Escarabajo egipcio: símbolo, significado

El escarabajo egipcio simboliza el llegar a ser: la existencia que surge donde no había nada. No es una interpretación moderna ni una lectura simbólica añadida después, sino literalmente lo que la palabra significaba. El verbo egipcio kheper, «devenir, transformarse, venir a la existencia», se escribía con el jeroglífico de un escarabajo.

De ahí sale todo lo demás: el sol que vuelve a salir cada mañana, el muerto que renace y el amuleto más repetido de la historia de Egipto. Cada vez que un escriba escribía «llegar a ser», dibujaba este insecto.

El escarabajo egipcio de un vistazo
Significado Llegar a ser, transformarse, renacer
Nombre egipcio Kheperer, «el que llega a ser»
Dios asociado Khepri, el sol naciente
Especie real Scarabaeus sacer, escarabajo pelotero
Uso funerario Escarabajo del corazón sobre el pecho de la momia
Texto inscrito Capítulo 30B del Libro de los Muertos
Uso civil Sello personal, anillo y amuleto
Material Esteatita vidriada, jaspe y serpentina verdes
Primeros ejemplares Amuletos en el Reino Antiguo; sellos desde el Primer Periodo Intermedio
Cómo se datan Por el tallado del dorso, según la tipología de Ward y Tufnell

Origen del nombre

La clave de todo el simbolismo del escarabajo está en la lengua, y es de una elegancia que pocos símbolos igualan.

El verbo egipcio kheper (ḫpr) significa «llegar a ser», «devenir», «transformarse», «venir a la existencia». Es uno de los términos más cargados de toda la teología egipcia, porque describe el acto mismo de empezar a existir. Y el signo con que se escribía ese verbo era el dibujo de un escarabajo.

El sustantivo kheperer, que es el nombre del insecto, significa por tanto, y de manera literal, «el que llega a ser». El animal no recibió su nombre por su aspecto ni por su conducta: lo recibió por lo que significaba.

Las consecuencias de esa coincidencia son enormes. Cualquier texto egipcio que hablara de nacer, de aparecer, de transformarse o de existir llevaba un escarabajo escrito en medio de la frase. Y el dios del sol naciente se llamó Khepri, «el que llega a ser», con el mismo verbo y el mismo signo. Nombrar a ese dios era conjugar el verbo existir.

Nuestra palabra escarabajo viene por otro camino: del latín scarabaeus, y este del griego kárabos. La forma escarabeo se reserva en arqueología para el amuleto, no para el insecto.


Lo que los egipcios vieron

Detrás del símbolo hay una observación de campo minuciosa y una conclusión equivocada, y las dos cosas importan.

El Scarabaeus sacer es un escarabajo pelotero. Fabrica con estiércol una bola perfectamente esférica, mucho mayor que él, y la empuja de espaldas con las patas traseras a lo largo del suelo hasta encontrar un sitio blando, donde cava y la entierra. Semanas después, del suelo salen escarabajos jóvenes.

Lo que los egipcios no vieron —porque ocurre dentro de la bola y bajo tierra— es que hay una hembra que pone los huevos y unas larvas que se alimentan del estiércol. Lo que vieron fue esto: un animal fabrica una esfera, la entierra, y de la tierra sale vida. Sin apareamiento visible, sin huevos visibles, sin madre. Concluyeron que el escarabajo se engendraba a sí mismo.

La analogía con el sol es inmediata, y hay un detalle visual que la cerró del todo. Cuando el escarabajo empuja la bola, esta queda por delante de su cabeza, entre las antenas, exactamente en la posición en que los dioses egipcios llevan el disco solar entre los cuernos. Un insecto pequeño y sucio estaba repitiendo cada mañana, en el polvo, la escena mayor de su cosmología.

Se añade una tercera observación: el escarabajo era, junto con otros insectos, la primera criatura que aparecía sobre el limo del Nilo cuando la crecida se retiraba y el sol empezaba a calentar el barro. Vida saliendo del lodo donde no había nada.

Khepri, el sol de la mañana

De esa lectura nació un dios. Khepri se representa como un escarabajo, o como un hombre con un escarabajo entero por cabeza —una imagen que resulta extraña incluso dentro del repertorio egipcio, y de la que quedan ejemplos magníficos, como los de la tumba de Nefertari—. Su nombre aparece ya en los Textos de las Pirámides, del Reino Antiguo.

