En la mitología guaraní, la unión del espíritu maligno Taû con la doncella Kerana no fue un simple relato de rapto y castigo. Fue el episodio fundacional que dio origen a siete de las figuras más poderosas del imaginario guaraní: siete seres nacidos de una maldición, cada uno encarnación de una fuerza de la naturaleza, cada uno guardián de un dominio propio del mundo.
La versión literaria más conocida fue fijada por el poeta paraguayo Narciso Ramón Colmán (1876-1954), conocido por el seudónimo Rosicrán —anagrama de su nombre—, en su obra Ñande Ypykuéra («Nuestros antepasados»), publicada en guaraní en 1929 y traducida al castellano por el propio autor en 1937. El profesor Guillermo Tell Bertoni describió a Colmán como «auténtico pioneer del movimiento de redención de uno de los más caros atributos de la nacionalidad» (Bertoni, en Colmán, 1937).
Conviene señalar desde el inicio que el propio Colmán aclaró que Ñande Ypykuéra es, en parte, producto de su imaginación poética y de la interpretación de los petroglifos hallados en el cerro Tatukuá, en Paraguarí. No es un texto etnográfico directo, sino una sistematización literaria de tradiciones orales guaraníes, influida también por la cosmovisión cristiana y grecolatina del autor. Esta distinción es fundamental para leer el relato en su justa dimensión.
El origen: Taû, Kerana y la maldición de Arasy
Kerana era una joven de extraordinaria belleza, hija de Marangatu y nieta de Sypãve. Su nombre en guaraní evoca el sueño o el ensueño —«dormilona»— y así era también su carácter: pasaba los días en una languidez soñadora que la hacía aún más cautivadora.
El espíritu maligno Taû la había observado en silencio durante largo tiempo. Para acercarse sin levantar sospechas, se transformó en un apuesto joven y comenzó a visitarla. Al séptimo día —número de profundo significado ritual en la cosmovisión guaraní— intentó raptarla.
El espíritu del bien Angatupyry intervino para impedirlo. Se libró una batalla de siete días y siete noches. Taû, viéndose perdido, recurrió a su abuelo Pytajovái, dios del valor y portador del fuego destructor, cuyo aliento despedía llamaradas que a él mismo inquietaban. Pytajovái derribó a Angatupyry, y Taû consumó el rapto.
La indignación de la comunidad guaraní se elevó en súplicas a Arasy, diosa del cielo y esposa de Tupã. Arasy escuchó esos ruegos y lanzó una terrible maldición: los hijos nacidos de esa unión llevarían en su ser la marca del mal. Kerana alumbró siete hijos —cada uno a los siete meses de gestación— y todos alcanzaron su desarrollo máximo a los siete años.
Los siete hijos
Teju Jagua — el guardián de las cavernas
Primer hijo de Taû y Kerana, Teju Jagua —«perro lagarto»— tiene un cuerpo colosal de lagarto y siete cabezas de perro, cada una con los colores del arcoíris. En algunas versiones las cabezas son de jaguar. A pesar de su apariencia aterradora, la maldición de Arasy limitó su capacidad de movimiento, haciéndolo inofensivo para los humanos.
Su dominio es el subsuelo: habita las cavernas, guarda los tesoros ocultos en la tierra y protege las frutas silvestres, que constituyen su único alimento. Este sustento se lo provee su hermano Jasy Jatere. La combinación de reptil con múltiples cabezas es un motivo guardián presente en numerosas mitologías — desde Cerbero en la tradición griega hasta la Hydra —, y en el caso de Teju Jagua esa función se extiende también al reino vegetal silvestre.
La investigación etnográfica de Branislava Susnik registra que en distintas comunidades guaraníes el número de cabezas varía. Lo que permanece constante en todas las variantes orales es su función de guardián de cavernas y frutos silvestres — lo que indica que ese núcleo es anterior a la sistematización literaria de Colmán, y probablemente el elemento más antiguo de la figura.
