Sakura: significado y simbolismo de la flor de cerezo

El sakura o flor de cerezo es la flor emblemática de Japón, y su simbolismo tiene cuatro capas sucesivas documentadas. Fue el asiento donde bajaba el dios del arroz en la religión agraria, metáfora cortesana de la vida breve en el período Heian, categoría estética en el siglo XVIII y consigna de sacrificio nacional entre 1868 y 1945, cuando se pintaba en el fuselaje de los aviones de las unidades kamikaze.

El dato constante en las cuatro es que la flor dura poco. Lo que cambia de una época a otra es qué se concluye de esa brevedad.

El sakura de un vistazo
Mito fundacional Ninigi elige a la princesa flor y rechaza a la princesa roca: por eso la vida humana es breve (Kojiki)
Religión agraria Asiento donde baja el dios del arroz; su floración anuncia la siembra y predice la cosecha
Corte de Heian Metáfora de la vida: hermosa porque se acaba. Desplaza al ciruelo chino
Estética Edo Mono no aware: la emoción ante lo que pasa, formulada por Motoori Norinaga
Estado militar, 1868-1945 Consigna de entrega por el emperador, «como pétalos que caen»; se planta en el territorio ocupado
Hoy Hanami, fin del curso escolar, irezumi: comienzo y despedida a la vez
Denominador común En todas las épocas significa que lo hermoso dura poco; lo que cambia es si eso invita a celebrar la vida o a entregarla

Origen del nombre

La etimología más aceptada de sakura descompone la palabra en dos piezas y explica de paso todo lo que viene después. Sa es una voz del japonés antiguo que designa al espíritu del arroz, o directamente al dios de los arrozales, sa no kami. Kura significa asiento, receptáculo o depósito, y es la misma palabra que la de los graneros elevados donde se guardaba el grano sagrado. Sakura sería, entonces, el asiento del dios del arroz: no el nombre de una flor, sino el del sitio donde se posa una divinidad. Esta explicación procede de la etnografía folclórica japonesa y es la más difundida, pero no está establecida por la lingüística histórica, que trata el origen de la palabra como una cuestión abierta.

Una segunda hipótesis, menos rica pero más simple, la deriva del verbo saku, «florecer», con el sufijo -ra que indica pluralidad: las que florecen todas juntas. Y una tercera la remonta al nombre de la diosa Konohana-Sakuya-hime, cuya sílaba sakuya habría derivado en sakura. Las tres apuntan a lo mismo por caminos distintos, y la primera es la que sostiene el resto: si el cerezo es el asiento de un dios, entonces mirarlo florecer no era un placer estético sino una obligación del calendario.

La princesa flor y la princesa roca

El Kojiki, la crónica japonesa más antigua, compilada en 712, cuenta por qué la vida humana es corta, y la respuesta es una flor de cerezo. Ninigi, nieto de la diosa del sol Amaterasu, baja del cielo para gobernar la tierra y se enamora de Konohana-Sakuya-hime, «la princesa que hace florecer los árboles». Le pide la mano a su padre, el dios de las montañas Ōyamatsumi, que se la concede y además le entrega a la hermana mayor, Iwanaga-hime, «la princesa roca duradera».

Ninigi mira a la hermana mayor, la encuentra fea y la devuelve intacta. Se queda solo con la hermosa. Entonces el padre le explica lo que acaba de hacer: había entregado a las dos a propósito, para que la vida de sus descendientes fuera al mismo tiempo duradera como las rocas y espléndida como las flores. Al rechazar a la roca, Ninigi eligió por todos. Desde entonces, dice el Kojiki, la vida de los emperadores —y con ellos la de los hombres— es breve como la floración de los árboles.

La estructura es la de una explicación etiológica, del mismo tipo que las que en otras mitologías cuentan por qué se muere: alguien tuvo que elegir entre dos ofertas y eligió la que se marchita. Konohana-Sakuya-hime quedó como diosa del monte Fuji y de los volcanes, y su emblema es la flor de cerezo. La tradición posterior remite a este episodio la asociación entre el sakura y la brevedad de la vida: dentro del relato no funciona como metáfora poética, sino como causa de la mortalidad.