Su función es precisa: es el sol en el momento de salir. La teología solar egipcia repartió el día entre tres formas del mismo dios. Khepri es el sol naciente, el que acaba de venir a la existencia; Ra es el sol del mediodía, en pleno poder; y Atum es el sol del atardecer, el que se completa y se retira. Los tres son el mismo astro en tres momentos, y solo el primero se representa como un insecto.

Khepri empuja el disco solar por el cielo igual que el escarabajo empuja su bola por el suelo, y cada noche lo hace descender al mundo inferior para volver a sacarlo por el este a la mañana siguiente. En los textos del Amduat, que describen el viaje nocturno del sol, el escarabajo aparece repetidamente en el momento decisivo: la salida.

Lo teológicamente notable es que Khepri no es un creador que fabrica el mundo desde fuera. Es el principio de lo que se hace a sí mismo. En una cosmología donde el sol se engendra cada amanecer sin que nadie lo engendre, el insecto autogenerado era la imagen exacta.

El escarabajo del corazón

El objeto más importante de toda esta tradición es un amuleto funerario, y para entenderlo hay que saber primero qué le ocurría al corazón de un egipcio muerto.

En la momificación se extraían las vísceras, pero el corazón se dejaba dentro del cuerpo, y si se sacaba por error se volvía a coser en su sitio. La razón es que para los egipcios el corazón, no el cerebro, era la sede del pensamiento, la memoria, la voluntad y la conciencia moral. El difunto lo necesitaba.

Lo necesitaba porque le esperaba un juicio. En la Sala de las Dos Verdades, ante Osiris, el corazón del muerto se colocaba en un platillo de la balanza y en el otro la pluma de Maat, que es el orden justo del mundo. Si el corazón pesaba más —cargado de lo que había hecho—, se lo comía Ammit, y el difunto dejaba de existir por completo.

Y aquí está el problema que da origen al objeto. El corazón era la sede de la memoria: sabía todo lo que su dueño había hecho. En el juicio podía hablar, y podía hablar en contra.

Contra esa posibilidad se fabricó el escarabajo del corazón: un amuleto grande, de piedra dura y verde —jaspe, serpentina o esteatita vidriada—, colocado sobre el pecho de la momia entre los vendajes, a veces montado en un pectoral de oro. Los más antiguos datan de mediados de la dinastía XIII y la costumbre siguió al menos hasta el siglo III a. C.

En su base plana lleva inscrito el capítulo 30B del Libro de los Muertos, que no es un conjuro contra un enemigo exterior sino una súplica dirigida al propio órgano. En el papiro de Ani se lee:

«Oh corazón mío que tuve de mi madre, corazón mío de mis distintas edades: no te levantes como testigo contra mí, no te opongas a mí en el tribunal, no me seas hostil ante el guardián de la balanza, pues tú eres mi ka, el que estaba en mi cuerpo, el protector que hacía prosperar mis miembros.»

Libro de los Muertos, capítulo 30B, papiro de Ani

Lo que se está pidiendo ahí no tiene equivalente en otras religiones antiguas. El difunto no le ruega a un dios: le ruega a una parte de sí mismo. Le recuerda de dónde viene —«que tuve de mi madre»—, le recuerda que han estado juntos toda la vida, y le pide que no lo delate. Es una negociación de alguien consigo mismo en el momento de rendir cuentas, escrita hace tres mil quinientos años y grabada en el vientre de un escarabajo de piedra.

Que el amuleto tuviera forma de escarabajo es coherente con todo lo anterior: el objeto encargado de garantizar que el muerto llegue a ser otra vez lleva la forma del signo que significa exactamente eso.

Junto a él aparece con frecuencia el escarabajo alado, que combina el cuerpo del insecto con las alas extendidas de un halcón. La imagen reúne las dos formas en que se representaba al sol —escarabajo y halcón— en un solo signo, y se colocaba sobre el pecho de la momia o en la red de cuentas que la cubría. Es la variante más reconocible del motivo, y la que ha pasado con más frecuencia a la joyería moderna.

Cuándo aparece y cómo se data

El escarabeo es, con diferencia, el objeto más abundante que ha dejado el Egipto antiguo. Se cuentan por decenas de miles en los museos del mundo, y aparecen no solo en Egipto sino en Nubia, en el Levante, en Chipre y en toda la costa mediterránea.

