El colibrí: símbolo y significado

El colibrí —picaflor, chuparrosa, quinde, tucusito, zunzún, guainumbi o mainumby, según la región— es un ave exclusiva del continente americano, y su pequeño tamaño y su vuelo casi imposible lo convirtieron en protagonista de algunos de los mitos más elaborados de las culturas indígenas del continente. Un dios azteca nació de una bola de sus plumas y decapitó a su propia hermana; los dioses mayas lo tallaron en jade para que llevara mensajes entre el cielo y la tierra; para los cherokee fue el único capaz de robarles el tabaco a unas ocas guardianas; y para los guaraníes es, todavía hoy, quien recoge las almas de los muertos escondidas en las flores. Cuatro mitos distintos, cuatro pueblos sin contacto directo entre sí, y un ave diminuta en el centro de todos.

El colibrí de un vistazo
Aztecas Origen del dios Huitzilopochtli; guerreros caídos reencarnados como colibríes
Mayas Mensajero de jade entre los dioses y los hombres; el sol disfrazado
Cherokee El único capaz de recuperar el tabaco robado por las ocas Dagûlkû
Guaraní Mainumby, recolector de las almas escondidas en las flores
Denominador común Lo pequeño que nadie toma en serio, hasta que resulta decisivo: en los cuatro mitos reunidos aquí, el colibrí triunfa precisamente por su tamaño diminuto -nace ya armado pese a su origen minúsculo, se elige como mensajero por su velocidad, es el único que los guardianes no llegan a ver, hace su parte aunque sepa que no alcanza-, nunca a pesar de él

Huitzilopochtli: el nombre y sus dos traducciones

Los aztecas tuvieron entre sus divinidades principales a Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra, identificable por el brazalete de plumas de colibrí que llevaba en la muñeca izquierda. Su nombre se compone de dos palabras náhuatl: huitzilin, «colibrí», y opochtli, «izquierda». Literalmente, entonces, significa «colibrí de la izquierda» o «colibrí zurdo». La traducción más citada en español, «colibrí del sur», es derivada, no literal: los mexicas se orientaban mirando hacia el oeste, y en esa disposición el sur quedaba a su mano izquierda, de modo que «izquierda» y «sur» terminaron siendo la misma dirección en su cosmovisión.

El nacimiento armado de un dios

El vínculo entre Huitzilopochtli y el colibrí no es solo de nombre: nace, literalmente, de uno. El mito, recogido en el Códice Florentino, cuenta que su madre, Coatlicue, «la de la falda de serpientes», era una sacerdotisa encargada de barrer el templo del monte Coatepec. Un día, mientras barría, una bola de plumas de colibrí cayó del cielo; Coatlicue la recogió y se la guardó en la cintura, y con ese simple gesto quedó embarazada.

La noticia deshonró a su hija mayor, Coyolxauhqui, y a sus cuatrocientos hijos varones, los Centzon Huitznahua, que decidieron matar a su madre antes de que naciera el niño. Mientras subían hacia el templo armados, uno de ellos, compadecido, avisó en secreto al niño que Coatlicue llevaba en el vientre. Cuando Coyolxauhqui y sus hermanos llegaron a la cima, Huitzilopochtli nació de golpe, ya adulto y completamente armado, con su escudo y su lanzadardos. Con la xiuhcóatl, la serpiente de fuego, decapitó a Coyolxauhqui de un solo golpe; su cuerpo cayó rodando por la ladera del monte, despedazándose contra las rocas, y su cabeza quedó fija en el cielo como la luna. A sus cuatrocientos hermanos los persiguió y dispersó por el firmamento, donde se convirtieron en estrellas. Los mexicas conmemoraron esta escena de forma monumental: la gigantesca piedra circular con el cuerpo desmembrado de Coyolxauhqui, hallada al pie del Templo Mayor de Tenochtitlan, representa exactamente el instante posterior a su derrota, una escena de decapitación mítica que en otra cultura y con otra intención protagoniza también Medusa.