El árbol donde baja el dios del arroz

Antes de ser un asunto de corte, el cerezo fue un instrumento agrícola. La creencia popular sostenía que el dios de los arrozales pasaba el invierno en la montaña y bajaba en primavera para el ciclo del cultivo, y que se posaba en el cerezo, que funcionaba como árbol receptáculo de la divinidad. La floración era la prueba visible de que el dios ya había llegado.

De ahí salen dos usos concretos. El primero es un calendario: los cerezos silvestres florecen justo antes de que empiece el trabajo del arroz, de modo que la flor daba la señal de la siembra. El segundo es un pronóstico: por la manera en que se abrían las flores se adivinaba cómo vendría la cosecha del año. Bajo el árbol se dejaban ofrendas al dios y después se compartía con él la comida y el sake, que es la forma que conserva el hanami de hoy. La merienda con alcohol bajo los cerezos conserva, por lo tanto, la estructura de la ofrenda antigua: primero se da al dios, después se comparte.

El hanami empezó con otra flor

La costumbre cortesana de reunirse a contemplar flores no empezó con el cerezo, sino con el ciruelo, el ume, importado de China junto con el resto de la moda cultural de la dinastía Tang. En el período Nara la flor prestigiosa era esa, y el cerezo silvestre resultaba comparativamente vulgar.

El cambio se mide en las dos grandes antologías poéticas. En el Man'yōshū, recopilado hacia el año 760, los poemas dedicados al ciruelo superan a los dedicados al cerezo, en una proporción que las distintas fuentes sitúan en torno a 110 o 118 contra unos 42 o 43. En el Kokinshū, de 905, la proporción aparece invertida, con 18 poemas al ciruelo frente a los dedicados al cerezo, que el Museo del Sake Hakushika cifra en 70 y otras fuentes elevan hasta 110. Los recuentos no coinciden porque depende de qué cuente como poema «sobre» una flor, pero la inversión es la misma en todos.

El desplazamiento se registra además en el vocabulario. En la época del Man'yōshū, cuando un poema dice «la flor» sin más, se refiere al ciruelo; en la del Kokinshū, la misma palabra ya designa al cerezo.

El vuelco coincide con un giro político. En 894 Japón suspendió las embajadas oficiales a China, y la cultura de la corte empezó a valorar lo propio frente a lo continental. El emperador Saga, en el siglo IX, adoptó la práctica campesina de reunirse bajo los cerezos y la convirtió en banquete palaciego con poesía. La costumbre bajó después a la clase guerrera y, en el período Edo, al pueblo llano: el shōgun Tokugawa Yoshimune mandó plantar cerezos en terrenos públicos de Edo para extenderla. Con el tiempo, la palabra hana, «flor» a secas, pasó a significar esta flor y ninguna otra.

Mono no aware: la emoción de lo que pasa

El concepto que suele traducirse como «la emoción de las cosas» viene de la literatura del período Heian, pero fue el erudito Motoori Norinaga, en el siglo XVIII, quien lo convirtió en categoría central al analizar la Genji monogatari. Para Norinaga, «saber» el mono no aware es percibir con lucidez la realidad y conmoverse con ella, y el ejemplo que da de esa capacidad es emocionarse ante los cerezos en flor.

Norinaga pertenecía al kokugaku, el movimiento de estudios nacionales que buscaba una identidad japonesa anterior a la influencia china y budista. En 1790 escribió un poema breve: si alguien pregunta qué es el alma japonesa, responde, es la flor del cerezo silvestre que perfuma bajo el sol de la mañana. En el contexto del kokugaku, el verso es una declaración estética sobre el carácter nacional. Ciento cincuenta y cuatro años después se le dio otro uso.

Cómo un poema terminó bautizando a los kamikazes

La antropóloga Emiko Ohnuki-Tierney reconstruyó este proceso en Kamikaze, Cherry Blossoms, and Nationalisms, publicado por la Universidad de Chicago en 2002, y su tesis es precisa: el Estado Meiji no inventó el símbolo, sino que le cambió el signo. Tomó una flor que significaba identidad cultural y la convirtió en una consigna de sacrificio, resumida en una fórmula que aparece en manuales escolares y canciones: morir por el emperador como pétalos de cerezo que caen hermosamente.