Mbói Tu'i — el espíritu del agua y las flores
Su lengua es roja y bífida —dividida en dos puntas—, su piel escamosa y veteada, su mirada maléfica. Lanza gruñidos terribles y potentes que provocan terror en quienes lo encuentran — un detalle que subraya su carácter de guardián activo y no solo pasivo de su dominio acuático.
Es protector de los animales acuáticos —ranas, lagartos, peces— y de las flores. También es espíritu del rocío y la humedad, vinculado a la lluvia y al ciclo que sostiene la vegetación. Su dominio es la zona limítrofe entre el mundo acuático y el terrestre, los humedales y los ríos de la región guaraní.
Moñai — el señor del aire y los campos
El tercero, Moñai, tiene apariencia humana aunque espantosa. Es protector de ladrones y pícaros — quienes viven al margen del orden social —, y vaga por los campos abiertos seguido de nubes de aves, de las que es señor y protector.
Moñai fue el primer monstruo en ser derrotado. Según el relato de Colmán, la heroína Porãsy — hija de Rupavê, de hermosura y fuerza extraordinarias — se ofreció voluntariamente a seducirlo para neutralizarlo. El plan funcionó: Moñai fue vencido, aunque Porãsy pagó con su vida, quemada viva en el proceso. Tupã premió su sacrificio convirtiéndola en estrella de la aurora.
Jasy Jatere — el señor del mediodía
El cuarto hijo, Jasy Jatere —«pedazo de luna»—, es el más singular de todos. A diferencia de sus hermanos, no tiene apariencia monstruosa: se presenta como un niño hermoso, pequeño y desnudo, de cabellos dorados y ondulados, lo que lo convierte en la figura más engañosa del grupo. La tradición oral lo llama el «Cupido guaraní» — portador de la fecundidad — en contraste con el terror que sus hermanos inspiran directamente.
Lleva siempre dos objetos inseparables: un bastoncillo de oro — fuente de su poder mágico — y un silbato con el que imita el canto de los pájaros para atraer a sus víctimas. Se cree que vive en los huecos de los troncos de grandes árboles del bosque. Sale durante la siesta, especialmente en la época del avatiky —el maíz tierno— que gusta comer.
Es señor del mediodía y la siesta —el momento del día en que el calor y el silencio suspenden la actividad normal y crean una zona temporal de peligro—. Extravía a quienes se aventuran solos en ese horario, especialmente los niños, a quienes lleva ante su hermano Ao-Ao. Cuando, como muestra de afecto, besa a un niño en la boca, este se vuelve mudo y tonto — y entonces lo abandona.
La única forma de neutralizarlo, según la tradición oral, es embriagarlo — pues es afecto a la bebida — y apoderarse entonces de su bastoncillo y su silbato. Sin esos objetos pierde toda su magia y se vuelve completamente inofensivo.
Jasy Jatere es también protector de la yerba mate y la miel de abeja, dos productos fundamentales en la economía guaraní. Esta dualidad —peligro y abundancia— es característica del mediodía en muchas culturas: el momento de mayor luz es también el de mayor amenaza invisible.
Susnik documenta en la tradición oral un detalle que Colmán no registra: para protegerse del Jasy Jatere, la gente acostumbraba dejar tabaco en los senderos de entrada al bosque y en los alrededores del hogar. Este ritual apotropaico —de protección— revela que el miedo al mediodía tenía respuestas prácticas en la vida cotidiana guaraní, no solo narrativas.
Kurupi — el genio de la selva
El quinto hermano, Kurupi, es protector de la selva y señor de los animales salvajes. Su aspecto físico es el de un hombre bajo, fornido, muy moreno y retacón, de orejas en punta y manos y pies velludos. Una característica peculiar lo distingue: no posee coyunturas — su cuerpo es de una sola pieza rígida —, y en algunas versiones sus pies están orientados hacia atrás, lo que hace muy difícil seguir su rastro en el bosque. Encarna la fertilidad de la selva en su aspecto más incontrolable: no la fecundidad ordenada y social, sino la fuerza reproductiva bruta que desborda cualquier límite.