Su historia tiene dos comienzos distintos. Los amuletos con forma de escarabajo aparecen ya en el Reino Antiguo, sin base grabada, como objeto puramente protector. Los escarabeos-sello, con la base plana inscrita y perforados a lo largo para ensartarlos, surgen en el Primer Periodo Intermedio, hacia el final del tercer milenio, y derivan de los llamados sellos-botón que los precedieron. A partir del Reino Medio la producción se dispara y ya no se detiene durante casi dos mil años.

Datarlos es notoriamente difícil, porque muchos llegaron a los museos sin contexto arqueológico, comprados en el mercado de antigüedades del siglo XIX. La egiptología resolvió el problema de una manera elegante: se datan por el dorso, no por la inscripción. La forma de la cabeza, el modo en que se separan el protórax y los élitros, y el tallado de las patas cambian de un taller a otro y de un siglo a otro, y esas variaciones sí forman series ordenables.

Sobre ese principio se construyó la tipología que sigue en uso. La estableció William A. Ward para los escarabeos anteriores a la dinastía XII (1978), la continuó Olga Tufnell para el segundo milenio (1984), y la corrigieron después Ward y Dever (1994), Othmar Keel (1995) y Daphna Ben-Tor (2007). Gracias a ese trabajo, un escarabeo sin procedencia conocida puede fecharse hoy con una precisión razonable a partir de su anatomía tallada.

Amuletos, sellos y anillos

Fuera del ámbito funerario, el escarabeo fue el objeto más común del Egipto antiguo. Se han conservado tantos que constituyen una de las categorías más abundantes de la arqueología egipcia, y su base plana grabada los convierte además en documentos.

Los soldados los llevaban colgados al cuello antes del combate; las mujeres, como amuleto de fertilidad. Se usaban ensartados en un hilo o un alambre como collar o pulsera, o montados como chatón de un anillo. Se llevaban con frecuencia en el dedo índice de la mano izquierda, porque los egipcios creían que ese dedo tenía un nervio que comunicaba directamente con el corazón; y la parte grabada se giraba hacia dentro, contra la carne.

Su otra función era sellar. La base llevaba grabado el nombre del propietario, el de un rey, una divinidad o una fórmula de buen augurio, y se imprimía en cera o arcilla blanda para cerrar puertas, cofres y documentos. Un papiro enrollado se ataba con un cordel y se cubría el nudo con una pella de arcilla sellada con el escarabeo: no había manera de abrirlo sin destruir la impresión. Un mismo objeto era, a la vez, protección religiosa, joya, firma y cerradura.

Los escarabeos conmemorativos de Amenhotep III

Hay un uso del escarabeo que no es religioso ni administrativo sino propagandístico, y no tiene equivalente en ninguna otra cultura antigua.

Durante los primeros once años de su reinado, el faraón Amenhotep III (h. 1390-1353 a. C.) mandó fabricar escarabeos de gran tamaño —entre ocho y once centímetros, frente a los dos o tres de los corrientes—, de esteatita vidriada en azul o verde, con textos largos grabados en la base. Se produjeron en muchas copias y se distribuyeron por Egipto y fuera de él: se han encontrado desde Siria hasta Sudán, y también en Chipre y el Levante. Hoy se conocen unos doscientos.

Lo que llevan escrito son noticias. Se conservan cinco tipos, y las cifras dan idea de cuánto se difundió cada una:

Caza del león (123 ejemplares): el rey abatió ciento dos leones con sus propias flechas durante sus diez primeros años de reinado.

Matrimonio (56): la boda con la reina Tiy, nombrando expresamente a sus padres, Yuya y Tuya, que no eran de sangre real.

El lago (11): la excavación de un lago artificial para Tiy en el año once, y la barca real que navegó por él, llamada Resplandece el disco solar.

Caza del toro salvaje (5): en el año dos, el rey persiguió en carro a una manada previamente rodeada con una zanja; cincuenta y seis toros el primer día y cuarenta cuatro días después.

Gilujepa (5): la llegada de la princesa de Mitani, que entró en Egipto con un séquito de trescientas diecisiete mujeres.