Los pasos son documentables. En septiembre de 1930, jóvenes oficiales del ejército imperial fundaron una sociedad secreta para reorganizar el país en clave militarista, si hacía falta mediante un golpe, y la llamaron Sakurakai, la sociedad de la flor de cerezo. Durante la guerra, la propaganda exaltó a los soldados «listos como una miríada de flores de cerezo para dispersarse». Los pilotos pintaban la flor en el fuselaje o se llevaban una rama en la última misión. El avión cohete tripulado que se diseñó en 1944 para esas unidades se llamó Ōka, «flor de cerezo». Y en las conquistas, el ejército plantaba cerezos en el territorio ocupado como manera de declararlo japonés: el símbolo funcionaba también como bandera vegetal.

Ohnuki-Tierney dedica un capítulo entero a la operación que dio a esa propaganda su forma más acabada: la identificación de las flores de cerezo con las almas de los soldados caídos. El santuario Yasukuni, donde se rinde culto a los muertos por el emperador, está plantado de cerezos, y el discurso oficial sostenía que los caídos volvían allí convertidos en flores. En ese marco, la caída en combate se presentaba como un retorno al santuario en forma de flor.

Los nombres de las unidades documentan la operación con precisión. Las cuatro primeras escuadrillas del tokkōtai —el cuerpo de ataque especial, conocido en Occidente como kamikaze— se llamaron Shikishima, Yamato, Asahi y Yamazakura, y las cuatro palabras proceden del mismo verso: son, en ese orden, las piezas del poema de Motoori Norinaga de 1790. El poema quedó así repartido entre las cuatro escuadrillas.

Lo que escribieron los propios pilotos

La misma investigación aporta el contrapeso y viene de los diarios de los estudiantes movilizados. Ohnuki-Tierney trabajó con esos cuadernos y encontró algo que la propaganda no había previsto: los pilotos no leían la flor en clave militarista. Eran jóvenes formados en tradiciones intelectuales cosmopolitas, y para ellos el cerezo seguía siendo lo que había sido siempre, la imagen de una belleza dolorosa y de una vida breve, la suya, sin resolver.

La autora llama a ese desencuentro méconnaissance: dos partes usan el mismo símbolo y extraen de él sentidos distintos sin advertir que no se están comunicando. El Estado transmitía una consigna de entrega por el emperador; los diarios muestran que muchos de sus destinatarios leían en la flor una elegía por su propia juventud. Según su análisis, esa opacidad es lo que permite que un símbolo sea capturado políticamente sin que quienes lo usan lleguen a compartir su sentido.

Florecer y marchitarse

Después de 1945 el sakura siguió en uso civil. Uno de esos usos tiene que ver con los exámenes: el curso escolar japonés termina y empieza en la estación de la floración, y durante décadas los estudiantes que rendían en otra ciudad recibían el resultado por telegrama en dos fórmulas. Sakura saku, «los cerezos florecen», significaba aprobado. Sakura chiru, «los cerezos se dispersan», significaba lo contrario.

La flor aparece también en el irezumi, el tatuaje tradicional japonés, casi siempre combinada con otros motivos clásicos como la carpa koi, el dragón o el tigre, donde aporta el matiz de que la vida es fugaz pero intensa. Es, en ese repertorio, el contrapunto exacto del loto: una flor dice que nada dura, la otra que algo se mantiene intacto. El japonés tiene además dos palabras para dos momentos distintos de la floración. Hanagumo, «nube de flores», nombra el efecto de los cerezos abiertos en masa, que a distancia parecen un banco de nubes posado sobre la ladera. Hanafubuki, «ventisca de flores», nombra el momento en que el viento arranca los pétalos de golpe. De las dos, la propaganda militar solo utilizó la segunda.