Deambula desnudo durante la siesta buscando mujeres que caminen solas. Sus ataques son más agresivos que los de su hermano Jasy Jatere. Quienes logran escapar sin ser atrapadas quedan con ataques de epilepsia. Entre los siete hermanos, era Kurupi quien más desorden provocaba en la comunidad.
Según la tradición recogida por Colmán, la descendencia de Kurupi nacía igualmente marcada por el origen maligno, y Tupã disponía de que muriera a los siete días de nacer. La forma de neutralizarlo, según la tradición oral, es cortarle el falo — con lo que pierde inmediatamente todo su poder. Una liana rugosa que crece en las selvas paraguayas lleva su nombre.
Susnik añade una dimensión que Colmán elude: Kurupi cumplía en la comunidad guaraní una función explicativa y protectora. Daba nombre sobrenatural a embarazos de origen socialmente complejo o desconocido, desplazando la responsabilidad hacia el ámbito de lo mítico y protegiendo así a la mujer de la culpa y el señalamiento dentro de la comunidad. El monstruo no era solo una amenaza — era también, paradójicamente, una forma de refugio narrativo.
Ao-Ao — el devorador de los cerros
El sexto hijo, Ao-Ao, tiene aspecto de oveja pero es radicalmente opuesto en su comportamiento: es antropófago —que se alimenta de seres humanos— y vive en manada con su numerosa prole en los cerros y montañas.
La única salvación posible para quien se internara en los montes y se encontrara con los Ao-Ao era trepar a una palmera pindo (Syagrus romanzoffiana), considerada sagrada por Tupã y por ello inaccesible para estas criaturas. Esta particularidad convierte a la palmera pindo en un símbolo de protección divina dentro de la mitología guaraní. Pese a su naturaleza devoradora, Ao-Ao era también espíritu de la fecundidad, dado el número extraordinario de su descendencia.
Luisón — el séptimo hijo y el hombre lobo guaraní
El séptimo y último hijo, Luisón —también llamado Lobisón—, es definido por la tradición guaraní como el ser «ubicado en la encrucijada de los caminos de la vida y de la muerte». Habita los cementerios y se alimenta de cadáveres. De aspecto humano durante el día — sucio, de cabellos largos, palidez mortal y olor fétido —, al comenzar las sombras de la noche pierde sus formas humanas y se transforma en un perro de horrible aspecto, con dientes afilados de distintos tamaños y extremidades que son mitad humanas, mitad garras.
A medianoche, con los ojos encendidos como brasas rojas, sale en busca de víctimas. Su método de contagio es singular: convierte a los hombres pasando por debajo de sus piernas durante su paseo nocturno — no necesita tocarlos, basta con ese gesto para transmitir su naturaleza. El olor nauseabundo que lo acompaña y su aspecto hielan la sangre y enloquecen a quienes se dejan atrapar. Con las primeras luces del amanecer recupera su forma humana y regresa a sus ocupaciones, donde se lo ve sucio, cansado y esquivo.
La tradición guaraní resume su esencia en una frase que no tiene equivalente en ninguna otra figura del ciclo: el Luisón «devora la carne de los muertos y el alma de los vivos». No conocen los guaraníes mayor desgracia que la de encontrárselo.
La creencia más extendida establecía que el séptimo hijo varón de una pareja estaba destinado a convertirse en Luisón. Esta tradición, documentada por Colmán y presente también en el folclore rioplatense, generó históricamente una fuerte estigmatización del séptimo hijo varón en las comunidades rurales de Paraguay, Argentina y Brasil. En los casos más extremos, según testimonios históricos, llegó al abandono o al infanticidio.
Susnik precisa un matiz crucial: en la tradición oral recogida etnográficamente, la maldición del Luisón no se limita al linaje mítico de Taû y Kerana, sino que opera en cualquier familia humana. El séptimo hijo varón de cualquier mujer guaraní podía convertirse en Luisón — lo que explica el alcance social real de esta creencia, mucho más extendido que el de un mito de origen puntual. Su dominio sobre los cementerios, añade Susnik, lo convierte en una figura liminal: guardián del umbral entre vivos y muertos, función que en otras mitologías corresponde a psicopompos como Anubis o Hermes.