Todos mencionan a la reina Tiy junto al rey, y todos empiezan con la titulatura completa del faraón. Es un boletín oficial en piedra, tirado en serie y repartido por medio Oriente Próximo, tres mil trescientos años antes de la imprenta. Y el soporte elegido no fue casual: la noticia iba grabada en el signo que significa llegar a ser.

El escarabajo de Tutankamón y el vidrio del desierto

Entre los objetos hallados en la tumba de Tutankamón hay un pectoral en el que un escarabajo alado sostiene la barca celeste. Howard Carter lo describió en 1922 como calcedonia. Se equivocaba, y la corrección tardó setenta y cinco años en llegar.

En 1998, el mineralogista italiano Vincenzo de Michele analizó las propiedades ópticas de la pieza y estableció que estaba tallada en vidrio del desierto de Libia: un material de color amarillo canario, de sílice casi pura, que solo se encuentra en el Gran Mar de Arena, una de las zonas más remotas del Sáhara, a cientos de kilómetros del Nilo.

Ese vidrio se formó hace unos veintinueve millones de años. Durante décadas se discutió si lo produjo un meteorito al impactar o una explosión atmosférica; en 2019, un equipo dirigido por Aaron Cavosie, de la Universidad Curtin, publicó en la revista Geology el hallazgo de reidita en los circones del vidrio, un mineral de alta presión que solo se forma en un impacto. La cuestión quedó resuelta.

De modo que el escarabajo que representa al sol naciente en el pectoral de un faraón está tallado en un fragmento de arena fundida por algo que cayó del cielo. Los egipcios no podían saberlo, pero eligieron para su símbolo del sol la única piedra de su territorio que era, literalmente, de origen celeste.

Horapolo y la lectura tardía

Buena parte de lo que Europa creyó saber sobre el escarabajo egipcio durante siglos procede de un libro llamado Hieroglyphica, atribuido a un tal Horapolo, y conviene situarlo bien antes de leerlo.

Se escribió hacia el siglo V de nuestra era, cuando la escritura jeroglífica ya había dejado de leerse. Su autor no descifra signos: los interpreta como si cada uno fuera una alegoría, que es precisamente el malentendido que retrasó el desciframiento real hasta Champollion, en el siglo XIX. Redescubierto en 1419, el libro fue enormemente influyente en el Renacimiento y en toda la emblemática europea.

Sobre el escarabajo afirma, entre otras cosas, que no existen hembras de la especie y que por eso el animal se engendra solo; que tiene treinta dedos, tantos como días el mes; y que entierra la bola veintiocho días, los que tarda la luna en recorrer el zodiaco. Nada de eso es exacto, y lo primero es sencillamente falso.

El texto conserva sin embargo un valor real, con una condición: no es una fuente sobre el Egipto faraónico, sino un documento sobre cómo se imaginaba Egipto mil años después, cuando el país ya era para el Mediterráneo un enigma que se resolvía a base de simbolismo. Lo que ocurrió al confundir ambas cosas se ve bien en el detalle de las hembras: una afirmación de un manual tardío ha circulado durante quince siglos como si fuera zoología egipcia.

Para lo que hoy sabemos del escarabeo no hace falta acudir a él. Los textos egipcios se leen desde Champollion, los objetos están catalogados y fechados, y las series de Ward, Tufnell, Keel y Ben-Tor permiten reconstruir su historia con un detalle que Horapolo no habría podido imaginar.

Griegos y romanos

Los griegos no entendieron el símbolo y se rieron de él. En La paz, comedia representada en 421 a. C., Aristófanes hace que su protagonista suba al cielo a rescatar a la diosa Paz montado en un escarabajo pelotero gigante, al que hay que alimentar por el camino con lo que se imagina. La parodia funciona porque el público sabía que los egipcios adoraban al bicho.

Plinio el Viejo, en su Historia natural, lo trata con más seriedad y recoge una explicación que le atribuye al gramático Apión: los egipcios veneran a estos insectos porque su trabajo reproduce la revolución del sol. Plinio añade además usos mágicos que ya no son egipcios sino grecorromanos: que un tipo de escarabajo con cuernos pequeños debe recogerse con la mano izquierda para servir de amuleto, y que otro, moteado de blanco, ha de partirse y atarse a los brazos.

