto lo cuenta sin adornos: el caballo teme al camello y no soporta ni verlo ni olerlo.

Después vinieron los usos convencionales: Roma incorporó tropas montadas en camello —los dromedarii— a sus legiones de Siria, y los ejércitos del califato hicieron de ellos la base de una movilidad que ningún enemigo podía igualar en el desierto. Pero la primera vez que un camello decidió una batalla, lo hizo sin luchar: solo estando allí.

El camello como emblema de Oriente

Para Europa, el camello fue durante siglos un animal que casi nadie había visto y que por eso mismo servía perfectamente como signo de lo lejano.

La numismática romana lo acuñó en las monedas de la provincia de Arabia: bastaba un camello para que cualquiera supiera de qué región se hablaba. Ese uso se prolongó en la alegoría europea, donde Asia se representaba como una mujer acompañada de un camello, frente a Europa con un caballo, África con un león y América con un caimán. Y en la pintura, un camello cargado de fardos significaba una sola cosa: las riquezas incalculables de Oriente, del mismo modo que el cuerno de la abundancia significaba la prosperidad sin causa aparente.

Por esa vía entró también en la iconografía cristiana más popular de todas. El evangelio no dice que los Reyes Magos llegaran en camello —no menciona ninguna montura—, pero el arte los puso sobre camellos desde muy pronto, porque era la manera más rápida de decirle al espectador que venían de Oriente y que eran ricos. La imagen se impuso hasta volverse inseparable de la escena.

No confundir con

El dromedario. Tiene una sola joroba, es propio de Arabia y el norte de África, y su nombre viene del griego dromás, «corredor». El camello bactriano tiene dos jorobas y vive en Asia central, donde soporta inviernos de muchos grados bajo cero. En sentido amplio, los dos son camellos; en castellano corriente se reserva «camello» para el de dos jorobas.

La llama, la alpaca, el guanaco y la vicuña. Son camélidos sudamericanos, parientes verdaderos del camello, pero sin joroba y de otro continente. Comparten con él la resistencia y el papel de animal de carga en un medio hostil.

El camello bíblico y el camello del desierto profundo. Buena parte de las menciones antiguas se refieren al dromedario, no al bactriano, aunque las traducciones usen siempre la misma palabra.

Errores frecuentes

¿Había en Jerusalén una puerta llamada «el ojo de la aguja»?

No, y es probablemente la explicación falsa más repetida de todo el Nuevo Testamento. No existe ningún testimonio de una puerta con ese nombre en el Jerusalén del siglo I, ni resto arqueológico alguno. La leyenda aparece en el Occidente latino a partir del año 1000: un estudio de Agnieszka Ziemińska publicado en New Testament Studies en 2022 rastrea su origen entre los comentaristas medievales y descarta que proceda de Teofilacto, apuntando a una glosa atribuida a Anselmo. Hay además un argumento interno que la desmonta: los tres evangelistas usan palabras distintas para «ojo de aguja», y si fuera el nombre propio de una puerta tendrían que usar todos la misma.

¿La frase original decía «soga» y no «camello»?

Es una conjetura antigua y respetable, pero no es lo que dice el texto. Se apoya en que kámelos y kámilos sonaban casi igual, y aparece por primera vez en Cirilo de Alejandría, en el siglo V, cuatro siglos después de los hechos. Los manuscritos mayoritarios dicen camello. Ambas explicaciones, la de la puerta y la de la soga, comparten el mismo propósito: hacer llevadera una frase que fue dicha para que no lo fuera.

¿Las jorobas del camello guardan agua?

No: guardan grasa. Al metabolizarla, el animal obtiene energía y, de paso, algo de agua, pero la joroba no es un depósito de líquido. Se nota a simple vista: cuando el camello lleva tiempo sin comer bien, la joroba se desinfla y se le cae hacia un lado. Su resistencia a la sed depende de otros mecanismos —puede perder una proporción de agua corporal que mataría a otros mamíferos y recuperarla bebiendo más de cien litros de una sentada—, no de las jorobas.

¿«Camelo» y «camelar» vienen del camello?

No, aunque el parecido invite a pensarlo y el propio Diccionario de la Academia haya contribuido durante más de un siglo a la confusión al derivar camelar de camelo, «engaño». La filología apunta a otro origen: camelar procede del caló, la lengua de los gitanos españoles, donde significa «querer, amar, cortejar», y remonta al romaní kamel, «amar», y de ahí al sánscrito kāma, «deseo», el mismo término que da nombre al Kama Sutra.

El sentido primero no era engañar sino enamorar, y así se conserva todavía en las coplas andaluzas y en el flamenco. El deslizamiento posterior de «cortejar» a «engañar adulando» es fácil de entender, porque quien galantea promete más de lo que piensa cumplir. De modo que el camello y el camelo no comparten más que unas cuantas letras: uno viene de una lengua semítica y el otro de la India, por vía gitana.