El Luisón y la ley argentina: cuando el mito se volvió legislación
La historia del Luisón trasciende el folclore para convertirse en un hecho político documentado y vigente. En 1907, una familia de inmigrantes rusos radicada en Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, dio a luz a su séptimo hijo varón. Atemorizados por la creencia en el lobizón —versión rioplatense del Luisón guaraní—, enviaron una carta al presidente José Figueroa Alcorta pidiéndole que apadrinara al niño. El presidente accedió, y con ese gesto inauguró una tradición.
La costumbre se institucionalizó progresivamente. El 28 de septiembre de 1974, la presidenta María Estela Martínez de Perón la convirtió en Ley 20.843, que garantiza el padrinazgo del presidente de la Nación Argentina al séptimo hijo varón o la séptima hija mujer de cada familia. El ahijado recibe una medalla conmemorativa y una beca escolar. Desde 2014, por decreto de Cristina Fernández de Kirchner, el padrinazgo se amplió también a las séptimas hijas mujeres.
Hasta la fecha, más de 11.000 niños han recibido el padrinazgo presidencial. Juan Domingo Perón encabeza el ranking histórico con 1.628 ahijados. La ley sigue vigente bajo la presidencia de Javier Milei.
Lo que hace singular este caso es la cadena que conecta un mito guaraní de los siglos anteriores a la conquista con una legislación del siglo XX todavía en vigor en el siglo XXI. El Luisón, séptimo hijo de Taû y Kerana, es probablemente la figura mitológica de América del Sur con mayor impacto jurídico directo.
Porãsy: la heroína que derrotó a los monstruos
El relato de Taû y Kerana no termina con el nacimiento de los siete hijos. Según Colmán, el sabio Tumê Arandú —primer hijo de Rupavê y gran profeta guaraní— concibió un plan para liberar a su pueblo del terror de los siete monstruos. Necesitaba una voluntaria dispuesta al sacrificio.
Porãsy —cuyo nombre significa «diosa de la hermosura de fuerza hercúlea»— era la menor de las hermanas, «radiante doncella» de valor extraordinario. Se ofreció sin dudar: «¡Yo iré a matarlo!», declaró ante Tumê. Su misión era seducir a Moñai y neutralizarlo.
Porãsy cumplió la misión, pero pagó con su vida: murió quemada viva. La tribu de Sypãve lloró profundamente a «su ídolo». El versificador Etiguara le dedicó un salmo que las muchedumbres entonaban en coro:
Ko'ê mbyjami / Py'a roryete / Ore pysyrõvo / Re káinga vaekue
«Blanca flor del alba, / por buena que fuiste, / de querer salvarnos / quemada moriste.»— Colmán, Narciso R. Ñande Ypykuéra, cap. XII
Tupã, para premiar su entrega, elevó el alma de Porãsy al cielo y la convirtió en un punto de luz pequeño pero intenso. Su espíritu ilumina la aurora desde entonces.
Los siete hijos y las Pléyades
El propio texto de Colmán señala que los siete hijos de Taû y Kerana eran símbolos guaraníes de las Pléyades, el cúmulo estelar conocido popularmente como Las Siete Cabrillas. La asociación entre grupos de siete figuras míticas y las Pléyades es un fenómeno documentado en culturas de todo el mundo —griega, japonesa, aborigen australiana, andina—, lo que ha llevado a algunos estudiosos a plantear la posibilidad de un sustrato mítico muy antiguo y de amplia distribución geográfica.
En el caso guaraní, cada hijo representaría una estrella del cúmulo, y la constelación en su conjunto vendría a ser la imagen celeste del linaje maldito de Taû. Investigadores como Bartomeu Melià señalan que los guaraníes estructuraban el tiempo y la ritualidad en torno a los ciclos lunares, lo que otorga coherencia a la hipótesis de que esta narrativa se articule en clave astronómica.