Hay un último uso que el símbolo tuvo en el mundo clásico: en algunos zodiacos egipcios de época tardía el escarabajo ocupa el lugar del cangrejo, es decir, el signo de Cáncer. Se lo ha querido ver en el planisferio del templo de Dendera, y algunos estudiosos han supuesto que el insecto precedió al cangrejo como emblema de esa división del cielo.

No confundir con

El escarabajo y el escarabeo. En arqueología, escarabeo designa el objeto —el amuleto o sello con forma de escarabajo—, mientras que escarabajo es el animal. La distinción es útil porque casi todo lo que se conserva son escarabeos, no escarabajos.

Khepri y Ra. No son dos dioses distintos sino dos momentos del mismo sol, junto con Ra al mediodía y Atum al atardecer. Khepri es específicamente el instante de salir.

El escarabajo del corazón y el escarabeo común. El primero es grande, de piedra verde, va sobre el pecho de la momia y lleva el capítulo 30B. Los segundos son pequeños, se llevaban en vida y sirven de sello.

El escarabajo egipcio y la mariquita europea. Ambos son coleópteros con fama de traer suerte, pero no tienen relación: la mariquita debe su simbolismo a la tradición cristiana mariana.

Errores frecuentes

¿Es verdad que no existen escarabajos hembra?

No, y es probablemente la afirmación falsa más repetida sobre este insecto. Los escarabeidos tienen machos y hembras como cualquier coleóptero, y es la hembra la que pone los huevos dentro de la bola de estiércol enterrada, donde las larvas se alimentan hasta emerger. La creencia procede de Horapolo, siglo V d. C., y se explica porque todo el proceso ocurre bajo tierra y dentro de la bola: los egipcios veían el resultado, no la causa.

¿Tiene el escarabajo treinta dedos y entierra la bola veintiocho días?

Son números simbólicos, no observaciones. Treinta por los días del mes y veintiocho por el ciclo lunar: se le atribuyeron al insecto para hacerlo encajar con el calendario, no al revés. El desarrollo real de las larvas no dura veintiocho días fijos y el animal no tiene treinta dedos.

¿Es Horapolo una fuente fiable sobre Egipto?

Sobre el Egipto faraónico, no. Los Hieroglyphica se escribieron cuando la escritura jeroglífica llevaba siglos sin leerse, y su método —interpretar cada signo como una alegoría— es justamente el que impidió descifrarla hasta Champollion. Su valor es distinto y real: documentan cómo la Antigüedad tardía y después el Renacimiento imaginaron Egipto.

¿Un escarabeo con el nombre de un faraón es de su época?

No necesariamente, y es un error habitual en el comercio de antigüedades. Los nombres de algunos reyes —Tutmosis III sobre todo— se siguieron grabando en escarabeos durante siglos después de su muerte, como fórmula de buen augurio y no como fecha. Por eso la egiptología data estas piezas por el tallado del dorso y no por lo que dice la base.

¿El escarabajo egipcio es un amuleto de buena suerte?

Esa es una simplificación moderna, de recuerdo turístico. En su contexto original no daba suerte: garantizaba existencia. Servía para que el sol volviera a salir, para que el difunto volviera a ser y para que su corazón no lo condenara. Es un símbolo sobre seguir existiendo, no sobre que las cosas salgan bien.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa el escarabajo egipcio?

Significa llegar a ser. El verbo egipcio kheper, que quiere decir devenir, transformarse o existir, se escribía precisamente con el jeroglífico del escarabajo, de modo que el insecto era la imagen misma de la idea de venir a la existencia, y por extensión del sol naciente y del renacer de los muertos.

¿Quién es el dios Khepri?

Es el dios del sol naciente, representado como escarabajo o como hombre con cabeza de escarabajo. Su nombre procede del verbo kheper y significa el que llega a ser. En la teología solar, Khepri es el sol de la mañana, Ra el del mediodía y Atum el del atardecer.

¿Qué es el escarabajo del corazón?

Un amuleto grande de piedra verde que se colocaba sobre el pecho de la momia, inscrito con el capítulo 30B del Libro de los Muertos. En ese texto el difunto pide a su propio corazón que no declare contra él durante el pesaje del corazón ante Osiris.

¿Por qué los egipcios creían que el escarabajo se creaba a sí mismo?