Guerreros reencarnados y el filo de obsidiana

Los aztecas creían que los guerreros muertos en combate se reencarnaban como colibríes, que acompañaban al sol en su recorrido diario por el cielo. La creencia no era solo poética: los colibríes machos son, en efecto, extremadamente territoriales y agresivos, y usan su pico largo y afilado como arma para defender su territorio de cualquier intruso, un comportamiento que los ornitólogos han documentado bien y que a los mexicas les debió parecer una confirmación natural de su carácter guerrero.

Existe además una analogía visual muy directa entre el pico estrecho del colibrí, que se introduce en una flor para extraer néctar, y el cuchillo de obsidiana con el que los sacerdotes aztecas abrían el pecho de un cautivo durante el sacrificio. La mayoría de las flores que polinizan los colibríes son, además, rojas, una preferencia de color real que estas aves desarrollaron por selección natural, y que reforzaba, para los mexicas, la asociación entre el colibrí y la sangre del sacrificio: el corazón todavía latiendo de un cautivo, ofrecido al sol para que continuara su viaje por el cielo, la misma lógica de un animal pequeño encargado de sostener el movimiento del sol que en el antiguo Egipto recae sobre el escarabajo.

El mensajero de jade maya

La tradición maya conserva su propio mito de origen para el colibrí, distinto del azteca pero con el mismo instinto de convertirlo en puente entre dos mundos. Cuenta que, cuando los dioses creadores terminaron de dar forma a la tierra, las montañas, los ríos y todos los animales, cada uno con su tarea asignada, se dieron cuenta de que habían olvidado un detalle: no tenían ningún mensajero capaz de llevar noticias entre el cielo y la tierra. Tomaron entonces un trozo de jade, la piedra más preciada de toda Mesoamérica, y de él tallaron una flecha diminuta. Cuando terminaron de trabajarla, le dieron aliento y vida, y la flecha de jade se convirtió en el primer colibrí, capaz de moverse entre los dos mundos con la misma velocidad con la que había sido pensada.

Otra tradición maya, distinta de esta, cuenta que el colibrí es en realidad el sol disfrazado, que adopta esa forma diminuta para cortejar en secreto a la luna. Ambos relatos comparten la misma lógica de fondo: un ave demasiado rápida y demasiado brillante para ser solo un ave, muy cercana en espíritu a otras deidades norteamericanas ligadas a la fertilidad y la música, como Kokopelli.

El mainumby guaraní: recolector de almas

En la cosmovisión guaraní, extendida por Paraguay, el noreste argentino, el sur de Brasil y Bolivia, el colibrí —mainumby o maino'i, según la variante— ocupa un lugar tan central que entre los mbya guaraní se lo identifica directamente con la representación misma del Creador, Ñamandú. El sacerdote jesuita José Sánchez Labrador, en su obra Peces y aves del Paraguay Natural, escrita en 1767, ya describía a esta avecilla como una de las más pequeñas y maravillosas del reino de las aves, y registraba el nombre guaraní con el que los misioneros la conocieron: mainumbi.

La leyenda guaraní más extendida sobre el colibrí trata sobre la muerte, y no sobre el origen del mundo. Cuenta que el alma de una persona, al morir, no desaparece junto con el cuerpo: se desprende y va a esconderse dentro de una flor, a la espera de que un ser mágico venga a buscarla. Ese ser es el mainumby, que vuela de flor en flor recogiendo las almas y llevándolas, guiándolas con cuidado, hasta el paraíso. Por eso, hasta hoy, que un colibrí construya su nido cerca de una casa se sigue interpretando en buena parte de la cultura popular paraguaya como una señal de que las almas de los seres queridos que ya partieron están en paz, y por la misma razón existía la creencia de que matar a un mainumby atraería una desgracia, como un incendio, sobre la casa de quien lo hiciera.