Errores frecuentes

El sakura como símbolo samurái del bushidō

Se repite que la flor de cerezo era el emblema de los samuráis porque encarnaba el ideal de caer en el momento más hermoso. La asociación existe, y Ohnuki-Tierney la fecha: documenta que la equivalencia entre caer joven y caer bien se sistematiza en el período Meiji, a partir de 1868, cuando el Estado necesita una ética de sacrificio nacional, y que el bushidō tal como se divulga hoy se codifica en esos mismos años. El guerrero del período Edo hacía hanami como todo el mundo: comía, bebía y miraba las flores.

El Kojiki no dice «cerezo»

En el pasaje de Ninigi y las dos hermanas, el texto original habla de la brevedad de «las flores de los árboles», sin especificar la especie. La identificación con el cerezo se consolida en la tradición posterior y en las ediciones tardías, arrastrada por el nombre de la propia diosa. El mito explica por qué la vida es breve como una flor; que esa flor sea un cerezo es una lectura japonesa posterior, no un dato del siglo VIII.

El hanami no nació mirando cerezos

La versión habitual sitúa el origen de la costumbre en el período Nara, cuando la gente habría empezado a admirar los cerezos. En Nara la flor de prestigio era el ciruelo chino, y el propio recuento de las antologías lo confirma. El hanami cortesano existía antes de que se hiciera con cerezos, y el hanami campesino, que es anterior a los dos, no era una contemplación estética sino una ofrenda al dios del arroz.

Preguntas frecuentes

¿Qué simboliza la flor de cerezo?

La brevedad de la vida, pero el sentido de esa brevedad cambió por completo según quién la usara. Para el campesinado antiguo, el cerezo era el asiento donde bajaba el dios del arroz y su floración anunciaba la siembra. Para la corte de Heian, la belleza que conmueve porque se acaba. Para el Estado militar japonés, entre 1868 y 1945, la entrega de la vida joven por el emperador. Hoy convive todo eso con el hanami, la graduación escolar y el tatuaje.

¿Qué significa la palabra sakura?

La explicación más aceptada la descompone en sa, que en japonés antiguo designa al espíritu del arroz o al dios de los arrozales, y kura, que significa asiento o receptáculo de una divinidad. Sakura sería entonces el asiento del dios del arroz: el árbol donde la divinidad baja de la montaña en primavera. Otra hipótesis la deriva del verbo saku, florecer, con el sufijo ra.

¿El hanami empezó con los cerezos?

No. En el período Nara, la flor prestigiosa de la corte era el ciruelo, importado de China junto con el resto de la moda cultural de la dinastía Tang. En el Man'yōshū, del año 760 aproximadamente, hay unos 110 poemas dedicados al ciruelo y 43 al cerezo. En el Kokinshū, de 905, la proporción está invertida: unos 110 al cerezo y 18 al ciruelo. El desplazamiento coincide con el fin de las embajadas oficiales a China.

¿Es cierto que el sakura era el símbolo de los samuráis?

La asociación existe, pero es posterior a los samuráis del período Edo. La antropóloga Emiko Ohnuki-Tierney documenta que fue el Estado Meiji, a partir de 1868, el que convirtió un símbolo de identidad cultural en un símbolo de sacrificio por la patria, y que el bushidō tal como se divulga hoy se sistematizó en esa misma época. El samurái del período Edo hacía hanami como todo el mundo.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Kojiki (712), sección XXXVIII, episodio de Ninigi, Konohana-Sakuya-hime e Iwanaga-hime, en la traducción de Basil Hall Chamberlain (1882), de dominio público
  • Man'yōshū (c. 760) y Kokinshū (905), para el recuento comparado de poemas al ciruelo y al cerezo
  • Motoori Norinaga, poema de 1790 sobre el yamato-gokoro y la flor del cerezo silvestre

Estudios y datos actuales

Mira también

El símbolo del árbol y su significado: el árbol como morada de la divinidad, que es la función que cumple el cerezo en la religión agraria japonesa.

El loto: símbolo y significado: la otra gran flor de la simbología japonesa, con un mensaje casi opuesto, el de lo que permanece puro atravesando el lodo.

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