Nota sobre Narciso R. Colmán y la mitología guaraní
La obra de Colmán ocupa un lugar singular en la cultura paraguaya: es simultáneamente un monumento literario y una reconstrucción poética de tradiciones orales que de otro modo podrían haberse perdido. Sin embargo, el investigador Rodrigo N. Villalba Rojas señala que Ñande Ypykuéra es «enteramente ficcional» en su organización, y que su fama terminó «reemplazando en el imaginario social a los mitos propiamente guaraníes» (Boca de Sapo, 2022).
La contraparte etnográfica la ofrece Branislava Susnik (1920-1996), etnóloga eslovena que dirigió el Museo Etnográfico Andrés Barbero de Asunción durante más de cuatro décadas y realizó trabajo de campo directo con comunidades guaraníes. Donde Colmán construye un sistema literario coherente, Susnik documenta la tradición oral dispersa. Su conclusión es que estas figuras existían antes de Ñande Ypykuéra, pero no necesariamente como hermanos ni como hijos de una misma pareja: la estructura familiar es la aportación literaria de Colmán. Ambas perspectivas son necesarias: Colmán fijó un universo que existía de forma fragmentada; Susnik documenta cómo ese universo funcionaba en la vida real de las comunidades.
Para acceder a los mitos guaraníes en su contexto original, los trabajos del etnólogo León Cadogan —especialmente su Ayvu Rapyta. Textos míticos de los Mbyá-Guaraní del Guairá (1959)— y los de Susnik —Mitología guaraní (1980) y El Hombre y lo Sobrenatural (1978)— ofrecen la perspectiva más directa.
Preguntas frecuentes
¿Cuáles son los siete monstruos de la mitología guaraní?
Teju Jagua, Mbói Tu'i, Moñai, Jasy Jatere, Kurupi, Ao-Ao y Luisón. Cada uno domina un espacio de la naturaleza: la caverna, el agua, el campo, el mediodía, la selva, la montaña y los cementerios.
¿Cómo sobrevivir al Ao-Ao?
Según la leyenda, trepando a una palmera pindo (Syagrus romanzoffiana), considerada sagrada por Tupã. El Ao-Ao no podía alcanzar a quien se refugiara en ella.
¿Por qué el presidente de Argentina es padrino del séptimo hijo varón?
Por la creencia en el lobizón, versión rioplatense del Luisón guaraní. La Ley 20.843, vigente desde 1974, garantiza el padrinazgo presidencial al séptimo hijo varón para romper simbólicamente la maldición. Más de 11.000 niños argentinos han recibido ese padrinazgo hasta la fecha.
¿Por qué se asocian los siete hijos con las Pléyades?
El propio Colmán los vincula al cúmulo estelar de las Pléyades. La asociación de grupos de siete figuras míticas con esas estrellas es un patrón documentado en múltiples culturas del mundo, lo que sugiere un sustrato mítico de larga antigüedad.
Fuentes y referencias
- Colmán, Narciso R. (Rosicrán). Ñande Ypykuéra (Nuestros antepasados). Asunción: Editorial América, 1929. Versión castellana: Editorial Guaraní, 1937. Disponible en la Biblioteca Virtual del Paraguay.
- Cadogan, León. Ayvu Rapyta. Textos míticos de los Mbyá-Guaraní del Guairá. Antropología N° 5. São Paulo: Universidade de São Paulo, 1959.
- Susnik, Branislava. El Hombre y lo Sobrenatural. En: Roa Bastos, Augusto (comp.), Las culturas condenadas. México: Siglo XXI, 1978.
- Susnik, Branislava. Mitología guaraní. Asunción: Museo Etnográfico Andrés Barbero, 1980.
- Villalba Rojas, Rodrigo N. «Rosicrán y su poema Ñande Ĭpĭ Cuéra (1929)». Boca de Sapo, n.° 33, febrero de 2022.
- Encina Ramos, Pedro. Huellas de metal y madera — Mitología guaraní — Museo Ramón Elías. Asunción: FONDEC, 2005.
- Méndez-Faith, Teresa. Breve diccionario de la literatura paraguaya. 2.ª ed. Asunción: El Lector, 1988.
- Argentina. Ley 20.843 de Padrinazgo Presidencial. Buenos Aires, 28 de septiembre de 1974.