Porque veían al insecto enterrar una bola de estiércol y, semanas después, salir de la tierra escarabajos jóvenes, sin haber presenciado apareamiento ni puesta de huevos. Dedujeron que el animal se engendraba solo, igual que el sol vuelve a nacer cada mañana sin que nadie lo engendre.

¿Existen escarabajos hembra?

Sí. Es la hembra la que pone los huevos dentro de la bola de estiércol enterrada, y de ahí salen las larvas que se alimentan de ella. La afirmación de que no hay hembras procede de una obra tardía, los Hieroglyphica de Horapolo, escrita cuando ya nadie sabía leer jeroglíficos.

¿Para qué se usaban los amuletos de escarabajo?

Como protección para vivos y muertos, y también como sellos. La base plana llevaba grabado el nombre del propietario o una fórmula, y servía para imprimir en cera o arcilla y cerrar documentos, puertas y cajas, de modo que no pudieran abrirse sin romper la impresión.

¿Qué escarabajo es el escarabajo sagrado egipcio?

El Scarabaeus sacer, un escarabajo pelotero del norte de África que fabrica bolas de estiércol y las hace rodar hasta enterrarlas. Es la especie representada en los monumentos y la que dio origen a toda la simbología egipcia del insecto.

¿Es fiable lo que cuenta Horapolo sobre el escarabajo?

Como fuente sobre Egipto, no. Los Hieroglyphica se escribieron hacia el siglo V de nuestra era, cuando la escritura jeroglífica ya se había dejado de leer, y contienen afirmaciones falsas como que no existen escarabajos hembra. Su valor es otro: muestran cómo se interpretaba Egipto en la Antigüedad tardía.

Mira también

Ra, dios egipcio: el sol del mediodía, del que Khepri es la forma naciente.

El ojo de Horus: el otro gran amuleto protector del Egipto antiguo.

El anj o cruz ansata: el signo egipcio de la vida, complemento natural del escarabajo.

Bibliografía

Fuentes primarias

Libro de los Muertos, capítulo 30B, en la versión del papiro de Ani (British Museum). Textos de las Pirámides, con las primeras menciones de Khepri. Amduat, sobre el viaje nocturno del sol. Horapolo, Hieroglyphica, libro I (siglo V d. C.). Aristófanes, La paz (421 a. C.). Plinio el Viejo, Historia natural, libro XXX, sobre el escarabajo y la explicación atribuida a Apión.

Bibliografía egiptológica de referencia

William A. Ward, Studies on Scarab Seals I: Pre-12th Dynasty Scarab Amulets (Warminster, 1978), que establece la tipología y la cronología de los escarabeos anteriores a la dinastía XII. Olga Tufnell, Studies on Scarab Seals II (Warminster, 1984), sobre los del primer tercio del segundo milenio. William A. Ward y William G. Dever, Studies on Scarab Seals III: Scarab Typology and Archaeological Context (1994). Othmar Keel, Corpus der Stempelsiegel-Amulette aus Palästina/Israel (1995). Daphna Ben-Tor, Scarabs, Chronology and Interconnections (2007). W. M. F. Petrie, Historical Scarabs (Londres, 1889) y Scarabs and Cylinders with Names (1917), primeros repertorios sistemáticos. Aaron Cavosie et al., sobre la reidita en los circones del vidrio del desierto de Libia, en Geology (2019).

Fuentes de verificación consultadas

University College London, proyecto Digital Egypt, sobre el capítulo 30 del Libro de los Muertos y la cronología de los escarabajos del corazón desde la dinastía XIII. Museo de Manchester, escarabajo del corazón de Na-her-hu, con traducción del texto. Museo Metropolitano de Nueva York, escarabajo del corazón de Hatnefer. Wikipedia en inglés, entradas Khepri, Heart scarab y Scarab (artifact). Britannica, entrada Khepri. Documentación egiptológica sobre el verbo kheper y el sustantivo kheperer, y sobre la tríada solar Khepri, Ra y Atum. Museo Británico, escarabeo conmemorativo de la caza del león de Amenhotep III (EA 64661). Museo Metropolitano de Nueva York y Walters Art Museum, escarabeos conmemorativos, con la clasificación en cinco tipos y el recuento de ejemplares. Museo Egipcio de El Cairo, pectoral con escarabajo alado de Tutankamón. Universidad Curtin, sobre el origen del vidrio del desierto de Libia.

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