Existe además una fábula guaraní, todavía muy repetida en las escuelas de la región, que no habla del origen del colibrí sino de su carácter. Cuenta que un día un incendio enorme arrasaba la selva, y todos los animales huían despavoridos. En medio del caos, un jaguar vio pasar al mainumby volando justo en la dirección contraria a la de todos los demás, hacia el fuego, y lo vio repetir el mismo trayecto una y otra vez, hasta que finalmente le preguntó qué estaba haciendo. El colibrí respondió que iba hasta el lago, tomaba una gota de agua con el pico y la dejaba caer sobre el incendio. El jaguar se rio de él: ¿de verdad creía que iba a apagar un incendio semejante con su pico diminuto? El mainumby, sin detenerse, respondió que sabía perfectamente que no podría apagarlo solo, pero que esa selva era su hogar, y que pensaba hacer su parte de todos modos.

El colibrí que les robó el tabaco a las ocas

Muy al norte de las tierras mayas y aztecas, el pueblo cherokee conservó su propio relato sobre el colibrí, registrado por el etnógrafo James Mooney en 1900 a partir de la tradición oral que todavía recogió de primera mano. Cuenta que, en el principio del mundo, existía una única planta de tabaco, a la que todos los pueblos y animales acudían cuando lo necesitaban, hasta que las ocas Dagûlkû la robaron y se la llevaron muy lejos, hacia el sur. Sin tabaco, una anciana empezó a enfermar y a debilitarse, y todos temían que muriera si no lo recuperaban pronto.

Uno por uno, los animales más grandes se ofrecieron a ir a buscarlo, y uno por uno fueron descubiertos y muertos por los guardianes de las ocas antes de poder acercarse a la planta; hasta el Topo, que intentó llegar cavando bajo tierra, fue detectado por su rastro. Al final, cuando ya nadie más quería intentarlo, se ofreció el Colibrí, tan pequeño que los demás animales dudaron de que sirviera para algo. Le dejaron intentarlo. El Colibrí viajó hacia el sur hasta llegar a las montañas que bordeaban el país del tabaco, sacó de su bolsa de medicina una piel de colibrí y se la puso encima como un vestido, transformándose por completo en el ave. Así disfrazado, cruzó volando el campo vigilado con tanta velocidad que ningún guardián llegó a verlo, arrancó hojas y semillas de la planta, las guardó en su bolsa y regresó volando de la misma manera, sin que nadie lo descubriera. Gracias a él, el tabaco volvió a estar al alcance de su pueblo.

Joyas voladoras: el nombre español

Los primeros españoles que vieron colibríes en América, deslumbrados por sus colores iridiscentes y su vuelo imposible de seguir con la vista, los llamaron «joyas voladoras», un apodo que resume bien el asombro que el ave sigue provocando siglos después, en culturas que ya no comparten ni el idioma ni la mitología de quienes narraron por primera vez sus mitos de origen.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el colibrí para los aztecas?

Estaba vinculado a Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra, cuyo nombre significa «colibrí de la izquierda» o «colibrí del sur». Los aztecas creían que los guerreros caídos en batalla se reencarnaban como colibríes, que acompañaban al sol en su recorrido por el cielo.

¿Cómo nació Huitzilopochtli según el mito azteca?

Su madre, Coatlicue, quedó embarazada al recoger una bola de plumas de colibrí caída del cielo mientras barría un templo. Sus otros hijos, indignados, marcharon a matarla; Huitzilopochtli nació ya adulto y armado, decapitó a su hermana Coyolxauhqui y dispersó a sus cuatrocientos hermanos por el cielo como estrellas.

¿Qué mito cherokee existe sobre el colibrí?

Cuenta que las ocas Dagûlkû robaron la única planta de tabaco del mundo. Todos los animales grandes fracasaron en recuperarla hasta que el diminuto Colibrí se disfrazó con una piel mágica guardada en su bolsa de medicina, voló hasta el campo custodiado sin ser visto y regresó con las semillas.

¿Qué significa el colibrí para los guaraníes?

El mainumby o maino'i es, para el pueblo guaraní, quien recoge las almas de los muertos escondidas en las flores y las guía hasta el paraíso. Entre los mbya guaraní se lo identifica además con una representación del propio Creador, Ñamandú.

Fuentes

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