¿En la India el camello simboliza el amor?

Circula una tríada según la cual, en la tradición india, el elefante representaría la buena suerte, el caballo el poder y el camello el amor. No se ha encontrado ninguna fuente que la respalde; su formato recuerda más al de los tests de personalidad de divulgación que al de una tradición documentada. En la India el camello es sobre todo un animal de trabajo del Rajastán y del Thar, con ferias ganaderas célebres como la de Pushkar.

Preguntas frecuentes

¿Qué simboliza el camello?

Resistencia, paciencia y capacidad de soportar cargas y privaciones sin quejarse. En el mundo árabe representa además riqueza, independencia y dignidad; en la tradición cristiana, humildad y renuncia; y en el arte europeo fue durante siglos la personificación de Asia y de las riquezas de Oriente.

¿Qué es la camella de Salih en el Corán?

Una camella enviada por Dios como signo al pueblo de Tamud, que según la tradición salió de una roca. Debía compartir el agua con los rebaños en días alternos, pero los tamud la desjarretaron, y por ello fueron destruidos. El relato aparece en varias azoras del Corán.

¿Cuál era el camello del profeta Mahoma?

Se llamaba al-Qaswa y era una camella. La tradición cuenta que al llegar a Medina se la dejó caminar libre para que eligiera el lugar de la mezquita, y que sobre ella se pronunció el Sermón de la Despedida en el monte Arafat.

¿Existió una puerta llamada el ojo de la aguja en Jerusalén?

No. No hay ningún testimonio de una puerta con ese nombre hasta después del año 1000, y la investigación reciente sitúa el origen de la leyenda en los comentaristas medievales latinos. La frase evangélica es una hipérbole deliberada sobre una aguja de coser.

¿Las jorobas del camello contienen agua?

No. Son depósitos de grasa, no de agua. Al metabolizarse, aportan energía y algo de agua, y por eso se vacían y se ablandan cuando el animal lleva mucho tiempo sin comer. La resistencia a la sed depende de otros mecanismos, no de las jorobas.

¿Cuál es la diferencia entre camello y dromedario?

El dromedario tiene una sola joroba y es propio de Arabia y el norte de África; el camello bactriano tiene dos y habita en Asia central, donde soporta inviernos muy fríos. En sentido amplio ambos son camellos, y en castellano se llama camello sobre todo al de dos jorobas.

¿Por qué el camello parece altivo?

Es un efecto de su anatomía: el cuello largo y la posición de la cabeza obligan al animal a mirar desde arriba. Una tradición popular árabe lo explicó de otro modo: de los cien nombres de Dios, los hombres conocen noventa y nueve, y el centésimo solo lo sabe el camello, y por eso mira así.

¿Por qué llaman al camello el barco del desierto?

Por su forma de andar, que balancea al jinete de lado a lado como la cubierta de un barco, y porque cumplió la misma función que un navío: transportar mercancías a través de una extensión vacía que ningún otro medio podía cruzar.

Mira también

La paloma: el otro gran animal simbólico compartido por las tres religiones del Libro.

El sello de Salomón: otro símbolo mayor del mundo árabe y su tradición.

El cuerno de la abundancia: la otra gran imagen europea de la riqueza que llega de lejos.

Bibliografía

Fuentes primarias

Corán, azoras 7:73-79, 11:64-68, 26:141-159 y 91:11-15 (la camella de Salih y los tamud). Ibn Kazir, Historias de los profetas (la camella salida de la roca). Ibn Hisham, Sira (al-Qaswa eligiendo el lugar de la Mezquita del Profeta). Hadiz de Yabir ibn Abd Allah, recogido por Muslim, Abu Dawud y Tirmidi (el Sermón de la Despedida). Biblia: Génesis 24 (Rebeca y los diez camellos), Levítico 11:4 (el camello como animal impuro), Mateo 3:4 (Juan el Bautista), Mateo 19:24, Marcos 10:25 y Lucas 18:25 (el ojo de la aguja). Heródoto, Historias, I (la batalla de Timbra y el miedo de los caballos a los camellos). Jenofonte, Ciropedia (la disposición de las tropas de Ciro).

Fuentes de verificación consultadas

Agnieszka Ziemińska, estudio sobre el origen del mito de la puerta llamada ojo de la aguja y su atribución a Teofilacto o a Anselmo, en New Testament Studies (Cambridge University Press, 2022). Wikipedia en inglés, entradas Eye of a needle, She-camel of God, Al-Qaswa, Battle of Thymbra y Camel cavalry. World History Encyclopedia, entrada Battle of Thymbra. Cirilo de Alejandría, fragmento 219, citado en la bibliografía sobre la lectura kámilos. Documentación sobre la fisiología del camello para el contenido de las jorobas y la rehidratación.